Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
A fin de cuentas, habían estado de acuerdo en todo. El tratamiento de los numerosos desgarrones del rostro de Helmond iría acompañado de un suave lifting facial y una intervención para reafirmar la zona del cuello y el pecho. Liposucción, cirugía y unas manos diestras, eso le estaba ofreciendo. Teniendo en cuenta que, además, añadía al trato a su mujer y su fortuna, no le parecía mucho pedir, si no un poco de gratitud por parte de Helmond, al menos sí que mantuviera su palabra y mostrara un mínimo de humildad.
Pero Helmond no había cumplido con su parte porque se había ido de la lengua. Algunas enfermeras tenían que estar asombradas con lo que habían oído y ahora habría que hacerlas entrar en razón.
Independientemente de lo atontado por la anestesia que estuviera el paciente, lo dicho, dicho estaba. «Han sido Ditlev Pram y Ulrik Dybbøl Jensen.»
Eso había dicho.
Ditlev se ahorró los preámbulos, el tipo parecía preparado para oír lo que fuera.
– ¿Sabes lo fácil que es matar a un hombre durante la anestesia sin que nadie lo descubra? -le preguntó-. ¿Ah, no? Pues ahora que te están preparando para la operación de esta tarde, Frank, espero que a los anestesistas no les tiemble el pulso. Al fin y al cabo, les pago para que hagan bien su trabajo, ¿verdad?
Levantó el dedo índice a modo de advertencia.
– Una cosa más. Supongo que ahora estamos de acuerdo y piensas cumplir tu parte del trato y tener la boca cerrada, porque de lo contrario te arriesgas a que tus órganos terminen como piezas de repuesto para personas más jóvenes y mejores que tú, y eso sería muy molesto, ¿verdad que sí?
Ditlev rozó levemente el gotero, que ya estaba conectado.
– No te guardo rencor, Frank, así que tú tampoco me lo guardes a mí, ¿entendido?
Apartó la cama de un buen empujón y dio media vuelta. Si eso tampoco funcionaba, él se lo habría buscado.
Al salir cerró con tal violencia que un celador que pasaba por allí se acercó a comprobar que la puerta seguía entera cuando lo vio alejarse.
Después fue directamente a la lavandería. Hacía falta algo más que un desahogo verbal para sacarle del cuerpo la desagradable sensación que la sola presencia de Helmond le provocaba.
Su más reciente adquisición, una jovencita de Mindanao -donde te cortaban la cabeza si te acostabas con quien no debías-, seguía sin estrenar. La veía con muy buenos ojos. Era justo como le gustaban. La mirada huidiza y una enorme conciencia de su escaso valor. Eso, combinado con la accesibilidad de su cuerpo, encendía un volcán en su interior. Un volcán cuyo único anhelo era que lo extinguieran.
– Tengo el tema de Helmond bajo control -informó algo más tarde.
Ulrik asintió satisfecho tras el volante. Se le veía aliviado.
Ditlev contempló el paisaje, el bosque que empezaba a dibujarse a lo lejos, y se sintió lleno de calma. Al fin y al cabo, aquella semana tan descontrolada estaba teniendo un final bastante razonable.
– ¿Y la policía? -preguntó su amigo.
– Eso también. Han apartado del caso al tal Carl Mørck.
Se detuvieron junto a la finca de Torsten, a unos cincuenta metros de la entrada, y volvieron sus rostros hacia las cámaras. Diez segundos más y el portón que había entre los abetos carretera adelante empezaría a levantarse.
Cuando entraron en el patio, Ditlev marcó el número de Torsten en el móvil.
– ¿Dónde estás? -preguntó.
– Bajad por delante del criadero y aparcad. Estoy en la casa de fieras.
– Está en la casa de fieras -le explicó a Ulrik.
Empezaba a sentir una creciente excitación. Esa era la parte más intensa del ritual y, sin lugar a dudas, la favorita de Torsten.
Habían visto a Torsten Florin deambular entre modelos semidesnudas en infinidad de ocasiones, lo habían visto bañado por la luz de los focos recibiendo el tributo del público más selecto, pero jamás lo habían visto disfrutar tanto como cuando visitaban la casa de fieras antes de una cacería.
La siguiente se celebraría un día laborable aún por determinar, pero sería en el plazo de una semana. Esta vez solo participaría gente que se hubiera ganado el derecho a abatir la presa especial de la jornada alguna vez; gente para la que esas cacerías hubieran supuesto una experiencia importante y unos bienes materiales; gente digna de su confianza; gente como ellos.
Ulrik aparcó el Rover en el preciso instante en que Torsten salía del edificio con un mandilón de goma ensangrentado.
– Sed bienvenidos -los saludó sonriendo sin reservas.
De modo que venía de hacer una carnicería.
Habían ampliado el recinto desde su última visita. Ahora era más largo y más luminoso, con miríadas de cristales. Cuarenta obreros letones y búlgaros habían contribuido a que Dueholt empezara a parecerse al hogar que Torsten Florin ambicionaba desde que quince años atrás, a la edad de veinticuatro años, ganara sus primeros millones.
Había cerca de quinientas jaulas con animales en el interior, todas ellas iluminadas por lámparas halógenas.
Para un niño, un recorrido por la casa de fieras de Florin sería una experiencia mucho más exótica que una visita al zoo. Para un adulto medianamente interesado en el bienestar de los animales resultaría impactante.
– Mirad -les indicó Torsten-, un dragón de Komodo.
Su placer era ostensible, como si le sacudiera el cuerpo un orgasmo, y Ditlev lo entendía. Un animal peligroso y protegido como aquel no se podía cazar todos los días.
– Creo que vamos a llevarlo a la finca de los Saxenholdt cuando haya nieve. Estos cabrones se esconden mejor que nadie, y allí el coto es más o menos controlable. ¿Os lo imagináis?
– He oído que su mordedura es la más venenosa del planeta -dijo Ditlev-, así que habrá que dar en el blanco antes de que acabemos en sus fauces.
Observaron que Florin se estremecía en lo que parecía un escalofrío. Desde luego, les había buscado una pieza estupenda. ¿Cómo lo habría conseguido?
– ¿Y qué me dices de la próxima? -preguntó un curioso Ulrik.
Torsten extendió los brazos para dar a entender que él ya tenía una idea, pero les correspondía a ellos descubrir cuál era.
– Ahí están las opciones -dijo señalando por encima de un mar de jaulas repletas de animalillos de grandes ojos.
Todo estaba asépticamente limpio. Si todos aquellos animales, que juntos sumaban varios kilómetros de sistemas digestivos con sus correspondientes metabolismos, no lograban que el olor acre de su orina y sus excrementos dominara aquel espacio era gracias al magnífico equipo de empleados negros que Torsten tenía a sus órdenes. Tres familias somalíes vivían en sus terrenos. Barrían, cocinaban, quitaban el polvo y limpiaban que era un primor, pero eran invisibles cuando había invitados. Había que evitar las habladurías.
En la última fila, unas junto a otras, había seis jaulas altas en cuyo interior se distinguían unas siluetas encogidas.
Ditlev sonrió al observar las dos primeras. El chimpacé tenía una constitución armónica, pero también unos ojos agresivos clavados en su vecino, un dingo salvaje que temblaba con el rabo entre las piernas, mostrando unos dientes chorreantes de saliva.
Torsten era increíblemente creativo y sobrepasaba con mucho la barrera de lo que la gente común consideraba aceptable. Si las protectoras de animales llegaran a conocer una mínima parte de su mundo, el futuro que lo aguardaba era una pena de prisión y unas multas millonarias. Su imperio se desmoronaría de un día para otro. Para las mujeres con clase y dignidad no suponía ningún problema llevar abrigos de piel, pero dejar a un chimpancé medio muerto de miedo o forzar a un dingo a correr por un bosque danés para defender su vida, eso no, gracias.