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La chica de sus sueños

Электронная книга - «La chica de sus sueños». Краткое содержание книги:

Ariana, una niña gitana de tan sólo diez años, aparece muerta en el canal, en posesión de un reloj de hombre y un anillo de boda. Tendida en las losas del muelle, Ariana parece una princesa de cuento, un halo de pelo dorado enmarca su rostro, una carita que Brunetti comienza a ver en sueños. Para investigar el caso Brunetti se infiltra en la comunidad gitana, los romaníes, en lenguaje oficial de la policía italiana, que vive acampada cerca del Dolo. Pero los niños romaníes enviados a robar a las ricas casas venecianas no existen oficialmente, y para resolver el caso Brunetti tiene que luchar con el prejuicio institucional, una rígida burocracia y sus propios remordimientos de conciencia.
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Con una precisión que Brunetti no pudo menos que admirar, los camiones se situaron delante de los coches, dieron media vuelta e hicieron marcha atrás. Con movimientos tan sincronizados como el de los tres nómadas al apartarse del capó, los conductores engancharon los coches y volvieron a los camiones. El agente saludó a Brunetti, volvió a subir a la cabina del primer camión y cerró la puerta con un golpe seco. Los motores de los camiones zumbaron en un tono más agudo. Lentamente, la parte delantera de los coches se elevó, las grúas se pusieron en fila y salieron por la verja remolcando cada una un coche. Una vez fuera, pararon y el agente se apeó y cerró la verja. Las grúas se alejaron. La operación no había durado ni cinco minutos.

El conductor de Brunetti volvió a sentarse al volante, pero Brunetti se quedó de pie delante del coche. Al cabo de unos minutos, el que parecía el jefe del campamento abrió la puerta de la caravana y bajó la escalera. Brunetti dio unos pasos a su encuentro. Tanovic se detuvo a un metro de él.

– ¿Por qué hace eso? -preguntó agriamente señalando con un brusco movimiento de la cabeza el vacío que habían dejado los coches.

– No quiero que corran riesgos -dijo Brunetti. Y, antes de que el otro pudiera hablar, añadió-: Es peligroso desobedecer ciertas leyes.

– ¿Qué leyes desobedecemos? -preguntó el hombre con voz cargada de indignación.

– Hay que tener seguro para llevar coche -explicó Brunetti-. Y faros y cinturón de seguridad. No hacen lo que manda la policía.

– No tenían que llevarse coches -dijo el hombre con otra sacudida de la cabeza.

– Usted está aquí ahora, ¿verdad? -preguntó Brunetti-. Hablando conmigo.

El hombre agrandó los ojos al oír esto, como si él prefiriese jugar a ver quién era el más fuerte, sin hablar de las jugadas.

– Yo vengo otro rato -dijo-. Tengo trabajo ahora.

– Yo no tengo tiempo que perder -dijo Brunetti con una voz muy desagradable-. Usted me hace perder tiempo. Yo le hago perder tiempo.

El hombre no quería entrar a discutir eso.

– ¿Qué quiere?

– Hablar con signor y signora Rocich.

El hombre miraba a Brunetti como si aún esperan la respuesta a su pregunta.

Brunetti esperaba a que el otro hablara. Al entrar había visto el Mercedes azul con el guardabarros abollado. Esperó un poco más, suspiró y dio media vuelta. Se acercó al coche de la policía, se inclinó hacia la ventanilla y dijo al conductor en voz lo bastante alta como par a que el otro hombre lo oyera:

– Llame otra vez a Treviso, por favor.

– Espere, espere -oyó decir a Tanovic a su espalda-. Ya viene.

Brunetti enderezó el cuerpo. El otro se acercó a la caravana de la que había salido Rocich la última vez y golpeó con el pie el primer peldaño una, dos, tres veces. Luego retrocedió dos pasos. Brunetti se situó a su lado, el hombre sacó un telefonino del bolsillo de su chaqueta de cuero y marcó un número. Brunetti oyó sonar un teléfono dos veces y responder una voz con una palabra, en un grito. El hombre contestó con dos palabras y cortó. Se volvió hacia Brunetti con una sonrisa cargada de malicia, presentando esta acción como su jugada en la partida que pudieran tener entablada.

Se abrió la puerta de la caravana de Rocich y apareció el hombre fornido. Bajó la escalera y, al llegar abajo, se paró. Brunetti percibió la rabia que emanaba de él como el calor irradia de un horno. Pero no se le notaba en la cara, que estaba tan impenetrable como la otra vez.

Se acercó dos pasos y preguntó algo al otro hombre, que respondió con unas palabras rápidas. Rocich empezó a protestar, o eso creyó Brunetti, pero Tanovic le cortó. La discusión continuó, y Brunetti, que aparentaba no prestarle atención y en realidad sólo podía seguirla por los ademanes y los altibajos de los tonos de voz de los dos hombres, advertía el creciente furor de Rocich.

El comisario cruzó los brazos y extendió sobre sus facciones una expresión de aburrimiento infinito. Se apartó de los hombres y dejó vagar la mirada por la cima de la colina y, sin bajar la cabeza, lanzó una ojeada a la caravana en la que, de nuevo, detectó movimiento, esta vez, detrás de las dos ventanas, que tenía a pocos metros de distancia. Volvió la cabeza hacia el otro lado, mirando a la carretera que discurría frente al campamento, frunció los labios con impaciencia y volvió a mirar rápidamente a la caravana, en la que ahora distinguió lo que parecían dos cabezas en las ventanas.

Tanovic volvió a su caravana. Subió la escalera, entró y cerró la puerta con suavidad, dejando a Brunetti y a Rocich frente a frente.

– Signor Rocich, lamento la muerte de su hija. -El hombre escupió al suelo, pero antes volvió la cara hacia un lado-. Yo la encontré en el canal y la saqué del agua -dijo Brunetti, como si esperase que esto pudiera crear un vínculo con aquel hombre, aunque sabía que era imposible.

– ¿Qué quiere, dinero? -preguntó Rocich.

– No; quiero saber qué estaba haciendo su hija en Venecia aquella noche.

El hombre se encogió de hombros.

– ¿Usted sabía que ella estaba allí?

Rocich repitió el gesto.

– Signor Rocich, ¿su hija estaba sola?

La diferencia de estatura obligó al hombre a levantar la cabeza para mirar a los ojos al policía. Y, cuando sus miradas se cruzaron, Brunetti tuvo que hacer un esfuerzo para dominar el impulso de dar un paso atrás, a fin de zafarse del furor casi incandescente que despedía aquel hombre. Brunetti había visto reaccionar con rabia a la gente ante la muerte de un ser querido, pero esto era diferente, porque la rabia estaba dirigida al propio Brunetti y no al destino que había acabado con la vida de la niña.

Él había dicho al jefe que deseaba hablar con el signor y la signora Rocich, pero ahora comprendía que cualquier intento de hablar con la mujer, cualquier señal de interés por ella podía provocar una reacción que Brunetti prefería no imaginar.

El hombre volvió a escupir en el suelo y luego bajó la mirada, como para ver cuánto había conseguido acercarse al zapato de Brunetti. Mientras Rocich miraba al suelo, Brunetti volvió los ojos audazmente hacia la caravana en la que ahora, detrás de la puerta, se veía media cara de mujer.

Brunetti preguntó, alzando la voz:

– ¿Tienen ustedes médico?

Evidentemente, la pregunta desconcertó a Rocich, que dijo:

– ¿Qué?

– Médico. ¿Tienen médico?

– ¿Por qué pregunta?

Brunetti adoptó un aire de irritada paciencia.

– Porque quiero saberlo. Quiero saber si tienen médico, si tienen médico de familia. -De nuevo la palabra «familia» se deslizaba en la conversación y en su pensamiento. Antes de que Rocich pudiera negarlo, Brunetti dijo-: Hay fichas, signor Rocich, pero no quiero perder más tiempo buscándolas.

– Calfi, médico de todos -respondió Rocich abarcando el campamento con un ademán.

Brunetti se tomó la innecesaria molestia de sacar la libreta y anotar el nombre del médico.

Rocich no podía dejarlo así.

– ¿Por qué quiere saber?

– Su hija estaba enferma -dijo el comisario. Y era verdad-. Y el médico de la policía quiere ver los análisis de sangre de todos ustedes.

Brunetti se preguntaba en qué medida Rocich había entendido sus palabras. Al parecer, lo suficiente para inquirir:

– ¿Por qué?

– Porque cuando compruebe los tipos de sangre, sabrá quién le contagió la enfermedad -mintió Brunetti.

La reacción de Rocich fue instintiva. Abrió mucho los ojos y volvió la cabeza rápidamente hacia la caravana, pero ya no había nadie en la puerta ni en las ventanas, como si estuviera vacía. Cuando el nómada miró de nuevo a Brunetti, su cara era inexpresiva.

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