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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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El sendero por el que cabalgaban ascendía serpenteante por colinas yermas y pedregosas. No tardaron en perder de vista el mar, aunque el olor de la sal impregnaba penetrante el aire húmedo. Iban a un paso lento, pero constante. Pasaron junto a un pastizal cercado para ovejas y luego junto a la entrada de una mina abandonada. Aquel nuevo Aeron Greyjoy era poco dado a la conversación, de manera que viajaban en sombrío silencio. Al final, Theon no lo pudo soportar más.

—Ahora Robb Stark es el señor de Invernalia —dijo.

Aeron siguió cabalgando.

—Todos los lobos son iguales.

—Robb ha roto el juramento de lealtad al Trono de Hierro y se ha coronado Rey en el Norte. Está en guerra.

—Los cuervos de los maestres vuelan sobre la sal tan bien como sobre la roca. Esas noticias son viejas.

—Significan que amanece un nuevo día, tío.

—Cada madrugada amanece un nuevo día, y es igual que el anterior.

—En Aguasdulces no opinan lo mismo. Dicen que el cometa rojo es el heraldo de una nueva era. Un mensajero de los dioses.

—Es una señal, sí —asintió el sacerdote—. Pero de nuestro dios, no del suyo. Se trata de una marca ardiente, como las que llevaban antaño nuestros hombres. Es la llama del Dios Ahogado, salida del mar, que proclama la llegada de una marea creciente. Es hora de izar las velas y asolar el mundo con el fuego y con la espada, como siempre hicimos.

—Completamente de acuerdo —dijo Theon con una sonrisa.

—Un hombre está de acuerdo con dios igual que una gota de lluvia con la tormenta.

«Esta gota de lluvia reinará algún día, anciano.» Theon ya estaba harto del talante sombrío de su tío. Picó espuelas y se adelantó al trote sin perder la sonrisa.

El sol estaba ya a punto de ponerse cuando llegaron a los muros de Pyke, un arco de piedra oscura que iba de un acantilado al otro, con la casa de la guardia en el centro y tres torres cuadradas a cada lado. Theon alcanzó a ver las cicatrices que las catapultas de Robert Baratheon habían dejado en las piedras. Se había alzado una nueva torre sur sobre las ruinas de la antigua; era de un gris un poco más claro, y los líquenes todavía no la habían atacado. Por allí era por donde había entrado Robert, como una tromba, saltando cascotes y cadáveres, con la maza en la mano y Ned Stark a su lado. Theon lo había visto todo a salvo en la Torre del Mar; de cuando en cuanto las antorchas se le volvían a aparecer en sueños, y oía el retumbar del derrumbamiento.

Las puertas estaban abiertas ante él; y el oxidado rastrillo, alzado. Los guardias situados sobre las almenas observaron con ojos desconocidos al Theon Greyjoy que, por fin, regresaba a su hogar.

Tras la muralla que rodeaba el cabo había cincuenta acres de tierra, entre el cielo y el mar. Allí estaban los establos, las perreras, y un puñado de edificaciones. Las ovejas y los cerdos se amontonaban en sus rediles, mientras que los perros del castillo correteaban en libertad. Hacia el sur quedaban los acantilados, y el ancho puente de piedra que llevaba al Gran Torreón. Mientras se bajaba del caballo, Theon alcanzó a oír el romper de las olas. Un mozo de cuadras se acercó para ocuparse de su caballo. Un par de críos flacos y unos cuantos esclavos lo observaban con ojos apagados, pero de su señor padre no había ni rastro, ni tampoco de nadie a quien recordara de su infancia.

«Una bienvenida desolada y amarga», pensó.

El sacerdote no había descabalgado.

—¿No te quedarás esta noche para compartir la carne y el aguamiel, tío?

—Me dijeron que te trajera, y te he traído. Ahora regreso al servicio de nuestro dios. —Aeron Greyjoy hizo dar la vuelta al caballo y cabalgó sin prisa bajo las púas enlodadas del rastrillo.

Una vieja de espalda encorvada, enfundada en un informe vestido gris, se aproximó a él con paso cauto.

—Mi señor, me ordenan que os acompañe a vuestras habitaciones.

—¿Quién lo ordena?

—Vuestro señor padre.

—Así que tú sabes quién soy. —Theon se quitó los guantes—. ¿Por qué no ha venido mi padre a recibirme?

—Os espera en la Torre del Mar, mi señor. Cuando hayáis descansado de vuestro viaje.

«Y yo pensaba que Ned Stark era frío.»

—¿Y tú quién eres?

—Helya, llevo el castillo en nombre de vuestro señor padre.

—Antes el mayordomo era Sylas. Lo llamaban Bocamarga. —Incluso en aquel momento Theon recordaba con viveza el hedor a vino del aliento del anciano.

—Murió hace cinco años, mi señor.

—¿Y el maestre Qalen? ¿Dónde está?

—Duerme en el mar. Actualmente el encargado de los cuervos es Wendamyr.

«Es como si fuera un forastero aquí —pensó Theon—. No ha cambiado nada, pero ha cambiado todo.»

—Llévame a mis habitaciones, mujer —ordenó.

La anciana hizo una reverencia rígida y echó a andar delante de él por la punta de tierra que llevaba al puente. Al menos aquello sí era tal como lo recordaba: las viejas piedras resbaladizas por las salpicaduras del mar y con manchas de líquenes, la espuma de las olas bajo sus pies como si fuera una bestia salvaje, el viento salado agitándole las ropas.

Siempre que había soñado con el regreso a casa, se había visto a sí mismo en su confortable dormitorio de la Torre del Mar, donde había dormido de niño. Pero en vez de eso la anciana lo guiaba hacia el Torreón Sangriento. Allí las estancias eran más grandes y estaban mejor amuebladas, aunque resultaban igual de frías y húmedas. Asignaron a Theon unas habitaciones gélidas, de techos tan altos que se perdían en la penumbra. Aquello lo habría impresionado si no supiera que eran esas mismas habitaciones las que daban su nombre al Torreón Sangriento. Hacía ya mil años, los hijos del Rey del Río fueron asesinados allí mismo, en sus camas, donde luego despedazaron sus cuerpos para podérselos enviar a su padre, en el continente.

Pero los Greyjoy no morían asesinados en Pyke, sólo muy de cuando en cuando se mataban entre hermanos, y los dos suyos habían muerto. Si miró a su alrededor con aversión no fue por miedo a los fantasmas. Los tapices de las paredes estaban cubiertos de moho verdoso, el colchón estaba combado y tenía un olor rancio, y las alfombras eran viejas y quebradizas. Habían pasado años desde la última vez que se ventilaron aquellas estancias. La humedad se metía en los huesos.

—Necesitaré una palangana de agua caliente y que enciendan el fuego en esa chimenea —dijo a la vieja—. Encárgate de que enciendan braseros en las otras habitaciones para caldearlas un poco. Y por los dioses, manda a alguien que cambie esas alfombras.

—Sí, mi señor. Como ordenéis. —Y se marchó.

No tardaron en llevarle el agua caliente que había pedido. En realidad estaba tibia y no tardó en enfriarse, por no mencionar además que era agua de mar, pero le bastó para lavarse de la cara, el pelo y las manos el polvo del largo recorrido a caballo. Mientras un par de esclavos encendían los braseros, Theon se quitó las ropas sucias del viaje y se vistió para reunirse con su padre. Eligió un par de botas de cuero negro muy flexible, calzones de suave lana de cordero color gris plateado, y un jubón de terciopelo negro con el kraken dorado de los Greyjoy bordado en el pecho. Se puso al cuello una fina cadena de oro y sobre las ropas un cinturón de cuero blanco. Por último se colgó una daga sobre una cadera y una espada larga sobre la otra, ambas armas en fundas negras y doradas. Sacó la daga, comprobó el filo con la yema del pulgar, extrajo una piedra de amolar del bolsillo que le colgaba del cinturón y le dio un par de pasadas. Se enorgullecía de tener sus armas siempre afiladas.

—Cuando vuelva quiero encontrarme la habitación caliente y alfombras limpias —advirtió a los esclavos al tiempo que sacaba un par de guantes negros de seda, adornados con unas delicadas volutas en hilo de oro.

Theon regresó al Gran Torreón cruzando un pasaje de piedra cubierto; el eco de sus pisadas se mezclaba con el incesante retumbar del mar, mucho más abajo. Para llegar a la Torre del Mar, en su pilar retorcido, tuvo que cruzar otros tres puentes, cada uno más angosto que el anterior. El último era de madera y cuerdas, y el húmedo viento cargado de sal hacía que se meciera como un ser vivo bajo sus pies. Theon no había recorrido ni la mitad cuando ya tenía el corazón en la garganta. Abajo, muy lejos, las olas estallaban en altas columnas de espuma al romper contra la roca. De niño solía cruzar aquel puente corriendo, incluso de noche cerrada.

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