Solo quedan estas tres
- Автор: Aidan Pamela
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
– ¡Touché! -La voz de Genuardi apenas se alcanzó a oír, pero los que estaban alrededor se unieron al grito-. ¡Punto para el signore Darcy! -El salón pareció estallar, pero los dos hombres sobre los que había estado centrada la atención se separaron, jadeando al unísono, mientras se observaban mutuamente con extraña cautela. Una reticente sonrisa se abrió paso lentamente en el rostro de Dy, al tiempo que levantaba el florete en señal de saludo.
– ¡Bien hecho, viejo amigo! ¡Todavía sabes manejar la espada!
– ¡Ja! -se rió Darcy, devolviéndole el gesto-. ¡Lo mismo digo de ti! ¡Dos puntos para cada uno no es un resultado muy decisivo! -Luego miró a su amigo con más seriedad-. ¿Me vas a decir de qué va todo esto?
Dy desvió la mirada. ¿Cuál de los dos irá a responder: el amigo o el idiota?, se preguntó Darcy.
– Pasé esta mañana por Erewile House para ver si ya te habías recuperado de tu viaje a Kent -respondió el amigo, volviéndose para mirarlo directamente-, pero sólo encontré a la señorita Darcy, sola y bastante desanimada. -Hizo una pausa y respiró hondo-. ¡Fitz, sea lo que sea que haya sucedido en Kent, te ruego que no aflijas más a la señorita Darcy! Ella vive preocupada por ti y tú te portas con ella de una manera miserable, dándote aires de superioridad, mientras alimentas las penas de Kent.
– ¡Brougham! -rugió Darcy. ¿Quién era él para…?
Ignorando aquella interrupción, Dy continuó, en voz baja pero absolutamente clara.
– Ella no va a decir nada contra ti, ni lo haría aunque se sintiera utilizada, porque siente por ti un enorme respeto. -Sacudió ligeramente la cabeza-. Pero como yo no tengo tantos escrúpulos, me permito decirte que, a pesar de que eres mi amigo, si sigues portándote con la señorita Darcy de una manera tan desconsiderada y sin tener en cuenta sus sentimientos, ¡puede haber muchos más ataques como éste!
– ¡Te estás atribuyendo demasiadas responsabilidades! -le advirtió Darcy retrocediendo-. Estás rebasando el límite, Brougham, y estás muy lejos de tu…
– ¿Lo estoy, Fitz? -Brougham miró a Darcy con ojos escrutadores-. Entonces, conociéndome como me conoces, tal vez deberías preguntarte por qué decidí, de manera tan extraordinaria, asumir una responsabilidad tan grande en tu nombre. -Y diciendo eso, Dy le entregó el florete a un asistente que estaba esperando y salió del salón.
– ¿La zorra está llorando porque las uvas son amargas, Darcy? -Monmouth apareció en ese momento, abriéndose paso entre la multitud de gente que se acercaba a felicitar a los espadachines, e hizo una señal con la cabeza en dirección a Brougham.
– No -contestó Darcy de manera distraída, mirando fijamente hacia el lugar por donde había desaparecido su amigo-. Parece más bien un coro griego.
En un estado de agitación provocado tanto por la irritación como por la curiosidad, Darcy se marchó un cuarto de hora después que Brougham, tras mostrar su agradecimiento a aquellos que lo habían apoyado durante el encuentro y de recuperar su ropa. Según parecía, Dy había dejado el club enseguida, sin detenerse a refrescarse o a vestirse con la impecabilidad que lo caracterizaba. ¿Adónde habría ido? Después de hacerse un nudo de corbata más o menos presentable, Darcy se abrochó el abrigo apresuradamente, dejó el club de esgrima y tomó un carruaje.
– A Boodle's -le dijo al cochero, mientras se subía al vehículo. Si aquel cuento sobre un compromiso previo era un invento, tal como suponía, era probable que Brougham se hubiese retirado a su club, esperando que Darcy lo siguiera. Si no era así, no tenía intención de perseguir a su amigo por todo Londres. Se divertiría un poco con los caballeros de su club y esperaría otra oportunidad para arrinconar a Dy. Además, admitió para sus adentros, todavía no estaba preparado para regresar a casa.
El viaje hasta Boodle's no fue largo y apenas le dio tiempo para reflexionar sobre el significado de las provocativas palabras de su amigo. Era evidente que Brougham no aprobaba la manera en que Darcy se había alejado de Georgiana, haciéndola sufrir con su comportamiento y llenándola de incertidumbre por su salud y el bienestar de su alma. Pero ¿qué demonios le importaba eso a Brougham? ¡El comportamiento de Dy empezaba a ser sospechosamente parecido al de un enamorado! El caballero se movió con incomodidad, pues le preocupaba que esa idea volviera a aparecer. ¿Acaso Dy no le había estrechado la mano y le había jurado que él no representaba ningún peligro para su hermana? Además, estaba el asunto de la diferencia de edad y de temperamento…
– ¡No, eso no puede ser! -se aseguró en voz alta. Tenía que haber otra razón. Debía de ser que, mientras velaba por ella, Dy había llegado a ver a Georgiana como la hermana que nunca había tenido. Su amigo le estaba advirtiendo de que su comportamiento hacia su hermana no era lo que Brougham, en su limitada experiencia, consideraba «fraternal». Darcy se recostó contra el respaldo del asiento. ¡Sí, tenía que ser eso!
Libre ahora para concentrar su atención en el mensaje y no en el mensajero, Darcy no pudo hacer otra cosa que reconocer que Brougham tenía razón; y la verdad es que lo había sabido de inmediato. Era cierto que debía tener más consideración por los tiernos sentimientos de su hermana -¿acaso no lo había hecho siempre?-, sólo que por el momento le costaba trabajo hacerlo. Esa falta de voluntad, al igual que tantos otros pensamientos y emociones que había experimentado esa semana, le parecieron tan poco acordes con su manera de ser que se sintió abrumado. Así que reprimió rápidamente esa idea y miró por la ventanilla hacia las tiendas y los clubes exclusivos de Londres. Las cosas volverían a la normalidad… Con el tiempo, y cuando él se hubiese recuperado y la señorita Elizabeth Bennet no fuese más que un recuerdo lejano, todos podrían volver a ser como antes, y la vida volvería a ser tal como la había planeado antes de perder la razón en el salón de la rectoría de Hunsford.
Cuando estuvo dentro del selecto recinto de Boodle's, Darcy atravesó el vestíbulo de mármol ajedrezado y se dirigió a una de las amplias escaleras hacia los salones del fondo. Una rápida ojeada le reveló que Brougham no se encontraba entre los presentes, aunque sí había otros conocidos y más de un caballero lo saludó con entusiasmo mientras recorría los salones.
– Darcy -lo llamó sir Hugh Goforth, cuando pasaba por una de las salas de billar-. Ese amigo tuyo estaba buscándote.
– Sir Hugh. -Darcy se detuvo e hizo una inclinación-. ¿Brougham?
– No, no… No he visto a Brougham en años. Bingley, creo que era el nombre. Dijo que iba a llevar a su hermana a visitar a tu hermana, o algo así. Supongo que tenía la esperanza de encontrarte por aquí.