Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]
- Автор: Азимов Айзек
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1646-8
- Переводчик: Eduardo Goligorsky
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:
La puerta de la celda se abrió y Schwartz se puso en pie. Estaba asustado. Se puede aceptar la muerte de una manera racional con todas las facultades de la mente consciente, pero el cuerpo es un animal que no sabe nada de razonamientos. ¡Había llegado la hora!
No, todavía no. El contacto mental que entró en la celda no traía consigo la muerte para Schwartz. El guardia empuñaba una vara metálica lista para ser usada. Schwartz sabía lo que era.
—Acompáñeme —ordenó secamente.
Schwartz le siguió sin dejar de pensar en su extraño poder. Podía fulminar al guardia sin un ruido y sin un solo movimiento delator mucho antes de que éste pudiese utilizar su arma y, de hecho, mucho antes de que tuviera alguna probabilidad de saber que debía utilizarla. La mente del guardia estaba totalmente a merced de la de Schwartz. Bastaría con un impacto impalpable e invisible, y todo habría acabado.
¿Pero por qué hacer algo semejante? Habría otros guardias. ¿A cuántos podría llegar a eliminar simultáneamente? ¿Cuántos pares de manos poseía su mente?
Schwartz siguió dócilmente al guardia.
Le hicieron entrar en una sala de dimensiones enormes. Estaba ocupada por dos hombres y una muchacha que yacían rígidamente estirados como cadáveres sobre bancos altos, muy altos. Pero no eran cadáveres, porque Schwartz captó inmediatamente la presencia de tres mentes en actividad.
¡Estaban paralizados! ¿Les conocía? ¿Tenían alguna relación con él? Schwartz ya se estaba deteniendo para poder verles mejor cuando la mano del guardia se posó sobre su hombro.
—Siga.
Había un cuarto banco cuya superficie estaba vacía. La mente del guardia no contenía pensamientos de muerte, y Schwartz se encaramó en él. Sabía qué iba a ocurrir.
La vara metálica entró en contacto sucesivo con cada una de sus extremidades. Schwartz sintió un cosquilleo, y sus miembros parecieron desaparecer dejándole reducido al estado de una cabeza que flotaba en el vacío.
Schwartz volvió la cabeza.
—¡Pola! —exclamó—. Usted es Pola, ¿verdad? La muchacha que…
La muchacha hizo un gesto de asentimiento. Schwartz no la había reconocido por el contacto mental, ya que hacía dos meses ni se imaginaba que pudiera existir algo semejante. En aquella época su progreso mental sólo había llegado a la etapa de la sensibilidad a «la atmósfera», pero su soberbia memoria le permitía recordarlo perfectamente.
Pero ahora poder captar el contenido de la mente de la muchacha le permitió enterarse de muchas cosas. El hombre que estaba acostado sobre el banco contiguo al de la muchacha era el doctor Shekt, y el más alejado de ella era el doctor Bel Arvardan. Schwartz podía captar sus nombres, percibir su desesperación y sentir el sabor amargo del horror y el miedo acumulados en la mente de la muchacha.
Por un momento les compadeció, y entonces recordó quiénes eran y lo que eran…, y su corazón se endureció de repente.
¡Ojalá muriesen!
Los otros tres estaban allí desde hacía casi una hora. Bastaba con verla para comprender que la sala donde habían sido paralizados era utilizada para realizar asambleas que reunían a mucha gente, y los prisioneros se sentían solos y perdidos en su inmensidad. No tenían nada que decirse. Arvardan sentía un molesto ardor en la garganta, y giraba la cabeza continuamente de un lado a otro en una nerviosa agitación que no le servía de nada. La cabeza era la única parte del cuerpo que podía mover.
Shekt permanecía con los ojos cerrados, y sus labios exangües estaban tensos.
—Shekt… ¡Shekt, le estoy hablando! —susurró frenéticamente Arvardan.
—¿Qué quiere? —respondió Shekt con otro susurro.
—¿Qué está haciendo? ¿Es que va a quedarse dormido? ¡Piense, hombre, piense!
—¿Por qué? ¿En qué tengo que pensar?
—¿Quién es el tal Joseph Schwartz?
—¿No te acuerdas, Bel? —intervino Pola con un hilo de voz—. Después de que te conociera, en los grandes almacenes…, hace tanto tiempo…
Arvardan hizo un terrible esfuerzo y descubrió que podía levantar la cabeza unos centímetros, aunque al precio de sentir un dolor considerable. La nueva posición le permitía ver una parte del rostro de Pola.
—¡Pola! ¡Pola! —Si hubiese podido ir hacia ella…, tal y como había podido hacer durante dos meses sin que se le hubiera pasado por la cabeza aprovechar esa oportunidad. Pola le estaba mirando, y la cansada sonrisa que había en sus labios bien podría haber pertenecido a una estatua—. Triunfaremos, Pola… Ya lo verás.
Pero la muchacha meneó la cabeza, y el sufrimiento que aguijoneaba los tendones del cuello de Arvardan se hizo tan intenso que acabó teniendo que bajar la cabeza.
—Shekt —repitió—. Shekt, escúcheme. ¿Cómo conoció a Schwartz? ¿Por qué era paciente suyo?
—El sinapsificador… Vino como voluntario.
—¿Y fue sometido a tratamiento?
—Sí.
—¿Por qué acudió a usted? —preguntó Arvardan mientras daba vueltas a aquella información en su cerebro.
—No lo sé.
—Entonces quizá…, quizá sea un agente imperial.
(Schwartz estaba siguiendo sin ninguna dificultad el curso de los pensamientos de Arvardan, y sonrió para sus adentros. No dijo nada. Estaba decidido a permanecer en silencio.)
—¿Un agente imperial? —murmuró Shekt, y meneó la cabeza—. ¿Porque lo dice el secretario del Primer Ministro? Oh, tonterías… ¿Y en qué cambiaría las cosas el que lo fuese? Schwartz se encuentra tan indefenso como nosotros… Oiga, Arvardan, si nos ponemos de acuerdo y nos inventamos una historia plausible ellos esperarán, y pasado un tiempo podríamos…
El arqueólogo dejó escapar una risa hueca que le hizo sentir una punzada de dolor en la garganta.
—Querrá decir que nosotros sobreviviríamos, ¿no? ¿Con la Galaxia muerta y la civilización en ruinas? ¡Para vivir de esa manera prefiero morir!
—Estoy pensando en Pola —murmuró Shekt.
—Yo también —respondió Arvardan—. Bien, se lo preguntaré. Pola, ¿quieres que nos entreguemos? ¿Debemos tratar de sobrevivir?
—Ya he escogido mi bando —dijo Pola con voz firme—. No quiero morir, pero si los míos caen yo caeré con ellos.
Arvardan sintió que le invadía el triunfo. Cuando la llevase a Sirio podrían decir que era una terrestre, pero Pola era su igual y para Arvardan sería un inmenso placer hacer tragarse los dientes a quien…
Y de repente recordó que no había muchas probabilidades de que pudiera llevarla a Sirio…, de hecho, había muy pocas probabilidades de que llevase a nadie a Sirio. Lo más probable era que Sirio no tardara en dejar de existir, y Arvardan descubrió que necesitaba escapar de aquella idea.
—¡Eh, usted! —gritó buscando refugio en algo que le permitiera olvidarla—. ¡Schwartz!
Schwartz alzó la cabeza por un momento y le contempló, pero siguió callado.
—¿Quién es usted? —preguntó Arvardan—. ¿Cómo se ha visto metido en todo esto? ¿Qué papel desempeña en este asunto?
En cuanto oyó la pregunta Schwartz comprendió de repente la terrible injusticia que había en todo aquello. Recordó la inocencia de su pasado, y percibió el infinito horror del presente.
—¿Que como me he metido en esto? —exclamó con voz enfurecida—. Oiga, hubo un tiempo en el que yo no era nadie… Era un hombre honrado, un sastre que se ganaba la vida trabajando con sus manos. Nunca hice daño a nadie…, cuidaba de mi familia y no molestaba a nadie. Y entonces, sin ningún motivo…, sin ningún motivo…, me encontré aquí…
—¿En Chica? —preguntó Arvardan, que no había entendido muy bien la explicación.
—¡No, no estoy hablando de Chica! —gritó Schwartz con creciente desesperación!—. Me encontré en este mundo sin pies ni cabeza… Oh, ¿qué importa que me crean o no? Mi mundo pertenece al pasado. En mi mundo había espacio libre y comida, y miles de millones de seres humanos, y era el único planeta habitado…