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Solo quedan estas tres

Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:

Uno de los héroes más queridos de la literatura romántica sigue siendo un misterio incluso para los fans más devotos de Jane Austen… hasta ahora. Pamela Aidan nos relata, con magistral pluma, los conocidos acontecimientos de Orgullo y Prejuicio desde el punto de vista de su protagonista, Fitzwilliam Darcy.
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
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– Aún no lo he decidido, sir John, pues soy nuevo en estas «selectas» reuniones de Monmouth -confesó Darcy, haciendo un gesto con la barbilla en dirección a su anfitrión-. Creo que lo más sabio será escuchar y aprender, antes de dar mi opinión en cualquiera de los dos temas.

– Si ésa es su manera de ser, usted no debe de poseer ni una gota de sangre irlandesa -dijo sir John, riéndose-. La falta de conocimiento nunca ha impedido que ninguno de mis compatriotas opine sobre un tema. El hecho de no saber de qué están hablando sólo anima a los irlandeses a ser todavía más elocuentes.

– No sé si debería estar de acuerdo con usted o no, señor. -Darcy se unió a la carcajada que había provocado la mordacidad de sir John entre los que los rodeaban-. Pero supongo que si presto mucha atención, también me daré cuenta de eso.

– Es usted muy diplomático, señor Darcy. -Sir John asintió-. Le irá bien. ¿Tendría usted la bondad de excusarme? Monmouth. -Le hizo un guiño a lord Monmouth y se perdió entre la gente.

– Bebe, Darcy. -Monmouth señaló el ponche de Darcy, que todavía no había probado-. Sylvanie espera. -Darcy enarcó una ceja al mirar su vaso y probó el contenido bajo la mirada burlona de Monmouth. Necesitó de todo su autocontrol para reprimir la sensación de ahogo y contener la tos. No obstante, los ojos se le humedecieron inevitablemente-. ¡Ja! -Monmouth le dio una palmadita en la espalda-. ¡Ya veo que no eres bebedor de whisky!

– No, por lo general no -logró contestar, mientras se secaba las lágrimas de los ojos. Un criado apareció a su lado.

– ¿Puedo llevarme esto, señor? -preguntó, al tiempo que hacía una inclinación y le ofrecía luego una bandeja vacía.

– Sí, tome. -Darcy colocó el vaso sin terminar sobre la bandeja.

– Muy bien, señor. -El criado hizo otra inclinación y desapareció.

– Hummm -observó Monmouth-, ¡un camarero contratado que realmente conoce el oficio! Bueno -dijo, sonriendo-, ahora ya estás «bautizado» y puedes vagar libremente, viejo amigo. ¡Ah, sí! -respondió Monmouth al ver la cara de asombro de Darcy-. Si tu aliento no huele a «agua de vida», serás tomado por sospechoso. ¡Ahora todo está arreglado! Pero primero milady. -Con esas palabras, lord Monmouth lo agarró firmemente del brazo y lo condujo con paso seguro hasta el otro extremo del salón. La verdad es que resultó muy conveniente porque, a esas alturas, el whisky ya se le había subido a la cabeza y en aquel momento veía el salón un poco borroso. Se volvieron a cruzar con el criado que se había llevado su vaso y algo en él llamó tanto la atención de Darcy que se detuvo para mirarlo con cuidado-. ¿Qué sucede, Darcy? -preguntó Monmouth.

– El criado, el que se llevó mi vaso.

– ¿Sí? -insistió Monmouth con impaciencia.

– Por un momento… me ha resultado conocido -terminó de decir con voz débil.

– Es probable que lo hayas visto sirviendo en otras casas; ya te dije que es un criado contratado por días.

El suave murmullo de unas faldas reemplazó el de las conversaciones que los rodeaban. De repente, entre ellos y su objetivo se abrió un pasillo que mostraba a lady Sylvanie Monmouth en el momento en que se levantaba de su sitio, rodeada por un grupo de hombres y mujeres en cuyos rostros se veía reflejada una intensa pasión por cualquiera que fuera el tema que acababan de dejar en suspenso. Todos se giraron a observarlo con curiosidad y ojos radiantes, mientras lady Sylvanie sonreía y le tendía la mano. Si Darcy había calificado antes a lady Sylvanie como una princesa de las hadas, su metáfora se había quedado corta. La que ahora le sonreía era la reina de las hadas. La espléndida cabellera negra caía en tirabuzones sobre los hombros blancos y, mientras avanzaba hacia él, su vestido verde esmeralda casi transparente dejaba ver más de lo que debería conocer cualquier hombre que no fuese su marido. El recuerdo de lo que Sylvanie le había ofrecido en Norwycke le provocó un estremecimiento.

– ¡Señor Darcy, bienvenido! -La voz de Sylvanie resonó en los oídos de Darcy con un tono de calidez e intimidad-. ¡Teníamos muchos deseos de volver a verle!

Darcy no supo si lo que había encendido la calidez que invadía todo su cuerpo había sido Sylvanie o el whisky, pero el maldito nudo que sentía en el pecho desde hacía una semana pareció comenzar a aflojarse. La afabilidad que irradiaba cada movimiento de Sylvanie mientras se acercaban fue como un bálsamo para su orgullo herido que despertó en él una gran curiosidad. Le devolvió la sonrisa, se inclinó y dijo:

– Lady Monmouth. -Luego se levantó para quedar frente a un rostro aún más hermoso, al estar iluminado por un fulgor risueño.

– ¿Por qué tan formal, señor Darcy? -replicó ella con una risa discreta-. Usted y yo nos conocemos más íntimamente que eso, ¿no es así? -Le hizo un gesto con la cabeza a Monmouth, que se inclinó con una risita para excusarse y se marchó a otra parte del salón-. Aquí no nos preocupamos tanto de mantener esas antiguas fórmulas protocolarias. -Lady Monmouth lo agarró delicadamente del brazo y lo llevó hasta donde estaba sentada-. El mundo está cambiando y arde con nuevas ideas en las que no tienen cabida esas cosas del pasado. -Darcy supuso que Sylvanie levantó la vista para juzgar su reacción, pero la deliciosa sensación de calidez que lo invadía desde el interior y acariciaba sus sentidos desde fuera suprimió cualquier impulso de contradecirla-. Aquí yo soy simplemente Sylvanie y usted, Darcy. -Lady Monmouth retomó su puesto en el diván y le hizo señas al caballero para que se sentara junto a ella.

Cuando Darcy ocupó el lugar vacío que había junto a ella, sus admiradores, que se habían dispersado cuando ella los abandonó, regresaron rápidamente y observaron al recién llegado con ojos llenos de interés. Entre ellos, sin embargo, algunos lo miraron con cierta desconfianza y otros con abierta hostilidad. Uno en particular, un caballero de penetrante mirada, cuya actitud parecía revelar que estaba molesto por la posición privilegiada de Darcy, se inclinó hacia Sylvanie y le susurró algo al oído, al tiempo que ella le indicaba a un criado que trajera más bebidas.

– Mi querido Bellingham -respondió ella con voz suave y en voz baja-, ¡todo va bien! -Luego le dirigió una extraña sonrisa a Darcy-. ¡Todos están ansiosos por conocerlo! ¿Me permitirá usted hacer las presentaciones?

Tras asentir con cierta incomodidad, para indicarle a la dama que la autorizaba a presentarlo, Darcy tomó un vaso de vino de la bandeja que un criado le mostró a su lado. Fiel a su palabra, Sylvanie ignoró los títulos nobiliarios y presentó a todo el mundo sólo por el apellido. Sin embargo, Darcy reconoció a varias personas que tenían títulos, aunque menores. Aquellos que gozaban de algún reconocimiento por su arte o sus escritos, fueron anunciados de esa manera, y al presentar a los que tenían aspiraciones políticas, Sylvanie mencionó los nombres de sus contactos. Tal como había anticipado, era un grupo variado, aunque Darcy decidió que radical habría sido un mejor epíteto. Además, muchos de ellos, al igual que la primera persona que había conocido esa noche, eran irlandeses. Aunque Darcy no albergaba prejuicios hacia ese polémico pueblo, no ignoraba los problemas que los radicales irlandeses habían causado al gobierno, en momentos en que se buscaba lanzar una ofensiva conjunta contra Napoleón. Siendo un tory indiferente por nacimiento, Darcy no había ahondado en la filosofía política moderna más que a través de la lectura de Burke. Y como se sentía satisfecho con su manera de cumplir sus obligaciones con el rey, por un lado, y con su propia hacienda, sus colonos y empleados, por el otro, la «cuestión irlandesa» nunca había sido objeto de sus preocupaciones.

Pero si interpretaba bien esta reunión, el tema estaba a punto de irrumpir en su conciencia.

– ¿Qué tiene usted en la mano, Darcy? -le preguntó Bellingham, con la vista fija en la cara de Darcy. Este le sostuvo la mirada, enarcando una ceja en señal de advertencia.

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