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La chica de sus sueños

Электронная книга - «La chica de sus sueños». Краткое содержание книги:

Ariana, una niña gitana de tan sólo diez años, aparece muerta en el canal, en posesión de un reloj de hombre y un anillo de boda. Tendida en las losas del muelle, Ariana parece una princesa de cuento, un halo de pelo dorado enmarca su rostro, una carita que Brunetti comienza a ver en sueños. Para investigar el caso Brunetti se infiltra en la comunidad gitana, los romaníes, en lenguaje oficial de la policía italiana, que vive acampada cerca del Dolo. Pero los niños romaníes enviados a robar a las ricas casas venecianas no existen oficialmente, y para resolver el caso Brunetti tiene que luchar con el prejuicio institucional, una rígida burocracia y sus propios remordimientos de conciencia.
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– No entiendo -dijo.

– No importa si lo entiende o no -dijo Brunetti-. Pero queremos comprobarlo.

Rocich dio media vuelta, subió las escaleras de la caravana, entró y cerró la puerta. Brunetti dijo al conductor que lo llevara de vuelta a piazzale Roma.

CAPÍTULO 25

– ¿Te parece que te ha creído? -preguntó Paola a Brunetti aquella noche, sentados los dos en la sala, los chicos, en sus cuartos y la casa, en silencio, con la calma nocturna que invita a dar por terminado el día e irse a la cama.

– No se lo que ha creído -respondió Brunetti, tomando otro sorbo del licor de ciruela que uno de sus informadores pagados le había regalado la Navidad anterior. El hombre, que era dueño de tres barcas de pesca en Chioggia, había resultado una útil fuente de información sobre el contrabando de cigarrillos procedentes de Montenegro, por lo que ni Brunetti ni sus colegas de la Guardia di Finanza manifestaban curiosidad alguna por la fuente, aparentemente inagotable, de los licores -todos, en botellas sin marca- con los que el hombre alebraba las fiestas a numerosos miembros de las fuerzas del orden.

– Repíteme lo que le has dicho, palabra por palabra -dijo Paola, pero entonces se interrumpió, levantando la copa-: ¿Crees que lo fabrica él?

– Ni idea -admitió Brunetti-. Pero es mejor que todo lo que he comprado con el sello del impuesto.

– Lástima.

– ¿Lástima, qué?

– Que no lo fabrique legalmente.

– ¿Para que pudiera hacer más? -preguntó Brunetti, sin acabar de entender la explicación.

– Eso también -dijo Paola-. Pero, sobre todo, para que pudiéramos comprarlo abiertamente, sin tener la sensación de que le debes un favor cada vez que te lo regala.

– Bastante se le paga ya -dijo Brunetti, sin más explicaciones-. Por otra parte, ya sabes lo difícil que es abrir un negocio, y más si necesitas permisos para producir bebidas alcohólicas. No; así le sale más a cuenta.

– ¿Protegido por la policía?

– Y la Guardia di Finanza -agregó Brunetti, sin incomodarse por la ironía-. No los olvides.

Ella apuró el licor, dejó la copa en la mesa y dijo, en el tono de voz que usaba cuando se daba por vencida:

– Está bien. Volvamos al gitano. ¿Qué le has dicho exactamente?

Brunetti sostenía la copa entre las manos.

– Que la niña estaba enferma. Lo que es verdad -agregó, y ahora se daba cuenta de que sólo con Paola podía hablar de esto sin sentirse incómodo-. Y que un médico podría saber, por el tipo de sangre, quién le contagió la enfermedad. -Brunetti lo había dicho impulsivamente, con la esperanza de que Rocich hubiera oído hablar vagamente de transmisión de enfermedades e imaginara que era posible detectar de este modo el foco de una infección. Y que supiera qué clase de enfermedad tenía, o pudiera tener, la niña.

– ¿Cómo quieres que alguien se crea semejante cosa? -preguntó Paola sin disimular el escepticismo.

Brunetti se encogió de hombros.

– Nunca se sabe lo que puede creer la gente.

Paola se quedó pensativa un momento y dijo:

– Tienes razón, sin duda. Sabe Dios las ideas que se le meten a la gente en la cabeza. -Meneó la suya con gesto de cansancio-. Tengo alumnas que creen que no puedes quedarte embarazada la primera vez que practicas el sexo.

– Y yo he arrestado a personas que creen que puedes pillar el sida por el cepillo del pelo.

– ¿Qué vas a hacer?

– Nadie ha reclamado el cuerpo -dijo Brunetti, no en respuesta a su pregunta, sólo a modo de comentario y para ver qué decía ella-. Por lo menos, hasta ayer, cuando hablé con Rizzardi.

– ¿A qué espera la familia?

– Cualquiera sabe -respondió Brunetti.

– ¿Qué pasará?

Brunetti no tenía respuesta. Le parecía inconcebible que unos padres, al saber que su hija había muerto, no corrieran junto al cadáver, dondequiera que estuviera. Él sabía que éste era el motivo del lamento final de Hénibe: «Yo, sin patria, sin hijos, os doy sepultura a vosotros, tan jóvenes y miserablemente muertos.» Lo leía precisamente la noche antes, y tuvo que dejar el libro, sin acabar la escena.

Tendría que volver a llamar al despacho de Rizzardi, para averiguar si se habían llevado el cadáver. Comprendía que debía dominar la impaciencia, sería inútil llamar ahora; a estas horas no habría nadie en el depósito, y tampoco estaba justificado importunar al forense en su casa.

– Guido, ¿te encuentras bien? -preguntó Paola.

– Sí, sí -dijo él, haciendo un esfuerzo para volver a la conversación-. Estaba pensando en la niña. -Aún no se atrevía a confesar a Paola que no sólo pensaba mucho en Ariana sino que hasta soñaba con ella.

– ¿Qué pasará ahora?

– ¿Quieres decir si nadie la reclama?

– Sí.

– No lo sé -reconoció él. En el pasado, cuando quedaba sin identificar un cadáver aparecido en el agua, la ciudad se hacía cargo del entierro y se decía una misa por el anónimo difunto, por si era católico y, quizá, también, por si servía de algo.

En este caso, en el que la muerta había sido identificada y, no obstante, nadie había reclamado el cadáver, Brunetti no sabía cómo proceder ni si existía una norma. Ni siquiera un Estado tan insensible había previsto que pudiera existir gente que no reclamara a sus muertos. Ignoraba cuál podía ser la religión de la niña. Él sabía que los musulmanes entierran a sus muertos rápidamente y que los cristianos ya la habrían enterrado, desde luego. No obstante, ella seguía en su cajón del depósito del hospital.

Brunetti dejó la copa en la mesa.

– ¿Vamos a la cama? -preguntó sintiéndose, de repente, muy cansado.

– Será lo mejor -dijo Paola. Levantó una mano, invitándole a ayudarla a ponerse en pie. Era la primera vez que hacía tal cosa, y él no pudo disimular la sorpresa. Al observarlo, ella dijo-: Tú eres mi escudo protector, Guido. -Habitualmente, Paola decía estas cosas en broma, pero esta noche estaba seria.

– ¿Contra qué? -dijo él levantándola.

– Contra la idea de que todo es un caos horrendo y que no hay esperanza para nadie -dijo ella serenamente, llevándolo de la mano hacia la cama.

Lo primero que hizo Brunetti al llegar a la questura al día siguiente fue llamar a Rizzardi y preguntar por el cadáver de la niña.

– Sigue aquí -respondió el forense-. Me llamó una mujer de los servicios sociales, que dijo que no era competencia suya, que debíamos ocuparnos nosotros.

– ¿Y qué han hecho ustedes?

– Informamos a la policía de Treviso. Dijeron que enviarían a alguien a hablar con los padres.

– ¿Sabe si han ido?

– Lo único que sé es que nosotros, es decir, la administración del hospital, enviamos una carta a los padres comunicándoles que el cadáver de la niña estaba aquí y que podían venir a recogerlo. -El médico hizo una pausa y añadió-: En la carta se indicaba el nombre de la empresa que se encarga de eso.

– ¿De qué?

– Del traslado del cadáver.

– Ah.

– Primero, en barco, hasta piazzale Roma y, después, en furgón, a donde haya que llevarlo.

A Brunetti no se le ocurrió nada que decir a esto.

Finalmente, Rizzardi, añadió:

– Pero nadie ha venido a recogerla.

Brunetti miraba fijamente a la pared de su despacho, tratando de comprender. Ante su silencio, Rizzardi dijo:

– Que yo sepa, nunca había ocurrido una cosa así. Hablé con Giacomini, que es el único magistrado que me pareció que podía saber algo, y me dijo que se informaría del procedimiento.

– ¿Cuándo habló con él?

– Ayer tarde.

– ¿Y?

– Y es un hombre muy ocupado, Guido. -Al percibir una nota de impaciencia en la voz de Rizzardi, Brunetti temió que el médico, que pasaba los días rodeado de cuerpos mudos, pudiera decir que no había miedo de que la niña se marchara, o hiciera cualquier comentario irónico sobre la situación. No quería ni pensar en tal posibilidad y, menos, en boca de un hombre al que tenía en mucha estima, por lo que dijo:

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