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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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Sin poder seguir hablando, se levantó precipitadamente y se dedicó a dar vueltas durante algunos minutos por la habitación. Elinor, afectada por su relato, y aún más por su congoja, tampoco pudo decir palabra. El vio su aflicción y, acercándosele, tomó una de sus manos entre las suyas, la oprimió y besó con agradecido respeto. Unos pocos minutos más de silencioso esfuerzo le permitieron seguir con una cierta compostura.

– Transcurrieron unos tres años después de este desdichado período, antes de que yo volviera a Inglaterra. Mi primera preocupación, cuando llegué, por supuesto fue buscarla. Pero la búsqueda fue tan infructuosa como triste. No pude rastrear sus pasos más allá del primero que la sedujo, y todo hacía temer que se había alejado de él sólo para hundirse más profundamente en una vida de pecado. Su asignación legal no se correspondía con su fortuna ni era suficiente para subsistir con algún bienestar, y supe por mi hermano que algunos meses atrás le había dado poder a otra persona para recibirla. El se imaginaba, y tranquilamente podía imaginárselo, que el derroche, y la consecuente angustia, la habían obligado a disponer de su dinero para solucionar algún problema urgente. Finalmente, sin embargo, y cuando habían transcurrido seis meses desde mi llegada a Inglaterra, pude encontrarla. El interés por un antiguo criado que, después de haber dejado mi servicio, había caído en desgracia, me indujo a visitarlo en un lugar de detención donde lo habían recluido por deudas; y allí, en el mismo lugar, en igual reclusión, se encontraba mi infortunada hermana. ¡Tan cambiada, tan deslucida, desgastada por todo tipo de sufrimientos! A duras penas podía creer que la triste y enferma figura que tenía frente a mí fuera lo que quedaba de la adorable, floreciente, saludable-muchacha de quien alguna vez había estado prendado. Cuánto dolor hube de soportar al verla así… pero no tengo derecho a herir sus sentimientos al intentar describirlo. Ya la he hecho sufrir demasiado. Que, según todas las apariencias, estaba en las últimas etapas de la tuberculosis, fue… sí, en tal situación fue mi mayor consuelo. Nada podía hacer ya la vida por ella, más allá de darle tiempo para mejor prepararse a morir; y eso se le concedió. Vi que tuviera un alojamiento confortable y con la atención necesaria; la visité a diario durante el resto de su corta vida: estuve a su lado en sus últimos momentos.

Nuevamente se detuvo, intentando recobrarse; y Elinor dio salida a sus sentimientos a través de una tierna exclamación de desconsuelo por el destino de su infortunado amigo.

– Espero que su hermana no se ofenderá -dijo- por la semejanza que he imaginado entre ella y mi pobre infortunada pariente. El destino, y la fortuna que les tocó en suerte, no pueden ser iguales; y si la dulce disposición natural de una hubiera sido vigilada por alguien más firme, o hubiera tenido un matrimonio más feliz, habría llegado a ser todo lo que usted alcanzará a ver que la otra será. Pero, ¿a qué nos lleva todo esto? Creo haberla angustiado por nada. ¡Ah, señorita Dashwood! Un tema como éste, silenciado durante catorce años… ¡es peligroso incluso tocarlo! Tengo que concentrarme… ser más conciso. Eti7a dejó a mi cuidado a su única hija, una niñita por ese entonces de tres años de edad, el fruto de su primera relación culpable. Ella amaba a esa niña, y siempre la había mantenido a su lado. Fue su tesoro más valioso y preciado el que me encomendó, y gustoso me habría hecho cargo de ella en el más estricto sentido, cuidando yo mismo de su educación, si nuestras situaciones lo hubieran permitido; pero yo no tenía familia ni hogar; y así mi pequeña Eliza fue enviada a un colegio. La iba a ver allí cada vez que podía, y tras la muerte de mi hermano (que ocurrió alrededor de cinco años atrás, dejándome en posesión de los bienes de la familia), ella me visitaba con bastante frecuencia en Delaford. Yo la llamaba una pariente lejana, pero estoy muy consciente de que en general se ha supuesto que la relación es mucho más cercana. Hace ya tres años (acababa de cumplir los catorce) que la saqué del colegio y la puse al cuidado de una mujer muy respetable, residente en Dorsetshire, que tenía a su cargo cuatro o cinco otras niñas de aproximadamente la misma edad; y durante dos años, todo me hacía sentirme muy satisfecho con su situación. Pero en febrero pasado, hace casi un año, de improviso desapareció. Yo la había autorizado (imprudentemente, como después se ha visto), obedeciendo a sus ardientes deseos, para que fuera a Bath con una de sus amiguitas, cuyo padre se encontraba allí por motivos de salud. Yo conocía su reputación como un muy buen hombre, y tenía buena opinión de su hija… mejor de la que se merecía, pues ella, obstinándose en el más desatinado sigilo, se negó a decir nada, a dar ninguna pista, aunque obviamente estaba al tanto de todo. Creo que él, su padre, un hombre bien intencionado pero no muy perspicaz, era realmente incapaz de dar información alguna, pues había estado casi siempre recluido en la casa, mientras las niñas correteaban por la ciudad estableciendo relaciones con quienes se les daba la gana; y él intentó convencerme, tanto como lo estaba él, de que su hija nada tenía que ver en el asunto. En pocas palabras, no pude averiguar nada sino que se había ido; durante ocho largos meses, todo lo demás quedó sujeto a meras conjeturas. Es de imaginar lo que pensé, lo que temía, y también lo que sufrí.

– ¡Santo Dios! -exclamó Elinor-. ¡Será posible! ¡Podría ser que Willoughby…!

– Las primeras noticias que tuve de ella -continuó el coronel- me llegaron en una carta que ella misma me envió en octubre pasado. Me la remitieron desde Delaford y la recibí esa misma mañana en que pensábamos ir de excursión a Whitwell; y ésa fue la razón de mi tan repentina partida de Barton, que con toda seguridad en ese momento debe haber extrañado a todos y que, según creo, ofendió a algunos. Poco podía imaginar el señor Willoughby, me parece, cuando con su mirada me reprochó la falta de cortesía en que yo habría incurrido al arruinar el paseo, que me solicitaban para prestar ayuda a alguien a quien él había llevado miseria e infelicidad; pero si lo hubiera sabido, ¿de qué habría servido? ¿Habría estado menos alegre o sido menos feliz con las sonr isa s de su hermana? No, ya había hecho aquello que ningún hombre capaz de alguna compasión haría. ¡Había abandonado a la niña cuya juventud e inocencia había seducido, dejándola en una situación de máxima aflicción, sin un hogar respetable, sin ayuda, sin amigos, sin saber dónde encontrarlo! La había abandonado, con la promesa de volver; ni escribió, ni volvió, ni la auxilió.

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