Sentido y Sensibilidad
- Автор: Остин Джейн
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
Con una carta en su mano extendida y una alegre sonr isa nacida de la convicción de ser portadora de consuelo, entró en la habitación diciendo:
– Mire, querida, le traigo algo que estoy segura le hará bien.
Marianne no necesitaba escuchar más. En un momento su imaginación le puso por delante una carta de Willoughby, llena de ternura y arrepentimiento, que explicaba lo ocurrido a toda satisfacción y de manera convincente, seguida de inmediato por Willoughby en persona, abalanzándose a la habitación para reforzar, a sus pies y con la elocuencia de su mirada, las declaraciones de su carta. La obra de un momento fue destruida por el siguiente. Frente a ella estaba la escritura de su madre, que hasta entonces nunca había sido mal recibida; y en la agudeza de su desilusión tras un éxtasis que había sido de algo más que esperanza, sintió como si, hasta ese instante, nunca hubiera sufrido.
No tenía nombre para la crueldad de la señora Jennings, aunque ciertamente hubiera sabido cómo llamarla en sus momentos de más feliz elocuencia; ahora sólo podía reprochársela mediante las lágrimas que le arrasaron-los ojos con apasionada violencia; un reproche, sin embargo, tan por completo desperdiciado en aquella a quien estaba dirigido, que ésta, tras muchas expresiones de compasión, se retiró sin dejar de encomendarle la carta como gran consuelo. Pero cuando tuvo la tranquilidad suficiente para leerla, fue poco el alivio que encontró en ella. Cada línea estaba llena de Willoughby. La señora Dashwood, todavía confiada en su compromiso y creyendo con la calidez de siempre en la lealtad del joven, sólo por la insistencia de Elinor se había decidido a exigir de Marianne una mayor franqueza hacia ambas, y esto con tal ternura hacia ella, tal afecto por Willoughby y tal certeza sobre la felicidad que cada uno encontraría en el otro, que no pudo dejar de llorar desesperadamente hasta terminar de leer.
De nuevo se despertó en Marianne toda su impaciencia por volver al hogar; nunca su madre le había sido más querida, incluso por el mismo exceso de su errada confianza en Willoughby, y anhelaba desesperadamente haber partido ya. Elinor, incapaz de decidir por sí misma qué sería mejor para Marianne, si estar en Londres o en Barton, no le ofreció otro consuelo que la recomendación de paciencia hasta que conocieran los deseos de su madre; y finalmente logró que su hermana accediera a esperar hasta saberlo.
La señora Jennings salió más temprano que de costumbre, pues no podía quedarse tranquila hasta que los Middleton y los Palmer pudieran lamentarse tanto como ella; y rehusando terminantemente el ofrecimiento de Elinor de acompañarla, salió sola durante el resto de la mañana. Elinor, con el corazón abatido, consciente del dolor que iba a causar y dándose cuenta por la carta a Marianne del escaso éxito que había tenido en preparar a su madre, se sentó a escribirle relatándole lo ocurrido y a pedirle que las guiara en lo que ahora debían hacer. Marianne, entretanto, que había acudido a la sala al salir la señora Jennings, se mantuvo inmóvil junto a la mesa donde Elinor escribía, observando cómo avanzaba su pluma, lamentando la dureza de su tarea, y lamentando con más afecto aún el efecto que tendría en su madre.
Llevaban en esto cerca de un cuarto de hora cuando Marianne, cuyos nervios no soportaban en ese momento ningún ruido repentino, se sobresaltó al escuchar un golpe en la puerta.
– ¿Quién puede ser? -exclamó Elinor-. ¡Y tan temprano! Pensaba que estábamos a salvo.
Marianne se acercó a la ventana.
– Es el coronel Brandon -dijo, molesta-. Nunca estamos a salvo de él.
– Como la señora Jennings está fuera, no va a entrar.
– Yo no confiaría en eso -retirándose a su habitación-. Un hombre que no sabe qué hacer con su tiempo no tiene conciencia alguna de su intromisión en el de los demás.
Los hechos confirmaron su suposición, aunque estuviera basada en la injusticia y el error, porque el coronel Brandon sí entró; y Elinor, que estaba convencida de que su preocupación por Marianne lo había llevado hasta allí, y que veía esa preocupación en su aire triste y perturbado y en su ansioso, aunque breve, indagar por ella, no pudo perdonarle a su hermana por juzgarlo tan a la ligera.
– Me encontré con la señora Jennings en Bond Street -le dijo, tras el primer saludo-, y ella me animó a venir; y no le fue difícil hacerlo, porque pensé que sería probable encontrarla a usted sola, que era lo que quería. Mi propósito… mi deseo, mi único deseo al querer eso… espero, creo que así es… es poder dar consuelo… no, no debo decir consuelo, no consuelo momentáneo, sino una certeza, una perdurable certeza para su hermana. Mi consideración por ella, por usted, por su madre, espero me permita probársela mediante el relato de ciertas circunstancias, que nada sino una muy sincera consideración, nada sino el deseo de serles útil… creo que lo justifican. Aunque, si he debido pasar tantas horas intentando convencerme de que tengo la razón, ¿no habrá motivos para temer estar equivocado? -se interrumpió.
– Lo comprendo -dijo Elinor-. Tiene algo que decirme del señor Willoughby que pondrá aún más a la vista su carácter. Decirlo será el mayor signo de amistad que puede mostrar por Marianne. Cualquier información dirigida a ese fin merecerá mi inmediata gratitud, y la de ella vendrá con el tiempo. Por favor, se lo ruego, dígamelo.
– Lo haré; y, para ser breve, cuando dejé Barton el pasado octubre… pero así no lo entenderá. Debo retroceder más aún. Se dará cuenta de que soy un narrador muy torpe, señorita Dashwood; ni siquiera sé dónde comenzar. Creo que será necesario contarle muy brevemente sobre mí, y seré muy breve. En un tema como éste -suspiró profundamente- estaré poco tentado a alargarme.
Se interrumpió un momento para ordenar sus recuerdos y luego, con otro suspiro, continuó.
– Probablemente habrá olvidado por completo una conversación (no se supone que haya hecho ninguna impresión en usted), una conversación que tuvimos una noche en Barton Park, una noche en que había un baile, en la cual yo mencioné una dama que había conocido hace tiempo y que se parecía, en alguna medida, a su hermana Marianne.
– Por cierto -respondió Elinor-, no lo he olvidado.
El coronel pareció complacido por este recuerdo, y agregó:
– Si no me engaña la incertidumbre, la arbitrariedad de un dulce recuerdo, hay un gran parecido entre ellas, en mentalidad y en aspecto: la misma intensidad en sus sentimientos, la misma fuerza de imaginación y vehemencia de espíritu. Esta dama era una de mis parientes más cercanas, huérfana desde la infancia y bajo la tutela de mi padre. Teníamos casi la misma edad, y desde nuestros más tempranos años fuimos compañeros de juegos y amigos. No puedo recordar algún momento en que no haya querido a Eliza; y mi afecto por ella, a medida que crecíamos, fue tal que quizá, juzgando por mi actual carácter solitario y mi tan poco alegre seriedad, usted me crea incapaz de haberlo sentido. El de ella hacia mí fue, así lo creo, tan ferviente como el de su hermana al señor Willoughby y, aunque por motivos diferentes, no menos desafortunado. A los diecisiete años la perdí para siempre. Se casó, en contra de sus deseos, con mi hermano. Era dueña de una gran fortuna, y las propiedades de mi familia bastante importantes. Y esto, me temo, es todo lo que se puede decir respecto del comportamiento de quien era al mismo tiempo su tío y tutor. Mi hermano no se la merecía; ni siquiera la amaba. Yo había tenido la esperanza de que su afecto por mí la sostendría ante todas las dificultades, y por un tiempo así fue; pero finalmente la desdichada situación en que vivía, porque debía soportar las mayores inclemencias, fue más fuerte que ella, y aunque me había prometido que nada… ¡pero cuán a ciegas avanzo en mi relato! No le he dicho cómo fue que ocurrió esto. Estábamos a pocas horas de huir juntos a Escocia. La falsedad, o la necedad de la doncella de mi prima nos traicionó. Fui expulsado a la casa de un pariente muy lejano, y a ella no se le permitió ninguna libertad, ninguna compañía ni diversión, hasta que convencieron a mi padre de que cediera. Yo había confiado demasiado en la fortaleza de Eliza, y el golpe fue muy severo. Pero si su matrimonio hubiese sido feliz, joven como era yo en ese entonces, en unos pocos meses habría terminado aceptándolo, o al menos no tendría que lamentarlo ahora. Pero no fue ése el caso. Mi hermano no tenía consideración alguna por ella; sus diversiones no eran las correctas, y desde un comienzo la trató de manera inclemente. La consecuencia de esto sobre una mente tan joven, tan vivaz, tan falta de experiencia como la de la señora Brandon, no fue sino la esperada. Al comienzo se resignó a la desdicha de su situación; y ésta hubiera sido feliz si ella no hubiera dedicado su vida a vencer el pesar que le ocasionaba mi recuerdo. Pero, ¿puede extrañarnos que con tal marido, que empujaba a la infidelidad, y sin un amigo que la aconsejara o la frenara (porque mi padre sólo vivió algunos meses más después de que se casaron, y yo estaba con mi regimiento en las Indias Orientales), ella haya caído? Si yo me hubiera quedado en Inglaterra, quizá… pero mi intención era procurar la felicidad de ambos alejándome de ella durante algunos años, y con tal propósito había obtenido mi traslado. El golpe que su matrimonio significó para mí -continuó con voz agitada- no fue nada, fue algo trivial, si se lo compara con lo que sentí cuando, más o menos dos años después, supe de su divorcio. Fue esa la causa de esta melancolía… incluso ahora, el recuerdo de lo que sufrí…