Noticias de la noche
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:
Mientras esperamos el ascensor, la chica se zafa bruscamente de los hombres y se lanza hacia las escaleras. El comando la alcanza en el descansillo de abajo y la trae de vuelta.
Los balcones y las ventanas de los edificios circundantes están llenos de gente que contempla el espectáculo. Una pandilla de reporteros y cámaras ha cerrado la calle delante del edificio. Al verme, se abalanzan sobre mí con los micrófonos tendidos como si fueran lanzas. Hablan todos a la vez y no entiendo qué dicen.
– Sin comentarios -respondo a todos en general, y me encamino hacia la furgoneta, que los de asalto han llevado hasta la puerta. Los reporteros me persiguen y me acribillan a preguntas, pero yo ni los veo ni los oigo.
Meto a la chica y a Duru en el vehículo y partimos hacia jefatura.
Capítulo 36
– ¿Dónde has encontrado a los niños? ¡Habla!
– ¿Dónde encuentran a los niños las guarderías? Los llevan sus padres.
– ¿Dónde están los padres?
– Es la tercera vez que se lo digo. Están en el extranjero.
– Nombres, direcciones, teléfonos donde podamos localizarlos.
– Ya le he dicho que están en el extranjero. No encontrará a nadie.
Nos hallamos en la sala de interrogatorios. Eleni Duru está sentada muy erguida en una silla, a un extremo de la mesa. Tiene las manos entrelazadas, apoyadas en el tablero, y nos mira impávida, casi con aire provocador. Yo estoy sentado a su derecha. Guikas se halla frente a mí. Es de las pocas veces que abandona su despacho para presenciar un interrogatorio, evidentemente para subrayar la importancia del mismo.
– ¿Nos tomas por idiotas? -pregunta Guikas sin agresividad-. Supongamos que los padres te entregaban a sus hijos y luego se iban de viaje. ¿Con quién te ponías en contacto en caso de necesidad? ¿A quién avisabas si enfermaban?
– Dispongo de un pediatra que viene a visitarlos. En casos de mayor gravedad, los llevaba al hospital. Yo me ocupaba de todo, así los padres podían estar tranquilos.
– ¿Y cómo es posible que sean todos albaneses, que no haya ni un griego entre ellos? ¡No nos tomes el pelo! ¡Estos niños entraron en Grecia ilegalmente! -Como siempre, me toca hacer el papel del Malo.
Se encoge de hombros, como si la cosa no fuera con ella.
– No sé cómo entran en Grecia los albaneses o los búlgaros, ni me importa. Yo sólo sé que me los entregaron sus padres.
– De acuerdo -vuelve a intervenir Guikas con suavidad-. Danos las direcciones de los padres para verificar tu declaración y podrás marcharte.
Le felicito en silencio. Indirectamente acaba de decirle que si no nos da la información no se marcha de aquí. Parece que Dura ha captado el mensaje, porque titubea.
– No dispongo de las direcciones aunque le puedo proporcionar un número de teléfono.
– ¿Uno? -pregunto con ironía-. ¿Por qué uno? ¿Son todos hijos de los mismos padres, o acaso pertenecen a alguna asociación?
Empieza a sentirse acorralada y procura no cometer deslices.
– Escuchen. El número que les voy a facilitar es de Tirana. Los padres son albaneses que en Albania no pueden criar a sus hijos como debieran. Allí no hay médicos, ni medicinas, ni alimentos adecuados, ni nada. Por eso los traen aquí y me los entregan. Los padres vienen cada dos o tres meses, los visitan y regresan a Albania.
Vuelvo a adoptar mi expresión más feroz.
– ¡Estás mintiendo y eso te va a costar caro! Yo te diré qué es lo que pasa. Compráis los niños a sus padres, los traéis a Grecia y los vendéis en adopción. Habéis montado todo un negocio de venta de niños.
– ¿Qué está diciendo? -grita indignada-. Soy puericultora diplomada. Mi guardería funciona legalmente, con licencia del Ministerio de Asuntos Sociales. ¿Y usted me acusa de traficar con niños? ¿Qué más va a salir de su mente enferma?
– Si eres puericultora diplomada, ¿por qué trapicheas con trasplantes de riñones? -pregunta Guikas.
Es evidente que esperaba la pregunta, porque se encoge de hombros con indiferencia y responde sin dudar:
– Conozco a algunos médicos, y ellos me plantearon que los pusiera en contacto con pacientes necesitados de un trasplante.
– ¿Qué médicos?
– Extranjeros. Checos… Polacos… Húngaros… Conozco a gente en estos países. ¿Existe alguna ley que prohíba a los enfermos recibir atención médica en el extranjero? -No existe, y ella lo sabe. Tampoco podemos demostrar que los órganos fueran comprados a los desheredados de los Balcanes.
Tomo el relevo de Guikas.
– ¿Cuál es tu relación con Ramís Seji?
Es la única información sustancial que he logrado arrancarle a la ayudante. No conocía a la pareja de albaneses asesinados, pero cuando le mostré la fotografía de Seji, lo identificó enseguida. Nunca se había presentado en la guardería mientras ella estaba allí. Sin embargo, cuando una tarde volvió para recoger las llaves que había olvidado, lo encontró con Duru. Estaban hablando. Además, dijo que un tal Ramís llamaba a menudo por teléfono y preguntaba por Duru.
Es la primera vez que pillamos a Duru desprevenida.
– ¿Quién es éste? -pregunta, pero es evidente que ha perdido el aplomo.
– Un albanés que asesinó a dos compatriotas. Hace dos días, otro albanés lo mató a él en la cárcel de Koridalós.
Le muestro la foto del cadáver, que examina fugazmente.
– Es la primera vez que lo veo.
– No es la primera vez. Tu ayudante lo ha reconocido.
– ¿Cómo ha podido reconocerlo si está muerto?
– Por la foto. ¿Quieres que te muestre su declaración?
– No hace falta. Es la primera vez que lo veo.
– No se trata sólo de la foto. Entre las cosas que encontramos en el cadáver, estaba tu dirección. ¿Cómo llegó a tener tu dirección Ramís Seji?
– ¿Cómo voy a saberlo? A lo mejor se la dio uno de los padres para que me transmitiera algún mensaje, y no le dio tiempo.
– ¿Un padre que confía en un asesino?
– Cualquier albanés puede convertirse en asesino sin darse cuenta -responde con desprecio.
Seguimos jugando a las preguntas y las respuestas durante media hora más, pero no sacamos nada en limpio. Cuando salimos de la sala de interrogatorios, Guikas me dirige una mirada de perplejidad.
– ¿Qué hacemos ahora? -pregunto. Quiero matar dos pájaros de un tiro. Por un lado pido su opinión para involucrarlo. Si algo va mal con Pilarinós, no me podrá cargar el muerto, como pasó con Delópulos. No siempre me sonreirá la fortuna. Por el otro lado, Guikas es mucho más hábil que yo maniobrando, y prefiero cederle la iniciativa.
– ¿Cómo llegaban los niños a la guardería? -pregunta él.
– La chica tenía una tarde libre a la semana. No en un día fijo, sino cuando lo decidía Duru. A la vuelta, siempre había una nueva tanda de niños. De vez en cuando, Duru entregaba alguno a sus padres.
Guikas se echa a reír.
– No miente. Se lo entregaba a sus padres adoptivos. -Se pone serio-. A ver qué sacas de Jurdakis. Entretanto, haremos pública la detención de Duru sin mencionar a Sovatsís ni los negocios de Pilarinós. A ver qué hará Sovatsís. Luego se sabrá si lo atrapamos o si hablamos primero con Pilarinós.
Desde mi despacho, llamo al Ministerio de Asuntos Sociales para pedir la dirección del departamento a cargo de las guarderías. La directora me confirma que Los Zorritos tiene permiso desde hace dos años y funciona legalmente. Su ficha está limpia. Pregunto si el inspector vio algo extraño en la guardería.
– ¿Qué significa extraño?
– Que todos los niños sean albaneses. Ni uno griego.
– Lo extraño, teniente, es que la mitad de la población de Grecia sea albanesa.
Me deja atónito y cuelgo el teléfono. Parece que la noticia de la detención de Duru ya se ha hecho pública, porque Sotiris entra airoso en mi despacho.