La música del Adiós
- Автор: Рэнкин Иэн
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
Miró a través de los cristales hacia la barra y vio que los dos se quitaban el abrigo. Incluso desde fuera se oía el retumbar de la música. Había, además, varios televisores y la mayor parte de la clientela eran jóvenes y estudiantes. La única persona que prestó atención a los recién llegados fue la camarera, que se les acercó sonriente y anotó la comanda. No era cuestión de entrar allí; había poca gente y no podría pasar desapercibido. Y aunque entrase, no podría acercarse lo suficiente para oír bien. Cafferty había elegido bien el lugar: ni Riordan habría podido actuar. Allí podían charlar sin temor a que nadie les oyera.
Bien, ¿qué hacer? En las inmediaciones había muchos rincones oscuros donde podía hacer tiempo helándosele el trasero. O podía volver al coche; al final los dos hombres tendrían que regresar a sus vehículos. Con cien ganadas en la máquina, adoptó una decisión y dirigió sus pasos a la otra orilla del canal cruzando el puente de Leamington, tarareando para sus adentros al pasar frente al solar. Los dos chóferes no prestaron atención a su presencia, entretenidos como estaban charlando. Rebus dudaba de que el guardaespaldas de Cafferty hablase ruso, lo que significaba que el chófer de Andropov debía de hablar medianamente inglés.
Una vez dentro del Saab pensó en encender el motor para obtener algo de calor, pero un motor al ralentí podía llamar la atención de algún vigilante curioso, así que se frotó las manos y se cubrió cuanto pudo con el abrigo. Transcurrieron veinte minutos sin que sucediera nada. No había visto a Andropov ni a Cafferty, pero advirtió que los coches arrancaban. Los siguió hasta Gilmore Place, donde pusieron el intermitente derecho para entrar en Viewforth y luego otra vez el derecho para tomar por Dundee Street. Dos minutos después se detenían frente a un bar. Una parte de la fachada daba al canal y la otra a Fountainbridge. Allí el tráfico era intenso y había muchos coches aparcados, pero encontró sitio cerca de la cooperativa Funeral Home; estaba en obras y de uno de los edificios sólo habían dejado la fachada, tras la cual comenzaba a alzarse la nueva construcción. En aquella zona todo eran bancos y compañías de seguros, pensó Rebus, lo que le hizo también pensar en sir Michael Addison, Stuart Janney y Roger Anderson, todos ellos del banco First Albannach.
Por el retrovisor lateral vio que los dos coches continuaban parados al ralentí pero sin apagar los faros. En un par de años seguramente tendría autoridad para detenerles en virtud de algún mandamiento judicial a propósito del C02. Pero él ya no estaría en el Cuerpo dentro de dos años…
«Bingo», pensó al ver que Andropov y Cafferty salían, subían a sus respectivos coches y arrancaban, pasando a su lado hacia Lothian Road. Volvió a seguirlos; esta vez sería más difícil que los perdiera de vista. Al pasar por el extremo de King’s Stables Road, Rebus sintió un nudo en el estómago ante la eventualidad de que se dirigieran al aparcamiento de varias plantas, pero continuaron en el flujo del tráfico y doblaron en Princes Street hacia Charlotte Square y Queen Street. Al pasar frente a Young Street dirigió una mirada en dirección al bar Oxford.
– Esta noche no, mi amor -musitó con un gorgorito, lanzando un beso.
Al final de Queen Street giraron a la izquierda hacia Leith Walk, pasando por Gayfield Square. Después siguieron por Junction Street y North Junction Street hasta el muelle oeste de Leith. Allí también había obras de rehabilitación, con bloques de apartamentos en antiguos solares de los muelles y de la industria.
– No es ningún recorrido turístico, Sergei -farfulló Rebus al ver que los coches se detenían.
Había otro coche parado con las luces de emergencia encendidas. Él pasó por su lado pero no vio sitio donde aparcar. Las calles estaban desiertas; dobló en la primera que se le ocurrió, giró de nuevo en redondo con su habitual maestría y volvió despacio al cruce, donde puso el intermitente derecho y pasó por delante de los tres coches. Otra vez la misma escena: Cafferty y Andropov de pie en la acera y Cafferty estirando los brazos para abarcar la panorámica. Pero esta vez tenían compañía: Stuart Janney y Nikolai Stahov. El funcionario consular mantenía sus manos enguantadas a la espalda y se tocaba con un gorro de cosaco. Janney, con gesto pensativo y los brazos cruzados, asentía con la cabeza.
– Toda la banda reunida -comentó Rebus.
Vio una gasolinera con las luces encendidas y se acercó a echar algo de gasolina sin plomo; cogió chicle, pagó en caja y se detuvo junto al surtidor desenvolviendo una pastilla y fingiendo comprobar mensajes en el móvil. El cajero no le quitaba ojo, y pensó que allí no podía seguir mucho más rato. Miró hacia el extremo de la calle, pero no vio gran cosa. Parecía que Cafferty seguía acaparando el protagonismo. En ese momento, en la gasolinera, un coche paró detrás del suyo y de él bajaron dos hombres. Uno cogió la manguera mientras el otro efectuaba estiramientos y se acercaba al quiosco, pero de pronto cambió de idea y se acercó a Rebus.
– Buenas noches -dijo.
Era alto, más que Rebus. El cinturón no le daba para más y parecía dispuesto a atacar. Llevaba el pelo gris rapado y su rostro era mofletudo, como el de un niño de pecho sobrealimentado que llora cuando se le aparta la teta. Rebus respondió al saludo con una inclinación de cabeza y echó a la papelera el envoltorio del chicle. El recién llegado miró el coche de Rebus.
– Es un viejo trasto, incluso para un Saab -comentó.
Rebus miró el coche del desconocido. Era un Vauxhall Vectra repintado de negro.
– Por lo menos es mío -replicó. El hombre sonrió y asintió con la cabeza, como admitiendo que era de la empresa.
– Quiere hablar con usted -dijo señalando con la cabeza hacia el Vectra.
– No me diga -replicó Rebus, mostrando mayor interés por el paquete de chicle.
– Debería hablar con él, inspector Rebus -añadió el hombre con una chispa en la mirada al ver la reacción provocada: un frenazo de emergencia en la masticación del chicle.
– ¿Quién es usted? -preguntó Rebus.
– Él se lo dirá. Voy a pagar la gasolina -respondió el hombre alejándose.
Rebus permaneció inmóvil un instante. El cajero miraba con curiosidad y el hombre del Vectra no apartaba la mirada del contador del surtidor. Rebus decidió acercarse a él.
– ¿Quiere hablar conmigo? -dijo.
– Créame, Rebus, es lo que menos me apetece.
Era un hombre ni alto ni bajo, ni grueso ni delgado. Su pelo era moreno y tenía unos ojos entre marrón y verde en un rostro perfectamente anodino, de los que apenas llaman la atención: ideal para misiones de vigilancia.
– Me imagino que es del DIC -añadió Rebus-, pero no le conozco, lo que quiere decir que no es de Edimburgo.
El hombre dejó de apretar la palanca de la manguera al marcar el contador treinta libras y la colgó en el soporte con gesto de satisfacción. Sólo en ese momento, después de cerrar el depósito y limpiarse las manos con el pañuelo, se dignó mirar a su interlocutor.
– Usted es el inspector John Rebus de la comisaría de Gayfield Square, división B de Edimburgo -dijo.