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Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]

Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:

Joseph Schwartz paseaba ensimismado por las calles de Chicago. Levantó un pie en el siglo XX y se encontró con que lo había plantado en el año 827 de la Era Galáctica. Todavía estaba en la Tierra, pero en una época en que la Humanidad había colonizado la Galaxia y en la que los terrestres eran considerados parias condenados a la superficie de un mundo radiactivo. Joseph descubre los planes de los extremistas que amenazan la supervivencia de todo el Imperio Galáctico, y sólo él puede prevenir el desastre.
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—Schwartz… —dijo.

Schwartz yacía impotente, y en su caso al tormento se sumaba un refinamiento incalculable: Schwartz reunía cuatro mentes dentro de la suya.

Si hubiese estado solo podría haber conservado el deseo anhelante de obtener la paz y la serenidad infinitas de la muerte, ahogando los últimos restos de ese amor a la vida que apenas dos —¿o eran tres?— días atrás le había impulsado a abandonar la granja. ¿Pero cómo podría lograrlo ahora? ¿Cómo podría lograrlo cuando sentía el débil horror a la muerte que recubría a Shekt igual que si fuese un sudario; la intensa amargura y rebeldía de la mente enérgica y viril de Arvardan; el profundo y patético desengaño de la muchacha…?

Tendría que haber cerrado su mente a la recepción. ¿Qué necesidad tenía de conocer los sufrimientos ajenos? Schwartz tenía que vivir su propia vida y morir su propia muerte, pero ellos le hostigaban en un acoso incesante e impalpable, hurgando y colándose por los intersticios.

—Schwartz —dijo entonces Arvardan, y Schwartz supo que querían que les salvara ¿Por qué habría de hacerlo? Sí, ¿por qué habría de hacerlo?—. Schwartz… —repitió Arvardan con tono insinuante—. Puede convertirse en un héroe. Aquí no tiene nada por lo que morir…, ni tan siquiera esos hombres de ahí fuera.

Pero Schwartz estaba reuniendo los recuerdos de su juventud y reforzaba desesperadamente su voluntad vacilante con ellos. Lo que acabó haciendo brotar su indignación fue una extraña amalgama del pasado y del presente.

Pero aun así, cuando habló lo hizo en un tono tranquilo y mesurado.

—Sí, puedo convertirme en un héroe…, y en un traidor —dijo—. Esos hombres que están ahí fuera quieren matarme. Usted les ha llamado «hombres», pero sólo con la lengua. Su mente ha usado otra palabra que no entendí, pero que era claramente insultante…, y no lo ha hecho porque sean unos malvados, sino únicamente porque son terrestres.

—¡Eso es mentira! —replicó apasionadamente Arvardan.

—¡No es mentira! —exclamó Schwartz con idéntico apasionamiento—. Todos los que están aquí saben que no lo es… Sí, quieren matarme, pero porque creen que soy igual a ustedes…, ustedes, que son capaces de condenar a todo un planeta indiscriminadamente y de mancharlo con su desprecio y ahogarlo lentamente con su insufrible soberbia. Bien, pues ahora protéjanse solos contra esos gusanos y alimañas que han conseguido arreglárselas para amenazar a sus amos divinos… No pidan ayuda a uno de esos seres inferiores.

—Habla como un celote —comentó Arvardan, muy sorprendido—. ¿Por qué? ¿Qué sufrimientos ha padecido? Antes ha dicho que vivía en un planeta muy poblado e independiente… Era un terrestre cuando la Tierra era el único centro de vida existente. Usted es uno de los nuestros, Schwartz…, uno de los que gobiernan. ¿Por qué se asocia a un despojo enloquecido? Éste no es el planeta que usted recuerda. Mi planeta se parece más a la Tierra de la antigüedad que este mundo enfermo.

—Así que según usted soy uno de los que gobiernan, ¿eh? —respondió Schwartz, y se rió—. Bien, no discutiremos eso…, no vale la pena que intente explicárselo. Fijémonos en usted: es un buen ejemplar del producto humano que nos envía la Galaxia. Es tolerante y maravillosamente comprensivo, y se admira a sí mismo porque trata al doctor Shekt como a un igual; pero por debajo de eso, aunque no tanto como para que yo no pueda leerlo claramente en su mente, se siente muy incómodo en su compañía. No le gusta la forma en que habla, y tampoco le gusta su aspecto. En resumen, que Shekt no le gusta nada a pesar de que se ha ofrecido a traicionar a la Tierra. Sí, hace poco usted besó a una terrestre, y recuerda ese momento como una debilidad. Se siente avergonzado de haberlo hecho…

—¡No, por todo el espacio! ¡Pola! —gritó desesperadamente Arvardan—. No le creas, no le escuches…

—No lo niegues ni sufras por eso, Bel —dijo Pola con mucha calma—. Schwartz mira bajo la superficie y ve los residuos de tu niñez, y si observase mi mente vería lo mismo. Si se observase a sí mismo de una manera tan poco cortés como nos estudia a nosotros vería cosas muy parecidas.

Schwartz sintió que se ruborizaba.

—Si puede leer los pensamientos lea los míos, Schwartz —dijo Pola sin levantar la voz, pero dirigiéndose directamente a él—. Dígame si estoy planeando una traición… Mire a mi padre. Piense si no es cierto que podría haber escapado fácilmente a los Sesenta si hubiese cooperado con los dementes que quieren aniquilar la Galaxia. ¿Qué ha ganado mi padre con su traición? Ahora vuelva a indagar, y averigüe si alguno de nosotros desea hacer daño a la Tierra o a los terrestres. Nos ha dicho que captó los pensamientos que había en la mente de Balkis… No sé si tuvo ocasión de hurgar en sus heces, pero cuando vuelva, cuando ya sea demasiado tarde…, analícela y estudie los pensamientos de Balkis. Descubra que es un loco…, ¡y muera después!

Schwartz guardaba silencio.

—Bien, Schwartz, examine mi mente —se apresuró a intervenir Arvardan—. Penetre tan profundamente como lo desee. Nací en Baronn, en el Sector de Sirio. Pasé mis años de formación en un ambiente lleno de prejuicios antiterrestres, por lo que no puedo evitar que mi subconsciente contenga muchos defectos y prejuicios; pero analice la superficie mental y dígame si no he pasado mis años adultos intentando combatir mis propios fanatismos. No los de los demás, porque eso resultaría demasiado fácil, sino los míos, y con todo el tesón de que he sido capaz…

»¡Schwartz, usted no conoce nuestra historia! No sabe nada sobre las decenas de millares de años durante los que el ser humano se fue extendiendo por la Galaxia, ni de las guerras y la miseria. No sabe nada sobre los primeros siglos del Imperio, cuando éste aún no era más que una continua confusión en la que se alternaban el caos y el despotismo. El gobierno galáctico no ha llegado a ser realmente representativo hasta los últimos doscientos años, y ahora los distintos mundos gozan de autonomía cultural, pueden gobernarse a sí mismos y tienen voz y voto en la dirección común de los asuntos generales.

»No ha habido ningún otro momento de la historia en el que la humanidad estuviera tan libre de guerras y de la miseria como ahora. La economía galáctica nunca ha estado organizada de una manera tan sabia, y las perspectivas del futuro nunca habían sido tan brillantes como ahora. ¿Quiere destruir todo esto para volver a empezar? ¿Y con qué se empezaría después? Con una teocracia despótica que sólo sabe nutrirse de elementos tan enfermizos como son el odio y la desconfianza.

»Las quejas de la Tierra son justas, y si la Galaxia sobrevive llegará el día en el que serán atendidas, pero lo que pretenden hacer esos hombres no es ninguna solución. ¿Sabe qué se proponen hacer, Schwartz?

Si en ese momento Arvardan hubiese poseído el don que había adquirido Schwartz, habría percibido la lucha terrible que se estaba librando en la mente del hombre llegado del pasado, pero incluso sin poseerlo su intuición le permitió comprender que había llegado el momento de hacer una pausa.

Schwartz estaba conmovido. Todos esos mundos condenados a perecer, a padecer la putrefacción provocada por una enfermedad horrible… Después de todo, ¿era realmente un terrestre y nada más que un terrestre? En su juventud había abandonado Europa y había emigrado a los Estados Unidos, ¿pero acaso no había seguido siendo el mismo hombre a pesar de eso? Y si muchísimo tiempo después los seres humanos habían cambiado una Tierra martirizada y herida por los mundos del espacio, ¿habían dejado de ser terrestres sólo por eso? ¿Acaso toda la Galaxia no era suya? ¿No descendían todos…, absolutamente todos…, de Schwartz y de sus hermanos?

—Está bien —murmuró por fin—. Estoy con ustedes. ¿Cómo puedo ayudarles?

—¿Hasta dónde es capaz de llegar con su poder? —preguntó Arvardan nerviosamente y hablando muy deprisa, como si aún temiese que pudiera cambiar de parecer de un momento a otro.

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