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Solo quedan estas tres

Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:

Uno de los héroes más queridos de la literatura romántica sigue siendo un misterio incluso para los fans más devotos de Jane Austen… hasta ahora. Pamela Aidan nos relata, con magistral pluma, los conocidos acontecimientos de Orgullo y Prejuicio desde el punto de vista de su protagonista, Fitzwilliam Darcy.
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
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Mientras le daba las gracias a sir Hugh por la información, Darcy sintió una oleada de rabia que casi lo hizo sonrojar. Bingley, cuyo impetuoso enamoramiento había dado comienzo a aquel nefasto asunto y cuyos intereses él había logrado salvar del fuego ¡sólo para terminar totalmente quemado él mismo! Dejó escapar un resoplido. Al parecer, Bingley y su hermana habían regresado de su viaje anual a Yorkshire y estaban otra vez en la ciudad. Si Darcy se hubiese tomado la molestia de revisar el montón de tarjetas de visita que Hinchcliffe siempre le dejaba con tanto cuidado sobre el escritorio, es posible que ya hubiera tenido conocimiento de ello, y habría podido enviar una nota anticipándose a cualquier idea que Bingley tuviera de hacer una visita. Sin embargo…

– ¡Eh, Darcy! -lo llamó sir Hugh desde el otro lado de la mesa de billar-. El caballo de Devereaux va a correr y él tiene que estar presente. ¿Quieres jugar una partida?

Debería irse a casa. Debería irse a casa, pedirle a Georgiana que lo perdonara y darles la bienvenida a Bingley y a su hermana. Debería irse en aquel mismo instante para comenzar a revisar la montaña de papeles que requerían su atención encima del escritorio, como siempre había sido su costumbre.

Sin embargo, dio media vuelta y estiró el brazo para agarrar un taco.

– Todas las que quieras, Goforth. Tengo toda la tarde.

La visita de los Bingley no se podía aplazar indefinidamente y, aunque Darcy se las había arreglado para evitarla el día anterior, la tarjeta de Charles volvió a aparecer a la mañana siguiente. Resignado, se reunió con su hermana en el salón, a esperar la llegada de sus visitantes. La noche anterior había hablado sólo brevemente con Georgiana, pues la curiosidad por saber si su hermana tenía alguna información sobre el comportamiento de Brougham lo había impulsado a buscarla, a pesar de haber estado ausente la mayor parte del día. Georgiana contestó con inocencia que sí, lord Brougham había venido a buscarlo, pero sólo habían hablado breves momentos antes de informarle de que él había salido.

– ¿Y de qué hablasteis en esos «breves» momentos, Georgiana? -había preguntado Darcy de manera despreocupada, mientras admiraba uno de sus bordados, que estaba colocado en el bastidor. Como todo lo que su hermana hacía, el trabajo era exquisito y preciso. Los hilos de seda representaban una escena del Edén, el jardín invernadero que tenía su madre en Pemberley. Una serie de hilos de diferentes colores que colgaban del bastidor atrajo su atención y, sin pensarlo, Darcy los agarró delicadamente.

– Quiso saber cómo estabas desde tu regreso de Kent, pues no te había visto desde que nos había traído a Trafalgar. Luego preguntó amablemente por la ceremonia para descubrir el retrato.

– ¿Nada más? -preguntó Darcy, jugueteando con los hilos, deslizándolos con enorme familiaridad entre sus dedos.

– Hablamos un poco de un libro que él me envió y que me animó a leer. No recuerdo nada más; aunque, por un momento… -Georgiana vaciló y luego lo miró a con curiosidad. Él siguió la mirada de su hermana hasta su propia mano y se sonrojó al ver que se había enredado los hilos en los dedos sin darse cuenta. Rápidamente los desenrolló y los volvió a poner sobre la mesa, con la mayor indiferencia que pudo-. Ah, puedes tomarlos para ponerlos con los otros, si quieres -le aseguró su hermana con una sonrisa rápida.

– Por un momento… ¿qué? -insistió Darcy, dándole la espalda a esa terrible tentación.

– Por un momento… -Georgiana arrugó la frente con perplejidad-. Pareció sentirse mal… pero no exactamente enfermo. No sabría decir qué pasó; sucedió muy rápido. Pero tú lo conoces muy bien. -Georgiana levantó la vista para mirar a su hermano-. ¿Qué pudo haber sucedido?

– Hummm -resopló Darcy-. Sucedió que tomó la decisión de embarcarse en una misión que sabía que era una intromisión y una impertinencia. -Darcy desvió la mirada con un poco de exasperación, confundido por la inexplicable actuación de Dyfed Brougham. ¿Realmente «lo conocía tan bien»? Se inclinó hacia delante y le dio un beso a su hermana en la frente-. Buenas noches, preciosa.

– Lo mismo te deseo, hermano -respondió ella, con una sonrisa matizada por un aire de desconcierto.

Darcy dejó a su hermana para pasar otra noche aciaga en su habitación, sin dormir y desconfiando al mismo tiempo de los sueños que le podría traer la noche. Había desperdiciado la mañana, porque a pesar de lo mucho que se había esforzado en revisar el montón de documentos que Hinchcliffe le había preparado, no pudo avanzar mucho antes de caer en una ensoñación o en un estado de adormecimiento. Después de renunciar a concentrarse, se había estirado sobre el diván de su estudio y había dormido una hora incómodo pero sin sueños, antes de que lo despertara el tímido golpe de Witcher en la puerta para traerle la tarjeta de Bingley.

La mirada de alivio que percibió en la cara de Georgiana cuando apareció en el salón llamó su atención y, mientras le tomaba la mano para besársela, pudo sentir una tensión inusual en su actitud.

– ¿Georgiana? -murmuró, mientras vigilaba la puerta que se abriría en segundos para dejar entrar a sus visitantes.

– No es nada, hermano -dijo Georgiana, sonrojándose, y retiró la mano.

– ¡Tonterías! -replicó Darcy y añadió con voz suave-: Dime qué sucede.

Georgiana se puso todavía más colorada.

– La señorita Bingley -confesó avergonzada-. Yo… -En ese momento se abrió la puerta del salón, dando paso a la causa de la confusión de su hermana. No hubo tiempo para decir nada más.

Darcy avanzó hacia el frente.

– Señorita Bingley. -Le hizo una reverencia y luego se volvió hacia su hermano y le tendió la mano-. ¡Charles! Así que ya habéis vuelto.

– ¡Darcy! ¡Sí! -Bingley le estrechó la mano con fuerza-. Londres, o mejor dicho, la temporada social, ya nos estaba llamando, y Yorkshire no es lugar para nosotros, ¿puedes creerlo? Señorita Darcy. -Bingley dio media vuelta y le hizo una inclinación a Georgiana-. Será un gran placer para nosotros asistir a la ceremonia de descubrimiento la próxima semana.

– ¡Charles! La ceremonia durante la cual se descubrirá el retrato de la señorita Darcy, por favor. -La señorita Bingley entornó los ojos-. Esperamos muy ilusionados, señorita Darcy. -Le dirigió una indulgente sonrisa a su interlocutora-. Será la ceremonia más espléndida de la temporada. Según entiendo, el mismo Lawrence va a asistir, ¿no es así? -Sin esperar a recibir una respuesta, miró a Darcy-. Vaya, es el colmo de la buena suerte, ¿verdad, señor Darcy? La presentación en sociedad de su hermana ya se ha convertido en un gran tema de conversación; la presencia de Lawrence garantizará el éxito de la ceremonia. ¡Me imagino que Erewile House se verá inundada de gente que querrá saludarla!

Más que ver, Darcy percibió cómo Georgiana se estremecía ante el exagerado elogio de la señorita Bingley. ¡Era increíble que una mujer que decía apreciarla tanto conociera tan poco el verdadero carácter de su hermana! ¡La trataba como si fuera una muñequita bonita, sin preocuparse lo más mínimo por sus pensamientos o sentimientos! Darcy dejó de prestar atención a la señorita Bingley y se dirigió a su hermano.

– Desde luego que seréis bienvenidos, pero no será tan concurrida como estáis pensando. Hemos decidido invitar sólo a la familia y los amigos más cercanos.

– ¡Ay, eso no puede ser cierto! -exclamó la señorita Bingley, llamando la atención de todo el mundo con un chillido estridente mientras tomaba asiento-. Señorita Darcy… -dijo, dirigiéndose a Georgiana.

– Pero lo es -interrumpió Darcy, mirándola con irritación. ¡Estaba muy equivocada si creía que le iba permitir mortificar a Georgiana con ese asunto!-. Eso es lo que Georgiana desea.

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