El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
Pero finalmente se dio cuenta que no podía postergar lo inevitable por más tiempo, y regresó a Londres, sintiéndose más bien un imbécil. Probablemente Miranda estuviera echando pestes. Tendría suerte si lo recibía. Y con eso en mente y no sin sentirse un poco agitado, subió los escalones de la casa de sus padres y sin esperar a ser recibido entró en el vestíbulo principal.
El mayordomo se materializó inmediatamente.
– Huntley -dijo Turner a modo de saludo-. ¿Se encuentra la Señorita Cheever? ¿O mi hermana?
– No, milord.
– Hmmm. ¿Cuándo se las espera de regreso?
– No lo sé, milord.
– ¿Por la tarde? ¿A la hora de la cena?
– Me imagino que no volverán hasta dentro de varias semanas.
– ¡Varias semanas! -Turner no había anticipado esto-. ¿Dónde demonios están?
Huntley se puso rígido ante la imprecación de Turner.
– En Escocia, milord.
¿Escocia? Maldito infierno. ¿Qué demonios estaban haciendo allí arriba? Miranda tenía amigos en Edimburgo, pero si había hecho planes para visitarlos, no se lo había informado.
Espera un momento, ¿no estaría Miranda prometida a algún caballero escocés relacionado con sus abuelos? Si ése fuera el caso seguramente alguien se lo habría informado. Miranda, primero que nadie. Y Dios sabía que Olivia era incapaz de mantener un secreto.
Turner caminó a zancadas hacia el pie de las escaleras y comenzó a vociferar.
– ¡Madre! ¡Madre! -Se volvió hacia Huntley-. ¿Me imagino que puedo asumir que mi madre no las siguió hasta Escocia?
– No, ella está residiendo aquí, milord.
– ¡Madre!
Lady Rudland se apresuró a bajar.
– Turner, en nombre del cielo, ¿qué sucede? ¿Y dónde has estado? Marchándote a Kent sin ni siquiera decírnoslo.
– ¿Por qué están Olivia y Miranda en Escocia?
Ante su interés, Lady Rudland enarcó las cejas.
– Una enfermedad en la familia. Quiero decir en la familia de Miranda.
Turner evitó señalar que eso era obvio, ya que los Bevelstoke no tenían familia en Escocia.
– ¿Y Olivia fue con ella?
– Bueno, ya sabes que están muy unidas.
– ¿Cuándo regresan?
– No puedo decirte nada acerca de Miranda, pero ya le he escrito a Olivia, insistiendo en que regrese. La esperamos en unos pocos días.
– Bien -murmuró Turner.
– Estoy segura que se sentirá complacida por tu devoción fraternal.
Turner entrecerró los ojos. ¿Había cierta nota de sarcasmo en la voz de su madre? No podía estar seguro.
– Te veré pronto, madre.
– Estoy segura de que lo harás. Oh, y ¿Turner?
– ¿Sí?
– ¿Por qué no intentas pasar más tiempo con tu ayuda de cámara? Te ves un poquito andrajoso.
Cuando Turner se fue estaba gruñendo.
Dos días después, Turner fue informado de que su hermana había regresado a Londres. Turner se apresuró a salir para su casa inmediatamente. Si había una cosa que odiaba era esperar. Y si había algo que odiaba aún más, era sentirse culpable.
Y se sentía malditamente culpable por haber hecho esperar a Miranda por lo que ahora se había convertido en un período de más de seis semanas.
Cuando llegó, Olivia estaba en su dormitorio. En vez de esperarla en la salita de estar, Turner subió la escalera y golpeó en su puerta.
– ¡Turner! -Exclamó Olivia-. ¡Válgame Dios! ¿Qué estás haciendo aquí?
– Sinceramente, Olivia, solía vivir aquí. ¿Recuerdas?
– Sí, sí, por supuesto. -Sonrió y se volvió a sentar-. ¿A qué debo este placer?
Turner abrió la boca, y luego la cerró, no del todo seguro de qué era lo que quería preguntarle. No podía simplemente salirle con, “Seduje a tu mejor amiga y ahora necesito enderezar la cosas, así que ¿considerarías apropiado que la fuera a buscar a la casa de sus abuelos mientras uno de ellos está enfermo?”
Volvió a abrir la boca.
– ¿Sí, Turner?
La cerró, sintiéndose un tonto.
– ¿Querías preguntarme algo?
– ¿Qué te pareció Escocia? -Farfulló.
– Hermosa. ¿Alguna vez has estado allí?
– No. ¿Y Miranda?
Olivia dudó antes de responder.
– Está bien. Manda saludos.
De alguna forma, a Turner eso le parecía dudoso. Tomó aliento. Debía proceder con cautela.
– ¿Está de buen ánimo?
– Ejem, sí. Sí, lo está.
– ¿No estaba desanimada al perderse el resto de la temporada?
– No, por supuesto que no. Para empezar nunca la disfrutó mucho. Tú lo sabes.
– Correcto. -Se giró para quedar de frente a la ventana, tamborileando con la mano contra una de sus piernas en señal de impaciencia-. ¿Regresará pronto?
– Me imagino que no lo hará hasta dentro de unos cuantos meses.
– Entonces, ¿su abuela está bastante enferma?
– Bastante.
– Debería enviarle mis condolencias.
– No ha llegado a eso todavía. -Se apresuró a decir Olivia-. El doctor dice que llevará algún tiempo, ejem, al menos medio año, tal vez un poco más, pero piensa que se recobrará.
– Ya veo. Y exactamente, ¿qué enfermedad padece?
– Una dolencia femenina -dijo Olivia, su voz sonó tal vez un poquito petulante en exceso.
Turner enarcó una ceja. Una dolencia femenina en una abuela. Sumamente intrigante. Y sospechoso. Volvió a girarse.
– Espero que no sea contagioso. No me gustaría que Miranda se enfermara.
– Oh, no. La, er, enfermedad que hay en esa casa definitivamente no es contagiosa. -Cuando vio que Turner no desviaba la mirada penetrante de su rostro, añadió-. Mírame a mí. Estuve allí una quincena, y estoy sana como un caballo.
– Sí, lo estás. Pero debo decir, que estoy preocupado por Miranda.
– Oh, pero no deberías estarlo -insistió Olivia-. Ella está bien, en serio.
Turner entrecerró los ojos. Las mejillas de su hermana se habían puesto un poco rosadas.
– Hay algo que no me estás diciendo.
– Yo… yo no sé de que me estás hablando -tartamudeó-. ¿Y por qué me estas haciendo tantas preguntas acerca de Miranda?
– También es una buena amiga mía -le contestó en un tono suave como la seda-. Y te sugiero que trates de decirme la verdad.
Mientras él se le acercaba a zancadas, Olivia se deslizó velozmente por encima de la cama, atravesándola.
– No sé de qué me estás hablando.
– ¿Está enredada con un hombre? -Demandó-. ¿Lo está? ¿Es por eso que has inventado esta historia tan obvia acerca de un familiar enfermo?
– No es una historia -protestó.
– ¡Dime la verdad!
Cerró la boca con fuerza.
– Olivia -dijo amenazadoramente.
– ¡Turner! -Su voz adquirió un tono chillón-. No me gusta la mirada que tienes en los ojos. Voy a llamar a mamá.
– Mamá es de la mitad de mi tamaño. No será capaz de evitar que te estrangule, mocosa.
Se le agrandaron los ojos.
– Turner, te has vuelto loco.
– ¿Quién es él?
– ¡No lo sé! -estalló-. No lo sé.
– Así que sí hay alguien.
– ¡Sí! ¡No! ¡Ya no!
– ¿Qué demonios está sucediendo? -Los celos, puros y ardientemente violentos, lo recorrieron por entero.
– ¡Nada!
– Dime qué le pasó a Miranda. -Rodeó la cama hasta que arrinconó a Olivia. Un sentimiento de temor muy primitivo correteaba por su cuerpo. Miedo ante la posibilidad de perder a Miranda y miedo de que de alguna forma estuviera herida. ¿Y si le había pasado algo? Nunca hubiera imaginado que el bienestar de Miranda podría causarle ese tipo de preocupación que le cerraba la garganta, pero allí estaba, y Cristo, era espantoso. Nunca había querido preocuparse tanto por ella.