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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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Me quedé sin respuesta. De acuerdo que Gunnar me había hablado con naturalidad de los seres mágicos, de las sagas de sus dioses y sus leyendas, pero aunque aceptase mi condición de bruja, había algo que no me encajaba. ¿Lo sabía? ¿Cómo?

– ¿Lo sabías?

– Me lo dijo Meritxell.

¡Meritxell había vulnerado nuestro secreto sin motivo alguno! Sentí rabia.

– ¿Qué te dijo?

– Que me habías embrujado, y tenía toda la razón.

No sabía si Gunnar hablaba en serio o en broma, así que desistí. Había estado a punto de cometer un sacrilegio y afortunadamente me había contenido a tiempo.

– Mi bruja preferida -musitó Gunnar abrazándome cariñosamente.

– ¿De verdad no te has asustado por todo lo que he hecho con Lola?

Gunnar negó con la cabeza.

– Has destruido su espíritu y así impides que pueda reutilizar ese cuerpo. Has hecho bien. Ese bicho se interponía entre nosotros, estaba poseído.

– Y en cuanto a Meritxell…

– Sé que tú no la mataste, no insistas.

Sonrió enigmáticamente y confieso que me miró de una forma que me desconcertó. ¿Qué sabía Gunnar? ¿Qué ocultaba Gunnar? ¿Qué quería Gunnar? Y de pronto caí en la cuenta: ¿quién era Gunnar?

Descubrí que a Gunnar no le gustaba hablar de él. Prefería narrarme la saga del gran Grettir el Fuerte, que habitaba cerca de Holar, tierra de gigantes, que luchó y venció al fantasma Glamr, y murió víctima del maleficio de una bruja; o las hazañas de Odín en su viaje a los infiernos o en sus andanzas por los nueve mundos.

Apenas conseguí sonsacarle que no tenía hermanos, que su abuelo, el marinero Ingar, viajó por todo el mundo, que su padre murió hacía muchos años y que su madre era una mujer de gran personalidad con la que no se llevaba bien. En esos momentos no estaba en la isla. Así pues nadie esperaba a Gunnar ni ninguna familia prepararía un festín en su honor ni brindaría tres veces por su regreso como mandaba la tradición.

Gunnar se reservaba el derecho de sorprenderme. Y lo consiguió. Me dijo que pasaríamos por la granja de sus antepasados, que heredó al morir su padre y que nunca había visitado. Recordé lo que dijo Hólmfrídur sobre esa granja abandonada.

– ¿Mentiste a Hólmfrídur?

Gunnar rió.

– Se lo merecía, por metomentodo. Quería saberlo todo sobre mí y mi ascendencia. Supongo que pretendía asegurarse de mi limpieza de sangre vikinga.

– Y la engañaste.

Gunnar soltó una carcajada.

– Le expliqué que había nacido en esa granja abandonada y conseguí desconcertarla. Todavía debe de estar recabando informes sobre mí.

– Dijo que tenías un acento extraño.

– En la familia de mi madre hablaban noruego. Soy bilingüe -y volvió a reír-. Claro que eso tampoco se lo dije. Así tendrá en qué pensar.

Gunnar tenía razón. La única forma de responder al control exhaustivo de las Omar era confundiéndolas. Tenía que aprender muchas cosas de mi chico. Los ojos le brillaban y silbaba una canción con reminiscencias celtas.

– Estoy impaciente por ver esa granja. Mi padre me habló mucho de ella.

Durante nuestro largo viaje había ido observando las granjas con las que nos cruzábamos. Algunas, las más antiguas, estaban construidas en turba con techumbres de paja y minúsculas ventanas para eludir el frío de los largos meses invernales. Las más actuales tenían tejados a dos aguas, ventanales de vidrio y estaban pintadas de vivos colores, respiraban luz y confortabilidad. Pero la granja de Gunnar era especial.

Su aspecto de fortaleza, con sus torres y sus minúsculas almenas defensivas, recordaba más la estética de un castillo medieval que una granja destinada a la cría de caballos y ovejas. Y ante mi asombro Gunnar me confesó que provenía de la primitiva nobleza vikinga.

Me enorgullecí, pero me duró dos minutos. En cuanto aparcamos el coche y nos acercamos vi que la planta de la casa almenada imponía sólo de lejos. De cerca, la fachada estaba llena de grietas que supuse repletas de lagartijas y serpientes, el jardín había sido invadido por la maleza y al avanzar hacia la puerta los graznidos de los pájaros que habían anidado en la buhardilla me alertaron sobre lo que nos encontraríamos dentro. Peor imposible.

Los goznes de la puerta chirriaron con estrépito al empujarla, estaban oxidados y la vieja madera podrida. Tras varios intentos, Gunnar, sudando por el esfuerzo, consiguió moverla. Pero daba lo mismo, porque el interior era una auténtica ruina. Parte del tejado había caído y la lluvia, la nieve y el frío se habían hecho un magnífico hueco al abrigo de sus muros. Era una casa a medio devorar por la naturaleza, que se había enseñoreado de sus paredes y sus suelos. Era una casa viva, poblada de ruidos, de extraños olores, habitada por seres y presencias desconocidas que nos observaban y nos seguían con la mirada. Lo notaba. Me incomodaban sus ojos clavados en mí, podía oír sus respiraciones y sus pisadas sigilosas.

Gunnar sólo dijo:

– Vaya.

Y ese lacónico «vaya» era un poco ofensivo, porque era la misma expresión que uno dice cuando se olvida de cerrar la puerta o se le quema el cazo de la leche, pero no cuando se hunde una casa entera como era el caso.

¿No pretendería quedarse allí? No había ningún lugar donde sentarse. Todo estaba cubierto de agua, lodo y polvo. Por no haber, no había ni electricidad, ni agua corriente. Únicamente una vieja chimenea nos permitiría secar nuestras ropas y calentarnos. Y la cocina, o lo que había sido una cocina, era antediluviana.

La maravillosa granja de Gunnar resultaba a todas luces inhabitable y las historias que le había explicado sobre ella su padre debían de estar mitificadas. ¿Mentimos para seducir a los demás o la memoria nos juega malas pasadas? Mi casita del verano que pasé en Olimpia, con sus porches emparrados y su aroma a jazmín, ¿era inventada? Deméter me dijo que los niños inventamos paraísos y que luego les añadimos habitaciones que estaban cerradas.

En este caso, milagrosamente, un par de habitaciones de la primera planta, aisladas del resto, se habían mantenido en un estado aceptable. Una de ellas era un inmenso y tétrico dormitorio presidido por una gran cama de hierro con un dosel de terciopelo ajado y sucio. Enfrente, la chimenea. En un rincón cerca de la ventana, a guisa de baño, se conservaba todavía un antiguo lavamanos de porcelana, una bañera de cobre y un gran espejo con marco de plata labrado con filigranas. El mobiliario era de madera noble. Un cofre, una cajonera y un secreter. Y decorando la pared que presidía la alcoba, un sorprendente fresco a tamaño natural de una hermosa dama con atuendo medieval que, estoy segura, fijó sus azules ojos en mí nada más entrar. Lo curioso era que la dama había sido pintada en esa misma sala. Tras ella, inconfundibles, estaban meticulosamente reproducidos el arcón, el secreter y el espejo. Me pareció curioso.

Gunnar me propuso dormir en ese dormitorio. No me seducía nada la idea. Por la chimenea se oía el aleteo de los pájaros, y las arañas habían hecho una laboriosa obra de pasamanería uniendo mediante complicadísimas redes todos los muebles de la sala. Prefería dormir en la tienda de campaña que profanar los dominios turbios de otros.

– No me gusta nada.

– Un par de noches, tres a lo sumo. Encenderé la chimenea y estaremos calientes. Tengo que recoger unas cosas de esta casa.

– ¿Qué cosas?

Gunnar suspiró.

– ¿Me guardarás el secreto?

– Me encantan los secretos -dije, obviando que yo me reservaba uno muy importante.

– Hay un tesoro escondido.

– ¿Aquí?

– En esta casa.

– ¡Un tesoro! -exclamé repentinamente interesada-. ¿De qué tipo?

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