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Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]

Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:

Joseph Schwartz paseaba ensimismado por las calles de Chicago. Levantó un pie en el siglo XX y se encontró con que lo había plantado en el año 827 de la Era Galáctica. Todavía estaba en la Tierra, pero en una época en que la Humanidad había colonizado la Galaxia y en la que los terrestres eran considerados parias condenados a la superficie de un mundo radiactivo. Joseph descubre los planes de los extremistas que amenazan la supervivencia de todo el Imperio Galáctico, y sólo él puede prevenir el desastre.
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Balkis dejó que la muchacha se arrastrase hacia Arvardan.

—Ah, su fuerte y valeroso amante espacial… —dijo—. ¡Vamos, muchacha, corra hacia él! ¿A qué está esperando? Abrace a su héroe y apóyese contra su pecho para olvidar que está empapado por el sudor y la sangre de mil millones de terrestres martirizados… Ahí yace el heroico espacial, derribado por el empujoncito insignificante que le ha dado un terrestre.

Pola había conseguido arrodillarse al lado de Arvardan y sus dedos se movían bajo sus cabellos buscando sangre o la blandura fatal indicadora de una fractura ósea. Los ojos de Arvardan se fueron abriendo lentamente y sus labios se movieron articulando un «Estoy bien…» inaudible.

—¡Es usted un cobarde! —exclamó Pola—. ¿Cómo es capaz de luchar con un hombre que está medio paralizado y enorgullecerse de su pírrica victoria? Bel, te aseguro que hay muy pocos terrestres como él…

—Lo sé, porque de lo contrario tú no serías terrestre —logró decir Arvardan.

—Como les he dicho hace unos momentos, sus vidas están condenadas —murmuró el secretario mientras se erguía—, pero a pesar de eso aún pueden ser compradas. ¿Les interesa conocer el precio?

—Si se encontrara en nuestra situación le interesaría muchísimo saberlo —replicó orgullosamente Pola—. Estoy absolutamente segura de ello.

—Silencio, Pola —intervino Arvardan, que aún no había conseguido recuperar del todo el aliento—. ¿Qué nos propone?

—Oh, ¿está dispuesto a venderse? —preguntó Balkis—. ¿Igual que yo, por ejemplo? ¿Igual que haría un vil terrestre?

—Nadie sabe mejor que usted mismo lo que es —replicó Arvardan—. En cuanto al resto de lo que ha dicho, no me estoy vendiendo, sino que compro la vida de Pola.

—Me niego a ser comprada —dijo Pola.

—Muy conmovedor —comentó el secretario—. Se rebaja hasta el nivel de nuestras mujeres…, de nuestras terraquejas, y aún es capaz de jugar a sacrificarse.

—¿Qué nos propone? —insistió Arvardan.

—Ahora lo sabrán. Resulta evidente que se ha producido una filtración y que nuestros planes han sido descubiertos. No es difícil saber cómo llegaron hasta el doctor Shekt, pero no entiendo cómo llegaron al Imperio; por lo que nos gustaría averiguar qué sabe exactamente el Imperio… No me refiero a lo que usted ha averiguado, Arvardan, sino a lo que sabe el Imperio en estos momentos.

—Soy arqueólogo, no espía —replicó secamente Arvardan—, y no tengo ni idea de lo que sabe el Imperio…, pero espero que sepa mucho.

—Ya me lo imaginaba. Bien, quizá cambie de idea… Voy a dejar que lo piensen.

Schwartz no había intervenido durante todo aquel tiempo, y ni tan siquiera había levantado la mirada.

El secretario aguardó en silencio unos momentos.

—Voy a dejar bien claro el precio de no colaborar con nosotros —dijo, y su voz ya no sonaba tan tranquila como antes—. No será simplemente la muerte, porque tengo la seguridad de que todos ustedes están preparados para enfrentarse a esa desagrable e inevitable eventualidad. El doctor Shekt y su hija, que desgraciadamente para ella está seriamente complicada en el caso, son ciudadanos de la Tierra. Teniendo en cuenta las circunstancias, creo que lo más adecuado será que ambos sean sometidos a tratamiento con el sinapsificador. ¿Entiende lo que acabo de decir, doctor Shekt?

Los ojos del físico reflejaban un pánico atroz.

—Sí, ya veo que lo ha entendido —comentó Balkis—. Naturalmente, se puede ajustar el sinapsificador para que dañe el tejido cerebral hasta el extremo de obtener una imbecilidad total… Es un estado deplorable, créanme: el resultado de ello es una persona que debe ser alimentada para que no muera de inanición, que vive en la mugre a menos que otros cuiden de su aseo, que debe ser encerrada para que no horrorice a quienes la rodean… Servirán de ejemplo para los demás en el gran día que no tardará en llegar. En cuanto a usted y a su amigo Schwartz —añadió el secretario volviéndose hacia Arvardan— son ciudadanos del Imperio y, por lo tanto, nos servirán para llevar a cabo un experimento muy interesante. Nunca hemos probado el virus concentrado de la fiebre en un par de perros de la Galaxia… Será interesante averiguar hasta qué punto son exactos nuestros cálculos. Si diluimos lo suficiente la dosis que hay que inyectar, la enfermedad seguirá su curso durante una semana hasta el inevitable desenlace final. El proceso será altamente doloroso. —Hizo una pausa y les contempló con los párpados entrecerrados—. La alternativa a todo eso es muy sencilla y mucho más agradable: basta con algunas palabras bien escogidas.

Qué sabe el Imperio? ¿Hay otros espías en activo actualmente? `Cuáles son sus planes, si es que los tienen, y cómo podemos contrarrestarlos?

—¿Qué garantía tenemos de que no nos matará en cuanto le hayamos proporcionado la información que desea? —preguntó el doctor Shekt con un hilo de voz.

—Tienen la garantía de que si se niegan a proporcionarme esa información morirán de una manera horrible, así que deben correr el riesgo de la alternativa. Bien, ¿qué me dicen?

—¿No nos concede un plazo para pensarlo?

—¿No es precisamente lo que les estoy dando ahora? Han transcurrido diez minutos desde que entré aquí, y sigo estando dispuesto a escuchar… Bien, ¿tienen algo que decir? ¿Nada? Supongo que comprenderán que el plazo no se va a prolongar indefinidamente, ¿verdad? Arvardan, veo que aún intenta tensar los músculos… Quizá cree que conseguirá llegar hasta mí antes de que haya tenido tiempo de desenfundar mi desintegrador. ¿Y si lo consigue, qué? Fuera hay cientos de Ancianos y guardias, y mis planes seguirán adelante sin mí. Mi ausencia ni tan siquiera afectará al cumplimiento de los castigos que les he prometido. O quizá usted, Schwartz… Usted mató a nuestro agente. Fue usted, ¿verdad? Quizá cree que podrá matarme igual que hizo con él…

Y Schwartz miró a Balkis por primera vez.

—Puedo hacerlo, pero no lo haré —dijo con voz gélida.

—Qué bondadoso es usted…

—Se equivoca. Soy terriblemente cruel, y usted mismo ha dicho que hay cosas peores que la muerte.

Arvardan descubrió que estaba mirando a Schwartz, y sintió que una nueva esperanza se iba adueñando de él.

18. ¡EL DUELO !

La mente de Schwartz se había convertido en un torbellino. Sentía una extraña tranquilidad tan intensa que casi resultaba absurda. Una parte de él parecía tener el control absoluto de la situación, y otra parte no podía creerlo. Le habían aplicado el tratamiento paralizador después que a los demás, e incluso el doctor Shekt se estaba sentando mientras que Schwartz apenas podía mover poco más que un brazo. Y mientras contemplaba el rostro sonriente e infinitamente maligno y cruel del secretario, empezó el duelo…

—AL principio, yo estaba en su bando a pesar de que usted planeaba matarme —dijo Schwartz—. Creía comprender sus sentimientos y sus intenciones, pero las mentes de las otras personas que se encuentran aquí son relativamente inocentes y puras en tanto que la suya es…, es indescriptiblemente horrenda. Usted no lucha por los terrestres, sino para obtener más poder personal. No veo en usted una imagen de la Tierra libre, sino de la Tierra nuevamente esclavizada. No veo en usted la destrucción del poder del Imperio, sino su sustitución por una dictadura personal…, la suya.

—Así que ve todo eso, ¿eh? —replicó Balkis—. Bien, por mí puede ver lo que le dé la gana… Después de todo, la información que puede proporcionarme no es tan importante como para que deba aguantar sus impertinencias. Parece ser que hemos adelantado la hora del golpe. ¿Se lo esperaban? Es sorprendente lo que se puede llegar a conseguir ejerciendo la presión adecuada sobre las personas, incluso cuando éstas te habían jurado una y otra vez que no se podía ir más deprisa. ¿También ha visto eso, mi melodramático lector de pensamientos?

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