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Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]

Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:

Joseph Schwartz paseaba ensimismado por las calles de Chicago. Levantó un pie en el siglo XX y se encontró con que lo había plantado en el año 827 de la Era Galáctica. Todavía estaba en la Tierra, pero en una época en que la Humanidad había colonizado la Galaxia y en la que los terrestres eran considerados parias condenados a la superficie de un mundo radiactivo. Joseph descubre los planes de los extremistas que amenazan la supervivencia de todo el Imperio Galáctico, y sólo él puede prevenir el desastre.
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—No —respondió Schwartz—. No buscaba ese dato, y lo pasé por alto… Pero ahora sí puedo verlo. Dos días…, no, menos… Veamos… Martes…, seis de la mañana, hora de Chica.

Y de repente el desintegrador estaba en la mano del secretario. Balkis fue rápidamente hacia la losa de plástico sobre la que yacía Schwartz y se inclinó sobre sus tensas facciones.

—¿Cómo lo ha sabido?

Schwartz se envaró. Sus antenas mentales se extendieron y empezaron a tantear. En el aspecto físico, los músculos de sus mandíbulas se contrajeron y sus cejas se fruncieron hacia abajo; pero todo aquello eran detalles sin importancia, meras consecuencias involuntarias del verdadero esfuerzo. Aquello con lo que estaba buscando el contacto mental de Balkis y se aferraba a él se encontraba dentro del cerebro de Schwartz.

Para Arvardan, que sentía el precioso derroche de segundos, la escena no tenía sentido. La repentina inmovilidad y el silencio del secretario no eran significativos.

—Lo tengo… —murmuró Schwartz con voz entrecortada—. Quítele el arma… No puedo seguir conteniéndole…

Su voz se cortó con un gruñido.

Y entonces Arvardan lo comprendió todo, y se puso a cuatro patas. Después volvió a erguirse lenta y dificultosamente utilizando todas sus reservas de energía hasta que consiguió quedar en pie. Pola intentó acompañarle en su movimiento, pero no lo logró. Shekt se deslizó fuera de la losa de plástico y cayó sobre sus rodillas. Schwartz fue el único que permaneció inmóvil con el rostro contorsionado.

El secretario parecía estar fascinado por la mirada de la Medusa. La transpiración iba perlando lentamente la lisa piel de su frente, y su rostro inexpresivo no reflejaba ninguna emoción. Sólo su mano derecha, que empuñaba el desintegrador, daba muestras de vida. Si se la observaba con atención se podía ver que temblaba levemente, y se notaba la curiosa flexión del dedo sobre el botón de disparo. El dedo ejercía una presión suave que no bastaba para activar el arma, pero insistía en ella una y otra vez…

—Siga sujetándole —jadeó Arvardan con una alegría feroz—. Se apoyó contra el respaldo de una silla e intentó recuperar el aliento—. Espere a que haya llegado hasta él.

Empezó a moverse arrastrando los pies. Era como una pesadilla en la que pisaba melaza o intentaba nadar entre el alquitrán. Arvardan forzó sus músculos torturados y avanzó…, despacio, muy despacio.

No era ni podía ser consciente del duelo mortal que se estaba librando delante de él.

El secretario tenía un solo propósito, y éste consistía en reunir una pequeña cantidad de fuerza en su pulgar para moverlo ejerciendo una pequeña presión: exactamente la equivalente a setenta y cinco gramos de peso, porque ésta era la presión requerida para disparar el desintegrador. Para lograr aquello su mente sólo necesitaba dominar un tendón mantenido en un tenso equilibrio y que ya estaba medio contraído, y eso bastaría para…, para…

Schwartz sólo tenía una meta, y ésta consistía en impedir que el pulgar del secretario ejerciese aquella presión; pero la masa caótica de sensaciones que le presentaba el contacto mental del secretario era tan inmensa que Schwartz no lograba identificar la pequeña fracción de la mente que dominaba el pulgar. Eso hacía que no le quedase más remedio que esforzarse en lograr una parálisis total.

El contacto mental del secretario forcejeaba y se rebelaba contra el poder de Schwartz. El todavía inexperto control que era capaz de ejercer el hombre del pasado debía luchar contra una mente veloz, aún más aguzada por la amenaza que pesaba sobre ella. La mente del secretario permanecía quieta y como a la expectativa durante unos segundos, y de repente tiraba desesperadamente de un músculo o de otro en un esfuerzo brutal.

La situación de Schwartz era muy parecida a la de un luchador que consigue inmovilizar a su rival y que debe conservar la ventaja obtenida a cualquier precio, a pesar de la frenética resistencia que opone su prisionero.

Pero nada de todo aquello tenía un reflejo exterior. Lo único visible eran las contracciones nerviosas de la mandíbula de Schwartz o el temblor de sus labios ensangrentados por la mordedura de sus dientes, y el ocasional movimiento casi imperceptible del pulgar del secretario que seguía luchando…, luchando…

Arvardan se detuvo para descansar. No quería hacerlo, pero no le quedaba más remedio. Su dedo estirado ya casi rozaba la túnica del secretario, y por un momento le pareció que sería incapaz de seguir moviéndose. Sus pulmones doloridos no conseguían bombear el aire que tanto necesitaban sus miembros entumecidos. Sus ojos estaban nublados por las lágrimas del esfuerzo y su mente se hallaba envuelta en una neblina de dolor.

—Unos momentos más, Schwartz —jadeó—. No le suelte…, no le suelte…

—No puedo…, no puedo… —murmuró Schwartz.

Schwartz tenía la impresión de que el mundo se le escapaba para perderse en un caos de turbiedad opaca. Las antenas de su mente estaban rígidas y se habían vuelto casi insensibles.

El pulgar del secretario volvió a ejercer presión sobre el botón, pero éste no cedió. La presión fue aumentando lentamente.

Schwartz sentía que los ojos le iban a saltar de las órbitas y que las venas se dilataban en su frente. Podía percibir la sensación de triunfo que estaba invadiendo la mente de su rival…

Y Arvardan saltó. Su cuerpo rígido que se negaba a dejarse vencer por la parálisis cayó hacia delante, con los brazos extendidos moviéndose frenéticamente de un lado a otro.

El debilitado secretario que ya estaba medio prisionero de una mente ajena cayó con él. El arma salió despedida hacia un lado y rebotó sobre el duro suelo.

La mente del secretario se liberó casi simultáneamente, y Schwartz se desplomó hacia atrás con el interior de su cráneo convertido en un laberinto de confusión.

Balkis se estaba debatiendo frenéticamente bajo el peso muerto del cuerpo de Arvardan. El secretario hundió una rodilla en el vientre del arqueólogo con salvaje brutalidad en tanto que su puño cerrado caía sobre el pómulo de Arvardan siguiendo una trayectoria lateral. Después se levantó y empujó, y Arvardan rodó por el suelo con el cuerpo convertido en un ovillo de dolor.

El secretario se puso en pie, despeinado y furioso. Dio un paso hacia delante y volvió a detenerse.

Shekt se encaraba con él. El físico estaba medio incorporado en el suelo y empuñaba el desintegrador. Su mano izquierda sostenía con visible dificultad la derecha que blandía el arma. El desintegrador temblaba, pero el cañón apuntaba al secretario.

—¡Pandilla de imbéciles! —gritó el secretario perdiendo definitivamente el control de sí mismo—. ¿Qué esperan conseguir con esto? Me bastará con levantar la voz…

—Pero por lo menos usted morirá —murmuró Shekt.

—Matándome no lograrán nada, y ustedes lo saben —respondió el secretario con amargura—. No salvarán el Imperio, y tampoco se salvarán a sí mismos. Entrégueme ese desintegrador y haré que sea puesto en libertad.

Extendió la mano, pero Shekt dejó escapar una risita burlona.

—No soy tan estúpido como para creerme eso.

—¡Quizá no, pero está semiparalizado! —exclamó el secretario.

Saltó hacia la derecha moviéndose a una velocidad mucho mayor que aquella con que la todavía muy débil muñeca del físico podía desviar el desintegrador.

Pero cuando Balkis se preparó para el salto final todos sus pensamientos se concentraron en el desintegrador cuyo cañón estaba esquivando. Schwartz volvió a proyectar su mente en una última embestida, y el secretario trastabilló y cayó de bruces tan repentinamente como si acabase de recibir un garrotazo.

Arvardan había conseguido ponerse en pie con muchas dificultades. Tenía una mejilla muy roja e hinchada y se tambaleaba al caminar.

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