Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]
- Автор: Азимов Айзек
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1646-8
- Переводчик: Eduardo Goligorsky
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:
Shekt siguió hablando con voz cansada mientras Arvardan luchaba con el horrible desconcierto que se estaba adueñando de él, sin que se le ocurriese dudar ni por un momento de la veracidad de lo que había oído hasta el momento o poner en tela de juicio aquella macabra verdad que borraba de un solo golpe la inmensa ventaja de que hubiera veinticinco mil millones de espaciales por cada terrestre.
—La fuerza que hay detrás de todo esto no es la Tierra, sino un puñado de dirigentes pervertidos por la inmensa presión que excluyó a los terrestres de la Galaxia. Esos hombres aborrecen a quienes les segregaron, ansían vengarse a cualquier precio y odian con un ímpetu totalmente demencial. En cuanto hayan empezado, serán seguidos por el resto de la Tierra. ¿Qué otra cosa se puede hacer? Una vez esté sumida en su tremenda culpa, la Tierra tendrá que terminar lo que inició. ¿Acaso podría permitir la supervivencia de una Galaxia con las fuerzas suficientes como para devolver el golpe más tarde? Pero yo soy un ser humano antes que un terrestre, doctor Arvardan… ¿Es preciso que miles de billones de seres humanos mueran por el bien de unos cuantos millones?
Es necesario que una civilización que se ha extendido por toda la Galaxia se derrumbe únicamente para satisfacer el resentimiento de un solo planeta, por muy justificado que pueda estar ese resentimiento? ¿Y acaso estaremos mejor después de que haya ocurrido todo eso? El poder de la Galaxia seguirá residiendo en aquellos mundos que poseen los recursos necesarios, y nosotros carecemos de ellos. Es posible que los terrestres lleguen a dominar a Trántor durante una generación, pero sus hijos se convertirán en trantorianos, y despreciarán a su vez a quienes se hayan quedado en la Tierra. Y en cuanto a la humanidad, ¿qué ventaja '.c reportará sustituir la tiranía de una Galaxia por la tiranía de la Cierra? No, no… Tiene que haber una solución para todos los seres humanos, un camino que acabe llevando a la justicia y la libertad.
Se tapó el rostro con las manos, y su cabeza se balanceó lentamente en un sentido y en otro detrás de sus dedos nudosos y arrugados.
Arvardan lo había oído todo como a través de una bruma de estupor.
—No ha cometido ninguna traición, doctor Shekt —murmuró—. Iré inmediatamente al Everest. El Procurador Ennius me creerá…, tiene que creerme.
Y de repente oyeron ruido de pasos que se acercaban a la carrera. Un rostro asustado se asomó a la habitación, y la puerta quedó abierta.
—¡Papá, unos hombres se acercan por el camino!
—Deprisa, doctor Arvardan, por el garaje —dijo el doctor Shekt palideciendo—. Llévese a Pola y no se preocupe por mí —añadió empujándole con todas sus fuerzas—. Yo les detendré…
Pero cuando se volvieron se encontraron con un hombre que vestía una túnica verde. Sus labios estaban curvados en una leve sonrisa, y empuñaba con estudiada despreocupación un látigo neurónico. Hubo una lluvia de puñetazos sobre la puerta principal, seguida por un crujido y ruido de pasos.
—¿Quién es usted? —preguntó Arvardan al hombre de la túnica verde mientras se colocaba delante de Pola.
El arqueólogo intentó que su voz sonara desafiante, pero no lo consiguió del todo.
—¿Que quién soy? —replicó secamente el hombre de verde—. Oh, no soy más que el humilde secretario de Su Excelencia el Primer Ministro de la Tierra. —Dio un paso hacia delante—. Faltó poco para que esperase demasiado, pero he llegado a tiempo. Vaya, también hay una muchacha… Muy imprudente por su parte, ¿no les parece?
—Soy ciudadano galáctico —dijo Arvardan sin perder la calma—. Dudo mucho que tenga derecho a detenerme, y ni tan siquiera creo que tenga derecho a entrar en esta casa sin un documento legal emitido por la autoridad competente.
—Yo soy todo el derecho y la autoridad que existen en este planeta —dijo el secretario golpeándose suavemente el pecho con la enano libre—. Dentro de muy poco tiempo seré el derecho y la autoridad de toda la Galaxia. No sé si sabrán que todos han caído en nuestras manos…, Schwartz incluido.
—¡Schwartz! —exclamaron el doctor Shekt y Pola casi al unísono. —¿Les sorprende? Vengan conmigo y les conduciré hasta él. Lo último de que tuvo conciencia Arvardan fue de que la sonrisa se ensanchaba…, y del fogonazo del látigo neurónico. Perdió el conocimiento y se derrumbó cayendo a través de una neblina escarlata de dolor.
16. ¡ELIJA SU BANDO!
Por el momento Schwartz intentaba descansar sin mucho éxito sobre un duro banco de una de las pequeñas celdas subterráneas de la Casa Correccional de Chica.
El Caserón, como era conocido popularmente, era el gran atributo del poder local del Primer Ministro y de su círculo. Alzaba su mole oscura sobre una escarpada elevación rocosa que dominaba el cuartel imperial situado detrás de ella, de la misma forma en que su sombra alcanzaba al delincuente terrestre extendiéndose hasta mucho más lejos de donde llegaba la autoridad del Imperio.
Durante los últimos siglos muchos terrestres habían sido encerrados entre sus muros y habían aguardado allí hasta ser juzgados por haber falsificado o incumplido las cuotas de producción, haber vivido más tiempo del autorizado por la Costumbre o haber ayudado a otro a cometer ese delito, o por haber intentado derrocar el gobierno local. Cuando el gobierno imperial cosmopolita y refinado de la época consideraba que los absurdos prejuicios de la justicia terrestre habían alcanzado un excesivo grado de ridiculez el Procurador anulaba una sentencia, pero estas actuaciones siempre provocaban insurrecciones o, por lo menos, disturbios de considerable violencia.
Lo habitual era que cuando el Consejo solicitaba la pena de muerte el Procurador accediera. Después de todo, los únicos que sufrían eran terrestres.
Joseph Schwartz no sabía nada de todo aquello, naturalmente. Lo único que él podía ver era una pequeña habitación con las paredes bañadas por una luz tenue, un mobiliario compuesto por una mesa y dos bancos bastante duros e incómodos con una especie de pequeño nicho excavado en la pared que combinaba las funciones de aseo y retrete. No había ninguna ventana que permitiera ver el cielo, y el agujero de ventilación apenas si dejaba entrar una tenue corriente de aire.
Se frotó el pelo que rodeaba su calva y se incorporó lentamente. Su intento de huir a la nada (¿pues en qué lugar de la Tierra podría haber encontrado refugio?) había sido breve y doloroso, y había terminado allí.
Bien, por lo menos podía distraerse con el contacto mental.
¿Pero eso era bueno o malo?
Durante su estancia en la granja el contacto mental sólo había sido una facultad extraña e inquietante. Schwartz no sabía nada sobre su naturaleza, y no había pensado en sus posibilidades; pero ahora parecía tratarse de un don tan amplio como indefinido que debía ser investigado.
No tener nada que hacer durante las veinticuatro horas del día como no fuera pensar en su encierro le hubiese acabado llevando al borde de la locura, pero Schwartz podía entrar en contacto mental con los carceleros que pasaban y con los guardianes de los pasillos vecinos, e incluso podía extender las antenas más largas de su mente hasta el lejano despacho del alcaide de la prisión.
Investigaba delicadamente dentro de las mentes y hurgaba en ellas. Las mentes se abrían como otras tantas nueces, cáscaras secas de las que caía una lluvia sibilante de emociones e ideas.
Schwartz aprendió mucho sobre la Tierra y el Imperio…, más de lo que había aprendido durante sus dos meses de estancia en la granja.
Y uno de los hechos que descubrió repetidamente y sin que hubiese ninguna posibilidad de error era… ¡que había sido condenado a muerte! No había escapatoria, dudas ni reservas. Podía ocurrir aquel día o el siguiente, ¡pero moriría! Esa verdad fue entrando en él, y Schwartz la aceptó casi con agradecimiento.