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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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– Mi querida amiga -exclamó Lucy en cuanto estuvieron solas-, vengo a hablarle de cuán feliz soy. ¿Hay acaso algo más halagador que la forma en que ayer me trató la señora Ferrars? ¡Qué extremadamente amable fue! Usted sabe cuánto temía yo la sola idea de verla; pero apenas le fui presentada, su trato fue tan afable que casi parecía haberse prendado de mí. ¿Verdad que así fue? Usted lo vio todo; ¿y no la dejó totalmente sorprendida?

– En verdad fue muy cortés con usted.

– ¡Cortés! ¡Cómo puede haber visto sólo cortesía! Yo vi mucho más… ¡una amabilidad dirigida a nadie más que a mí! Ningún orgullo, ninguna altanería, y lo mismo su cuñada: ¡toda dulzura y afabilidad!

Elinor habría querido hablar de otra cosa, pero Lucy la seguía presionando para que reconociera que tenía motivos para sentirse tan feliz, y Elinor se vio obligada a continuar.

– Sin duda, si hubieran sabido de su compromiso -le dijo-, nada podría ser más halagador que la forma en que la trataron; pero no siendo ése el caso…

– Me imaginé que diría eso -replicó Lucy con prontitud-; pero por qué razón la señora Ferrars iba a aparentar que yo le gustaba, si no era así… y agradarle es todo para mí. No podrá privarme de mi satisfacción. Estoy segura de que todo terminará bien y que desaparecerán todos los obstáculos que yo preveía. La señora Ferrars es una mujer encantadora, al igual que su cuñada. ¡Las dos son adorables! ¡Me sorprende no haberle escuchado nunca decir cuán agradable es la señora Dashwood!

Para esto Elinor no tenía alguna respuesta que dar, y no intentó ninguna.

¿Está enferma, señorita Dashwood? Parece abatida, no habla… con toda seguridad no se siente, bien. -Nunca mi salud fue mejor.

– Me alegra de todo corazón, pero en verdad no lo parecía. Lamentaría mucho que usted se enfer mara… ¡usted que ha sido el mayor consuelo del mundo para mí! Sólo Dios sabe qué habría sido de mí sin su amistad.

Elinor intentó una respuesta cortés, aunque dudando mucho de su capacidad de lograrlo. Pero pareció satisfacer a Lucy, quien respondió de inmediato:

– En verdad estoy plenamente convencida de su afecto por mí, y junto al amor de Edward, es mi mayor consuelo. ¡Pobre Edward! Pero ahora hay algo bueno: podremos vemos, y muy a menudo, porque como lady Middleton quedó encantada con la señora Dashwood, me parece que iremos bastante seguido a Harley Street, y Edward pasa la mitad del tiempo con su hermana. Además, lady Middleton y la señora Ferrars se van a visitar ahora; y la señora Fernars y su cuñada fueron tan amables en decir más de una vez que siempre estarían encantadas de verme. ¡Son tan encantadoras! Estoy segura de que si alguna vez le cuenta a su cuñada lo que pienso de ella, no podrá alabarla lo suficiente.

Pero Elinor no quiso darle ninguna esperanza en cuanto a que le diría algo a su cuñada. Lucy prosiguió:

– Estoy segura de que me habría dado cuenta de inmediato si le hubiera desagradado a la señora Ferrars. Si únicamente me hubiera hecho una inclinación de cabeza muy formal, sin decir una palabra, y después hubiera actuado como si yo no existiera, sin siquiera mirarme con alguna complacencia… usted sabe a qué me refiero…, si me hubiera dado ese trato intimidante, habría renunciado a todo llena de desesperación. No lo habría soportado. Porque cuando a ella le disgusta algo, sé que lo demuestra con la mayor rudeza.

Elinor no pudo dar ninguna respuesta a este educado triunfo; se lo impidieron la puerta que se abría de par en par, el criado que anunciaba al señor Ferrars, y la inmediata entrada de Edward.

Fue un momento muy incómodo, y así lo demostró el semblante de cada uno de ellos. Todos adquirieron un aire extremadamente necio, y Edward pareció no saber si abandonar de nuevo la habitación o seguir avanzando. La mismísima circunstancia, en su peor forma, que cada uno había deseado de manera tan ferviente evitar, se les había venido encima: no sólo se encontraban los tres juntos, sino que además estaban juntos sin el paliativo que habría significado la presencia de cualquier otra persona. Las damas fueron las primeras en recuperar el dominio sobre sí mismas. No le correspondía a Lucy adelantarse con ninguna manifestación, y era necesario seguir manteniendo las apariencias de un secreto. Debió limitarse así a comunicar su ternura a través de la mirada, y tras un ligero saludo, no dijo más.

Pero Elinor sí tenía algo más que hacer; y estaba tan ansiosa, por él y por ella, de hacerlo bien, que tras un momento de reflexión se obligó a darle la bienvenida con un aire y modales casi desenvueltos y casi llanos; y esforzándose y luchando consigo misma un poco más, incluso logró mejorarlos. No iba a permitir que la presencia de Lucy o la conciencia de alguna injusticia hacia ella le impidieran decir que estaba contenta de verlo y que había lamentado mucho no estar en casa cuando él había ido a Berkeley Street. Tampoco iba a dejarse arredrar por la observadora mirada de Lucy, que no tardó en sentir clavada en ella, privándolo de las atenciones que, en tanto amigo y casi pariente, se merecía.

La actitud de Elinor tranquilizó a Edward, que encontró ánimo suficiente para sentarse; pero su turbación todavía era mayor que la de las jóvenes en un grado explicable por las circunstancias, aunque no fuera corriente tratándose de su sexo, pues carecía de la frialdad de corazón de Lucy y de la tranquilidad de conciencia de Elinor.

Lucy, luciendo un aire recatado y plácido, parecía decidida a no contribuir en nada a la comodidad de los otros y se mantuvo en completo silencio; y casi todo lo que se dijo nació de Elinor, que debió ofrecer voluntariamente todas las informaciones sobre la salud de su madre, su venida a la ciudad, etc., que Edward debió haber solicitado, y no solicitó.

Sus afanes no terminaron ahí, pues poco después se sintió heroicamente dispuesta a tomar la decisión de dejar a Lucy y Edward solos, con la excusa de ir a buscar a Marianne; y en verdad lo hizo, y con la mayor galanura, pues se detuvo varios minutos en el descansillo de la escalinata, con la más altiva entereza, antes de ir en busca de su hermana. Cuando lo hizo, sin embargo, debieron cesar los arrebatos de Edward, pues la alegría de Marianne la arrastró de inmediato al salón. Su placer al verlo fue como todas sus otras emociones, intensas en sí mismas e intensamente expresadas. Fue a su encuentro extendiéndole una mano, que él tomó, y saludándolo con voz donde era manifiesto un cariño de hermana.

– ¡Querido Edward! -exclamó-. ¡Este sí es un momento feliz! ¡Casi podría compensar todo lo demás!

Edward intentó responder a su amabilidad tal como se lo merecía, pero ante tal testigo no se atrevía a decir ni la mitad de lo que en verdad sentía. Volvieron a sentarse, y durante algunos momentos todos guardaron silencio; Marianne, entre tanto, observaba con la más expresiva ternura unas veces a Edward, otras a Elinor, lamentando únicamente que el placer de ambos se viera estorbado por la inoportuna presencia de Lucy. Edward fue el primero en hablar, y lo hizo para referirse al aspecto cambiado de Marianne y manifestar su temor de que Londres no le sentara bien.

– ¡Oh, no pienses en mí! -replicó ella con animosa entereza, aunque se le llenaron los ojos de lágrimas al hablar-, no pienses en mi salud. Elinor está bien, como puedes ver. Eso debiera bastarnos a ti y a mí.

Esta observación no iba a hacerles más fácil la situación a Edward y a Elinor, ni tampoco conquistaría la buena voluntad de Lucy, quien miró a Mariana con expresión nada benévola.

– ¿Te gusta Londres? -le dijo Edward, deseoso de decir cualquier cosa que permitiera cambiar de tema.

– En absoluto. Esperaba encontrar grandes diversiones aquí, pero no he hallado ninguna. Verte, Edward, ha sido el único consuelo que me ha ofrecido; y ¡gracias a Dios!, tú no has cambiado.

Hizo una pausa; nadie dijo nada..

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