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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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Las últimas cuatro jaulas contenían criaturas más corrientes. Un gran danés, un gigantesco macho cabrío, un tejón y un zorro. Todos los observaban echados en la paja como si ya conocieran su destino, todos menos el zorro, que temblaba en un rincón.

– Os estaréis preguntando qué ocurre aquí. Os lo voy a explicar.

Florin metió las manos en los bolsillos del mandilón e hizo un gesto en dirección al gran danés.

– Ahí donde lo veis, tiene un pedigrí que se remonta al siglo pasado. Me ha costado la bonita suma de doscientas mil coronas, pero yo creo que no debería transmitir sus feos genes, con esos horribles ojos torcidos que tiene.

Era previsible que Ulrik se echara a reír.

– Y ese animal también es muy especial, para que lo sepáis -continuó señalando hacia la jaula número dos-. Como recordaréis, mi gran ídolo es Rudolf Sand, el abogado de la Audiencia Nacional, que registró minuciosamente sus trofeos a lo largo de un período de casi sesenta y cinco años. Fue un cazador legendario.

Asintió sumido en sus propias reflexiones y dio unos golpecitos en los barrotes que hicieron que el animal se retirara con la cabeza gacha y los cuernos amenazantes.

– Sand se cobró exactamente 53. 276 piezas. Un macho cabrío como este fue su mayor y más importante trofeo. Se trata de una cabra de cuernos retorcidos o marjor paquistaní. Os diré que Sand estuvo buscando un marjor macho por las montañas de Afganistán durante casi veinte años hasta que un día, tras ciento veinticinco duras jornadas de búsqueda, consiguió abatir uno enorme y viejísimo. Podéis leerlo todo en internet, os lo recomiendo. No abundan los hombres como él.

– ¿Y esto es un marjor?

La sonrisa de Ulrik era en sí asesina.

Torsten estaba disfrutando de lo lindo.

– Claro, joder, y no pesa mucho menos que el de Rudolf Sands. Dos kilos y medio menos, para ser exactos. Una bestia magnífica. Es lo que tiene disponer de contactos en Afganistán. Larga vida a la guerra.

Todos rieron antes de pasar al tejón.

– Este llevaba años viviendo al sur de mis tierras, pero el otro día se acercó demasiado a una de las trampas. ¿Sabéis? Me une una relación muy personal a este amiguito.

Ditlev pensó que en tal caso no sería esa la pieza que abatir. Ya se encargaría el propio Torsten de despacharlo algún día.

– Y luego tenemos a este de aquí, el inconfundible zorro. ¿A que no adivináis por qué es tan especial?

Estudiaron largo rato al convulso animal. Parecía asustado, pero permaneció erguido y con la cabeza orientada hacia ellos hasta que Ulrik dio una patada en los barrotes.

Su reacción fue tan rápida que sus mandíbulas se cerraron en torno a la punta del zapato de Ulrik. Ditlev y él se sobresaltaron. Luego advirtieron la espuma que le salía por la boca, la locura de sus ojos y la muerte que ya empezaba a hacer presa en él.

– ¡Joder, Torsten, esto es diabólico! Es este, ¿verdad? Este es el animal que vamos a cazar la próxima vez, ¿me equivoco? Vamos a soltar un zorro que tiene una rabia galopante.

Rio de tan buena gana que Ditlev no pudo hacer otra cosa que unirse a él.

– Has encontrado un bicho que conoce el bosque de arriba abajo y encima tiene la rabia. No veo el momento de que se lo cuentes a los demás. Joder, Torsten, ¿por qué no se nos había ocurrido antes?

Florin se sumó a las risas de sus amigos y el edificio se llenó de gemidos y susurros de animales que se agazapaban dentro de sus jaulas.

– Menos mal que llevas unas botas resistentes, Ulrik -observó entre carcajadas mientras señalaba la dentadura que seguía marcada en la Wolverine especialmente confeccionada para su amigo-, si no, habríamos acabado en el hospital de Hillerød y no hubiera sido muy fácil de explicar, ¿no crees? Una cosa más -añadió conduciéndolos hacia la parte del recinto donde la luz era más potente-. ¡Mirad!

Les mostró el campo de tiro que había construido como prolongación de la casa de fieras, un tubo de unos dos metros de altura y al menos cincuenta de longitud marcado metro por metro. Tres dianas. Una para tiro con arco, otra para disparar con rifle y, por último, otra con revestimiento de acero para calibres más gruesos.

Recorrieron las paredes con la mirada, impresionados. Al menos cuarenta centímetros de aislamiento acústico. Si alguien oía los disparos desde el exterior, tenía que ser un murciélago.

– He mandado instalar salidas de aire por todas partes para poder simular diferentes condiciones atmosféricas.

Apretó un botón.

– Con un viento de esta intensidad, la desviación del tiro exige una corrección de entre un dos y un tres por ciento en los disparos con arco.

Señaló hacia la pantalla de un miniordenador que había en la pared.

– Se puede programar cualquier tipo de arma y hacer una simulación de viento.

Entró en el dispositivo.

– Pero primero hay que probar lo que se siente en la piel, no vamos a llevarnos todo el equipo al bosque, ¿no?

Ulrik pasó después. Sus fuertes cabellos no se movieron un milímetro. En ese sentido, Torsten disponía de un indicador de cuero cabelludo algo mejor.

– Vamos allá -prosiguió Torsten-. El caso es que vamos a soltar un zorro rabioso en el bosque. Como habéis visto, es enormemente agresivo, de modo que los ojeadores llevarán las piernas protegidas hasta las ingles.

Les indicó la altura con las manos.

– Los más expuestos seremos los cazadores. Me encargaré, por supuesto, de que haya vacunas a mano, pero las heridas que puede hacer un animal en su estado bastarían para matar a un hombre. ¡Una arteria arrancada del muslo y ya sabéis lo que pasa!

– ¿Cuándo piensas anunciárselo a los demás? -preguntó Ulrik con voz emocionada.

– Justo antes de empezar. Pero mirad esto, amigos.

Desapareció detrás de una bala de paja y sacó un arma. A Ditlev le entusiasmó su elección. Era una ballesta, y para colmo, con mira telescópica. Completamente ilegal en Dinamarca tras la reforma de la ley de armas de 1989, pero letal como pocas e insuperable a la hora de apuntar. Si era posible, claro. Además, solo se podía tirar una vez, porque volver a cargarla llevaba su tiempo. Sería una cacería repleta de riesgos enormes y desconocidos. Como tenía que ser.

– Van a llamarla Relayer Y25. Es el modelo especial con el que piensan celebrar el aniversario de Excalibur esta primavera. Solamente han fabricado mil unidades y estas dos de aquí. No se puede pedir más.

Las sacó de su escondrijo y le entregó una a cada uno.

Ditlev sopesó la suya con el brazo extendido. Era ligerísima.

– Las hemos introducido en el país desmontadas, cada parte se ha enviado por separado. Creía que habíamos perdido una pieza, pero al final apareció ayer.

Se echó a reír.

– Hemos tardado un año, ¿qué os parece?

Ulrik pellizcó la cuerda. Sonaba como un arpa. Un tono agudo y afinado.

– Dicen que puede con doscientas libras, pero yo creo que se han quedado cortos. Y con una flecha 2219, ningún animal, por grande que sea, sobrevivirá a un disparo a menos de ochenta metros. Ahora veréis.

Torsten tomó una ballesta, apoyó el estribo en el suelo, introdujo el pie y pisó. Luego tiró con fuerza, la tensó y la bloqueó. Lo había hecho un millón de veces, los tres lo sabían.

Extrajo una flecha de la aljaba y la colocó con cuidado. Un movimiento prolongado, ágil y sosegado que contrastó con la fuerza explosiva que se desencadenó segundos más tarde, cuando la flecha salió despedida hacia la diana situada a cuarenta metros.

Contaban con que Torsten diera en el blanco; lo que no esperaban era el enorme arco que la flecha describió en el aire ni que perforase la diana y la destrozara.

– Cuando le disparéis al zorro, intentad hacerlo desde arriba para que la flecha no dé a uno de los ojeadores, porque es lo que ocurrirá si os descuidais; y no hiráis al zorro en el omóplato, no queremos que pase eso, ¿verdad? Porque así no se muere, sale corriendo.

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