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Solo quedan estas tres

Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:

Uno de los héroes más queridos de la literatura romántica sigue siendo un misterio incluso para los fans más devotos de Jane Austen… hasta ahora. Pamela Aidan nos relata, con magistral pluma, los conocidos acontecimientos de Orgullo y Prejuicio desde el punto de vista de su protagonista, Fitzwilliam Darcy.
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
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– ¿Les gustaría tomar algo, señorita Bingley, señor Bingley? -intervino Georgiana con voz suave pero firme. Después de mirarla con una sonrisa de asombro y aprobación, Darcy apoyó la sugerencia.

– Sí, seguramente querrán una taza de té. Estoy seguro de que la señora Witcher tiene algo preparado. -Le señaló a Bingley una silla, invitándolo a sentarse, y tocó la campanilla-. Y ahora, Charles, tienes que contarnos qué has hecho todas estas semanas en Yorkshire.

Esa noche, mientras Darcy se abrochaba el chaleco delante del espejo, no sabía si sentirse contento por el hecho de que Brougham no hubiese aparecido durante todo el día, o molesto con él por haber mantenido las distancias. Dy era como un fuego fatuo, era cierto; pero ¿qué significaba aquello de acercarse a él como lo había hecho en el club de esgrima y luego, sin la más mínima consideración hacia Georgiana, desaparecer? ¡Eso ya era el colmo! No obstante, si Brougham hubiese venido, ¿qué habría ocurrido? Probablemente habrían tenido una discusión desagradable, que provocaría un distanciamiento entre ambos, porque, en ese mismo momento, Darcy se estaba preparando para la selecta reunión de Monmouth y nada de lo que Dy hubiese dicho habría podido disuadirlo de asistir. De hecho, ya estaba teniendo que soportar suficientes críticas con respecto a la velada de esa noche por parte de su ayuda de cámara, como para añadirle la desaprobación de Brougham. Cuando Darcy había informado a Fletcher la noche anterior de que iba a salir a una reunión formal, su ayuda de cámara se había alegrado mucho y había comenzado a revisar el guardarropa con su acostumbrado entusiasmo. Pero aquella noche, sin embargo, la idea de presentar a su patrón como el máximo exponente de la moda no despertaba en él la misma excitación.

– ¿Ha dicho usted lord y lady Monmouth, señor? -había repetido con un poco de incredulidad, al descubrir quiénes serían los anfitriones de su patrón durante la velada-. ¿Está usted seguro, señor? -había preguntado su ayuda de cámara, mientras lo afeitaba por segunda vez ese día.

– Sí, Fletcher. -Darcy lo había mirado con ironía-. Estoy seguro de quién me ha invitado. -Sabiendo que debía de haber algo más detrás de aquella pregunta, continuó-: ¿Por qué?

– ¡Para abreviar, el castillo de Norwycke, señor! -respondió Fletcher con una mueca de disgusto-. Y desde entonces lord Monmouth y, en especial, lady Monmouth han sido vistos con una compañía más bien variada, señor.

– Eso me dijo Monmouth. «Filosofía y política» fue la descripción que hizo. ¡Nada parecido a lo que acechaba entre las sombras de Norwycke, Fletcher! -Ante esa observación, el ayuda de cámara sólo había dejado escapar un suspiro de escepticismo.

– Es estupendo saber que podrá uno sonreír y sonreír…, señor -había replicado Fletcher, antes de volver a ocuparse de la navaja.

No dijeron nada más, pero Fletcher le fue pasando a su patrón cada una de las prendas que usaría esa noche con un aire de reticencia y el nudo de la corbata fue un asunto anodino, que no llamaba la atención ni por la creatividad ni por la elegancia.

Más tarde, mientras el cabriolé lo llevaba hasta la casa de Monmouth, la desaprobación de Fletcher combinada con la de Brougham produjo en Darcy una especie de arrepentimiento por haber aceptado la invitación. Pero fue una sensación fugaz, ya que también estaba muy intrigado por ver cómo estaba la antigua lady Sylvanie Sayre, después de los horribles sucesos ocurridos en el castillo de Norwycke. Al mismo tiempo, sentía una enorme curiosidad por conocer el carácter de los intelectuales y artistas que se habían reunido en torno a ella. Esa compañía le otorgaba a la noche un cierto aire de provocación y la perspectiva de experimentar algo provocativo o abiertamente peligroso era infinitamente preferible a lo que lo consumía ahora: la permanente sensación de que su estómago se contraía en un mismo nudo doloroso. Si él iba a… Si Elizabeth iba a… La puerta de la mansión de Monmouth se abrió y el murmullo de una docena de conversaciones inundó la calle, junto a la luz de los candelabros. Desesperado por escapar del dolor, Darcy se aferró a la invitación que el sirviente le hacía desde adentro y lo siguió, intentando pensar en otra cosa que no fuera el aterrador abismo de su pérdida.

– ¡Darcy, bienvenido! -lo saludó lord Monmouth desde lo alto de la magnífica escalera que dominaba el vestíbulo-. ¡No pierdas tiempo ahí abajo! -dijo con voz autoritaria, mientras Darcy le entregaba a un lacayo el sombrero y el abrigo-. ¡Sube, hombre! ¡Lady Sylvanie está ansiosa por verte!

Darcy se abrió paso a través del vestíbulo lleno de gente y alcanzó las escaleras, pero el avance le resultó difícil a causa de la cantidad de invitados que había allí, algunos bajando y otros subiendo, algunos absortos en intensas conversaciones y otros en serios coqueteos en los escalones. Cuando por fin logró subir, Monmouth todavía lo estaba esperando con una sonrisa de oreja a oreja. A Tris siempre le había gustado estar rodeado de mucha gente y, a juzgar por la cantidad de invitados que había allí, Sylvanie había conseguido convertirse en una anfitriona exitosa. Lord Monmouth debía de estar muy complacido. A Darcy todavía le resultaba extraño que Sylvanie deseara retomar su relación. La manera como él había rechazado sus sensuales ofertas en el castillo de Norwycke y la innegable participación que había tenido en el desenmascaramiento y posterior suicidio de su madre seguramente hacían que cualquier contacto entre ellos fuese doloroso o, al menos, excesivamente incómodo. Sin embargo, ella se había empeñado en conocer a Georgiana y establecer con su hermana una relación que lord Brougham había tenido que desalentar, y ahora deseaba verlo a él por encima de todas las cosas.

– Tris. -Darcy hizo una inclinación y luego estrechó la mano que Monmouth le tendía-. ¡Has reunido una asombrosa cantidad de gente para ser lo que me anunciaste como un «selecto grupo» de filósofos y políticos!

– Ah, ellos -dijo Monmouth, haciendo un gesto de desprecio con la mano-. Estos sólo son el escaparate, amigo mío. Los importantes están en el salón verde, donde recibe Sylvanie. ¡Ven! -Monmouth lo condujo a través del corredor, hacia un par de enormes puertas dobles-. ¡Un momento! -dijo sonriendo cuando llegaron y golpeó en una de las puertas. El pomo empezó a girar lentamente hasta que la puerta empezó a abrirse. Rápidamente, Monmouth puso una mano sobre el pomo y empujó la puerta, sorprendiendo al criado que estaba al otro lado y obligándolo a retroceder-. ¡Idiota! -gruñó Monmouth, mientras invitaba a Darcy a entrar en el salón-. ¡Dios, cómo detesto lidiar con criados contratados sólo por un día; nunca parecen asimilar ninguna orden, por pequeña que sea, y ni siquiera logran reconocer al que les está pagando! Pero aquí estamos por fin, ¡el círculo más íntimo! -Detuvo a otro criado y, levantando dos vasos de la bandeja que llevaba, le pasó uno a Darcy-. Primero algo de beber, viejo amigo, y luego, a saludar a lady Sylvanie. ¡Salud! -Monmouth levantó el vaso para brindar y se tomó la mitad de su contenido, antes de que Darcy consiguiera reaccionar. Haciendo un movimiento mecánico, Darcy se llevó el vaso a los labios, pero enseguida lo golpeó el fuerte olor del whisky. Retrocedió y miró a su amigo.

– ¿Un ponche de whisky, Monmouth?

– Un ponche de whisky irlandés -contestó desde atrás una voz con marcado acento irlandés. Darcy enarcó una ceja mientras daba media vuelta para descubrir la identidad de su informante.

– Ah, O'Reilly. -Monmouth saludó al hombre-. Permíteme presentarte a un viejo amigo. El señor Fitzwilliam Darcy, de los Darcy de Pemberley, en Derbyshire. Darcy, sir John O'Reilly, del condado de…, Irlanda.

– Su servidor, señor. -Darcy hizo una inclinación.

– Encantado, señor -respondió sir John, y su actitud pareció un poco menos fría-. Entonces, Darcy, ¿viene usted a hablar de filosofía o de política?

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