Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]
- Автор: Азимов Айзек
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1646-8
- Переводчик: Eduardo Goligorsky
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:
—No lo sé. Ahí fuera hay mentes, y supongo que son guardias. Creo que puedo llegar incluso hasta la calle, pero cuanto más lejos voy más borrosa se hace la percepción.
—Sí, claro —dijo Arvardan—. ¿Pero y el secretario? ¿Podría identificar su mente?
—No lo sé —murmuró Schwartz.
Un nuevo silencio, y los minutos se fueron sucediendo de forma insoportable.
—Sus mentes se interponen —dijo Schwartz por fin—. No me miren, piensen en otras cosas… —Lo intentaron, y hubo otro prolongado silencio—. No… —acabó murmurando Schwartz—. No puedo…, no puedo…
—¡Me he movido un poco! —exclamó de repente Arvardan—. ¡Por toda la Galaxia, puedo mover el pie! ¡Ay! —Cada movimiento traía consigo un nuevo martirio—. ¿Hasta qué punto puede herir a alguien, Schwartz? —preguntó—. ¿Puede causar un sufrimiento mayor que el que me hizo padecer a mí hace un rato?
—He matado a un hombre con mi poder mental.
—¿De veras? ¿Y cómo lo hizo?
—No lo sé. Sencillamente ocurrió. Es…, es…
Tratar de explicar lo inexplicable hizo que el rostro de Schwartz adquiriese una expresión que resultaba casi cómica.
—¿Puede eliminar a más de un hombre simultáneamente?
—No he hecho la prueba, pero no lo creo. No puedo leer dos mentes al mismo tiempo, y por eso me imagino que no podría hacerlo.
—¡Bel, no puedes hacer que mate al secretario! —intervino Pola—. Eso no serviría de nada.
—¿Por qué?
—¿Cómo saldríamos de aquí? Aunque estuviéramos a solas con el secretario y Schwartz lo matara, después habría centenares de guardias esperándonos fuera… ¿Es que no lo entiendes?
—¡Ya lo tengo! —exclamó Schwartz de repente.
—¿A quién ha captado?
—AL secretario. Creo que he captado su contacto mental…
—¡No lo pierda! —dijo Arvardan.
El apasionamiento con que exhortó a Schwartz era tan intenso que casi dio una vuelta completa sobre sí mismo y como resultado cayó de la losa de plástico. Arvardan se estrelló contra el suelo, y agitó inútilmente una pierna medio paralizada intentando colocarla debajo de su cuerpo para poder levantarse.
—¡Estás herido! —gritó Pola.
Arvardan intentó erguirse apoyándose sobre el codo, y se llevó la sorpresa de descubrir que la articulación volvía a funcionar.
—No te preocupes, no es nada —dijo—. Exprima su mente, Schwartz… Sáquele toda la información posible.
Schwartz forzó su poder al máximo hasta que sintió un terrible dolor de cabeza. Estaba aferrando y raspando con las antenas de su mente de una manera tan torpe y ciega como una criatura que extiende los dedos hacia un objeto que no puede alcanzar ni manipular. Hasta aquel momento había conseguido asimilar todo lo que descubría, pero ahora estaba buscando a tientas…, buscando…, buscando… Hizo un esfuerzo terrible, y logró captar algunos jirones de información.
—¡Ya está! Se siente totalmente seguro de los resultados… Es algo relacionado con cohetes. Los ha lanzado… No, no los ha lanzado… Es otra cosa… Va a lanzarlos pronto.
—Son cohetes teleguiados que transportarán el virus radiactivo —gruñó Shekt—. Cada uno se dirigirá hacia un mundo distinto. —¿Pero dónde están esos cohetes, Schwartz? —insistió Arvardan—. Siga buscando…
—Hay un edificio que…, que no veo bien… Cinco puntas… como una estrella…, un nombre; quizá Sloo…
—¡Eso es! —volvió a interrumpirle Shekt—. Por todas las estrellas de la Galaxia, tiene que ser ese edificio…, el templo de Senloo. Está rodeado en todas direcciones por bolsas de radiactividad, y sólo los Ancianos pueden llegar hasta él. ¿Se encuentra cerca de la confluencia de dos ríos muy grandes, Schwartz?
—No puedo… Sí…, sí.
—¿Cuándo, Schwartz, cuándo? ¿Cuándo serán lanzados esos cohetes?
—No veo el día, pero será pronto…, muy pronto. Es lo único que parece haber en su mente… Será muy pronto.
El esfuerzo mental que estaba haciendo era tan grande que Schwartz tenía la sensación de que la cabeza le iba a estallar de un momento a otro.
Cuando por fin consiguió ponerse a cuatro patas Arvardan se sintió tan débil como si tuviera fiebre, y las articulaciones amenazaban con ceder a cada momento bajo su peso.
—¿Viene hacia aquí?
—Sí. Ya ha llegado a la puerta.
Schwartz había ido bajando el tono de voz, y se calló justo al abrirse la puerta.
—¡Doctor Arvardan! ¿No cree que sería mejor que volviera a acostarse?
La voz de Balkis estaba impregnada de una burla helada que llenó la sala con ecos de triunfo.
Arvardan le miró. Era muy consciente de lo cruelmente humillante que resultaba aquella postura, pero no tenía nada que contestar y permaneció callado. Permitió que sus doloridos miembros le fueran depositando poco a poco en el suelo, y se quedó inmóvil respirando con jadeos entrecortados. Si sus piernas recobraban un poco más de sensibilidad, si conseguía dar un solo salto, si lograba apoderarse del arma de su enemigo…
Lo que colgaba del cinturón de plástico flexible que ceñía la túnica del secretario no era un látigo neurónico, sino un desintegrador de alta potencia capaz de atomizar a un hombre en un instante. El secretario contempló a las cuatro personas que tenía delante y sintió una salvaje satisfacción. No prestó demasiada atención a la muchacha, pero por lo demás no cabía duda de que había sido una pesca excelente. El terrestre traidor, el agente imperial y el hombre misterioso al que estaban vigilando desde hacía dos meses habían caído en sus manos… ¿Habría otros?
Sí, claro, todavía estaban Ennius y el Imperio. El secretario había conseguido inmovilizar sus brazos en la persona de aquellos espías y traidores, pero en algún lugar aún quedaba un cerebro en actividad…, que quizá enviaría a otros secuaces.
El secretario se irguió y entrelazó tranquilamente las manos ante él como si descartase toda posible necesidad de llegar a empuñar su arma.
—Hay que poner las cosas en claro —dijo con voz tranquila y suave—. Existe un estado de guerra entre la Tierra y la Galaxia…, se trata de una guerra no declarada, pero aun así sigue siendo una guerra. Ustedes son nuestros prisioneros, y serán tratados tal y como corresponde a las circunstancias. Naturalmente, el castigo habitual para los espías y los traidores es la muerte…
—¡Sólo en caso de una guerra declarada de la manera legal! —le interrumpió apasionadamente Arvardan.
—¿Una guerra declarada de la manera legal? —replicó el secretario con evidente sarcasmo—. ¿Qué es eso, doctor Arvardan? La Tierra siempre ha estado en guerra con la Galaxia, tanto si hemos tenido la cortesía de mencionarlo como si no.
—No pierdas el tiempo con él —dijo Pola con dulzura mirando a Arvardan—. Deja que hable y que termine de una vez.
Arvardan le sonrió. Fue una sonrisa extraña y casi espasmódica, porque tuvo que hacer un gran esfuerzo para ponerse en pie y conservar un equilibrio tambaleante y tembloroso.
Balkis dejó escapar una leve risita y recorrió lentamente la distancia que le separaba del arqueólogo de Sirio. Después extendió una mano con idéntica lentitud, la apoyó sobre el robusto pecho de Arvardan…, y empujó.
Sus brazos entumecidos no respondieron a la orden de iniciar un movimiento defensivo que envió el cerebro de Arvardan, y sus músculos todavía insensibles no consiguieron reaccionar con la rapidez suficiente para ajustar el equilibrio corporal al repentino cambio de postura, y Arvardan cayó al suelo.
Pola lanzó un gemido, y también empezó a bajar lentamente de su losa de plástico obligando a sus músculos y huesos rebeldes a que obedecieran su voluntad.