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Solo quedan estas tres

Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:

Uno de los héroes más queridos de la literatura romántica sigue siendo un misterio incluso para los fans más devotos de Jane Austen… hasta ahora. Pamela Aidan nos relata, con magistral pluma, los conocidos acontecimientos de Orgullo y Prejuicio desde el punto de vista de su protagonista, Fitzwilliam Darcy.
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
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– ¿En el juego de lady Monmouth? -repitió Darcy, que parecía prestar más atención ahora.

– ¡Ay, Fitz! ¡No creerás ni por un momento que Monmouth ha sido capaz de planear todo esto! Yo te dije que él sólo era un mensajero y bastante torpe, por cierto. Sin embargo -dijo Brougham, desechando el tema de Monmouth-, luego te prometerían guardar silencio a cambio de donaciones regulares a cierta obra social destinada a los huérfanos irlandeses. -Dy se rió con cinismo-. Desde luego, los verdaderos beneficiarios serían los revolucionarios irlandeses, porque ésa es la pasión de lady Monmouth. ¡Tú eras la víctima perfecta, Darcy! Rico, a cargo de tu propia fortuna y con una hermana menor que debes proteger. Además, para añadir un poco de picante a esta poción diabólica, lady Monmouth tiene contigo una cuenta pendiente.

– Lady Sayre. -Darcy suspiró pesadamente.

– Sí, lady Sayre -confirmó Dy-. Lady Monmouth te hace responsable de la muerte de su madre. -Hizo una pausa y miró a su amigo con gesto inquisitivo-. ¿Ahora sí me crees, Fitz, o te gustaría ver el vaso que te quité de la mano? -Dy agarró el vaso que había sobre la bandeja y lo levantó para ponerlo bajo la luz del candelabro, de manera que Darcy viera unas diminutas partículas que todavía estaban pegadas al fondo.

– ¿O'Reilly? -preguntó Darcy, aunque sabía la respuesta. Dy asintió con la cabeza-. ¡Dios santo! -Pensar en lo cerca que había estado del desastre lo dejó sin aire.

– Bueno, esta vez te ha salvado la providencia, aunque no te lo merezcas -observó Dy secamente-. Ahora, ¿vas a abandonar este nido de víboras o tendré que ordenar que te secuestren? Probablemente lady Monmouth te está buscando mientras hablamos.

– Pero ¿tú cómo has sabido todo esto? -Darcy miró a su viejo amigo con expresión confusa-. ¿Qué es lo que estás…?

– Es una historia demasiado larga -dijo por encima del hombro, mientras se volvía hacia la puerta-. Debes marcharte… ¡ahora mismo! -Dy abrió la puerta y asomó la cabeza-. Bien, todavía hay mucha actividad en el corredor y bajando hacia la puerta. ¿Conoces la taberna Fox and Drake, en la calle Portman? -Darcy asintió-. Nos encontraremos allí dentro de una hora, amigo mío, y responderé a tus preguntas. -Por primera vez en el curso de la noche, Dy sonrió, aunque con sarcasmo-. ¡Bueno, a algunas! Ahora, vete. -Después de darle una palmadita en el hombro, Dy empujó a su amigo-. ¡Y hazlo rápido! -susurró con urgencia y cerró la puerta.

Aunque en el pasillo todavía había muchos invitados de Sylvanie, Darcy se sintió terriblemente solo y, luego, el idiota más grande del mundo. Cuando se recuperó, comenzó a caminar entre la multitud hacia las escaleras. Sería una gran suerte salir sin que nadie lo viera. De esa noche le quedaría el hecho importante de haber abierto los ojos a la realidad política de un país en guerra tanto interna como externa. ¡Eso y una idea totalmente diferente sobre uno de sus viejos amigos! Todavía le daba vueltas la cabeza por la súbita reaparición, a pesar del disfraz de criado, del Dy Brougham que había conocido en la universidad, pero ese enigma tendría que esperar hasta llegar a la taberna. En aquel momento tenía que concentrarse en salir de la mansión de Monmouth y, tal como Dy había recomendado tan tajantemente, ¡rápido!

– ¡Darcy! -El grito llegó desde atrás. Sabía que sólo podía ser Monmouth, probablemente enviado por O'Reilly. Vaciló y por un momento sus modales y su educación lo obligaron a seguir las convenciones, pero el segundo grito de Monmouth lo impulsó a continuar hacia las escaleras. Cuando ya las había alcanzado y tenía una mano sobre la barandilla, alguien le agarró el brazo desde atrás-. ¡Darcy! -dijo Monmouth jadeando-. ¡La noche acaba de comenzar! No es posible que ya te marches.

El contacto de Monmouth incitó sus deseos de huir, pero Darcy se controló y se volvió hacia su antiguo compañero de la universidad con una calma increíble.

– Sí, me temo que debo hacerlo. Otro compromiso que no puedo incumplir. Tienes que comprenderlo.

– ¡Pero Sylvanie va a cantar en unos momentos! ¡Seguro que tu compromiso puede esperar un poco! -lo instó Monmouth-. Y ella se sentirá tremendamente decepcionada si no te quedas a oírla. Una canción y un trago, ¿qué dices, viejo amigo? -Un pánico soterrado pareció deslizarse bajo aquella tan razonable solicitud, y la expresión cautelosa en el rostro de Monmouth pusieron fin a cualquier duda que Darcy tuviera todavía acerca de la veracidad de las palabras de Dy.

– Imposible, Monmouth -respondió con firmeza-. Ya voy con retraso. Te ruego que me disculpes.

– No mencionaste ningún otro compromiso cuando llegaste -insistió lord Monmouth-. Vamos, si te has sentido ofendido por algo, por favor permíteme corregirlo. Por los viejos tiempos, Darcy.

– ¿Por los viejos tiempos, Tris? -Darcy ya no pudo seguir ocultando su disgusto-. ¿Cómo has podido? -le preguntó, soltando el brazo. Cuando Monmouth comenzó a protestar, Darcy le dio la espalda y bajó corriendo las escaleras, mientras le pedía sus cosas al lacayo. Un cierto revuelo le advirtió que no todos los participantes habían renunciado todavía a los planes para atraparlo. Cuando se estaba poniendo el sombrero de copa y tomaba su bastón de manos del lacayo, lady Monmouth apareció en la parte superior de las escaleras.

– ¡Darcy! -lo llamó con su voz ronca y sugestiva. Sabía que la buena educación y la cortesía exigían que se girara a mirarla, pero justo en ese momento Darcy sintió que las convenciones sociales se podían ir al demonio. Tomó el bastón con ferocidad y se dirigió bruscamente hacia la puerta, mientras el portero agarraba el pomo y abría.

– Será en otra ocasión, entonces -prometió Sylvanie con una risa llena de rencor-, cuando usted se asuste con menos facilidad ante el mundo que se avecina. -Los que estaban en el vestíbulo y sobre las escaleras soltaron una risita nerviosa.

Darcy se quedó quieto, furibundo y resentido por la burla de Sylvanie y la humillación pública a la que lo había sometido. Echando mano de toda la arrogancia que poseía, dio media vuelta y levantó una mirada fría hacia la hermosa y tentadora dama.

– Nunca, señora -le respondió, pronunciando cada palabra como si fuera un juramento solemne-, ¡nunca en su vida! -Sin dignarse a esperar una respuesta, Darcy se volvió otra vez hacia la puerta y salió con paso firme hacia el frío de la noche.

– Al Fox and Drake, en la calle Portman -le dijo al conductor del primer carruaje que se detuvo junto a la acera.

– Enseguida, patrón. -El cochero se llevó un dedo al ala del sombrero, a manera de saludo.

Una vez que se hubo acomodado en el oscuro interior del coche de alquiler y recorrido varias calles, comenzó a ceder la tensión forjada por la rabia y pudo pensar. ¡Pensar! Arrebatándole a Sylvanie el privilegio de burlarse de sí mismo, comenzó a reprocharse haber sido tan estúpido: ¿Cómo has llegado a desempeñar el papel del idiota más grande del mundo? ¿Cómo es posible que uno de tus amigos más antiguos te haya estado engañando durante años y hayas caído voluntariamente dos veces en la órbita de una mujer inclinada a usarte sabe Dios para qué nefandos propósitos? Que la mujer que amas… Darcy miró por la ventanilla. Las calles de Londres hervían todavía con el bullicio de los ciudadanos más exaltados y así seguirían hasta las primeras horas de la madrugada. Las damas se apoyaban en los brazos de sus caballeros, sonrientes y entusiasmadas, ávidas por disfrutar del brillo y la agitación de las fiestas que tenían lugar en los encumbrados salones de las diferentes salas de baile que prometían las casas señoriales, calle tras calle.

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