Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
—¿Y me calentarás la cama por las noches? —Empezó a desatarle los lazos del corpiño con dedos hábiles y entrenados—. En el pasado te podría haber llevado a casa como botín, y serías mi esposa quisieras o no. Los antiguos hombres del hierro hacían cosas como ésa. Cada hombre tenía su esposa de roca, su verdadera mujer, hija del hierro igual que él, pero también tenía esposas de sal, mujeres capturadas en sus saqueos.
La chica abrió los ojos de par en par, y no porque le hubiera desnudado los pechos.
—Yo sería vuestra esposa de sal, mi señor.
—Por desgracia, los tiempos han cambiado. —El dedo de Theon dibujó círculos en uno de los pesados senos, avanzando en espiral hacia el pezón castaño—. Ya no podemos cabalgar los vientos con fuego y espada, ni coger lo que se nos antoja. Ahora arañamos el suelo y lanzamos sedales al mar, igual que los demás hombres, y tenemos que considerarnos afortunados si conseguimos suficiente bacalao salado y gachas para sobrevivir al invierno. —Se llevó el pezón a la boca y lo mordió hasta que a la chica se le escapó un gemido.
—Podéis ponerme eso dentro otra vez, si os place —le susurró al oído mientras la lamía.
Theon alzó la cabeza de su pecho. La piel estaba de color rojo oscuro allí donde la había marcado con los dientes.
—Lo que me placería es enseñarte una cosa nueva. Desátame los calzones y dame placer con la boca.
—¿Con la boca?
—Para eso se hicieron estos labios, pequeña —dijo mientras le pasaba un pulgar con suavidad por los gruesos labios—. Si fueras mi esposa de sal, harías lo que te ordenara.
Al principio se mostró tímida, pero para ser tan estúpida aprendió muy deprisa, para satisfacción de Theon. Tenía la boca tan húmeda y dulce como el coño, y de aquella manera no se veía obligado a soportar su charla sin sentido.
«En los viejos tiempos me la habría quedado como esposa de sal —se dijo mientras le pasaba los dedos por el cabello enmarañado—. En los viejos tiempos. Cuando manteníamos las antiguas costumbres, vivíamos del hacha, no de la pesca, y nos apoderábamos de lo que queríamos, ya fueran riquezas, mujeres o gloria.» En aquellos tiempos, los hijos del hierro no trabajaban en las minas; eso se quedaba para los cautivos que tomaban en sus expediciones, así como otros trabajos lamentables como el cultivo de los campos y el cuidado de las cabras y las ovejas. El único trabajo apto para un hombre del hierro era la guerra. El Dios Ahogado los había creado para saquear y violar, para labrar reinos y escribir sus nombres en fuego, sangre y canciones.
Aegon el Dragón había acabado con las antiguas costumbres al quemar a Harren el Negro, devolver el reino de Harren a los débiles hombres del río y reducir las Islas del Hierro a un rincón insignificante de un reino mucho más grande. Pero las viejas historias de sangre se seguían contando en todas las islas, en torno a hogueras alimentadas con restos de barcos naufragados y junto a fogones humeantes, incluso tras los altos muros de piedra de Pyke. Entre los numerosos títulos del padre de Theon estaba el de Lord Segador, y en su lema los Greyjoy alardeaban de que Nosotros no Sembramos.
Si Lord Balon había puesto en marcha su gran rebelión no había sido por la vanidad huera de una corona, sino para reinstaurar las antiguas costumbres. Robert Baratheon había puesto un sangriento final a aquella esperanza, con la ayuda de su amigo Eddard Stark, pero los dos estaban ya muertos. En sus respectivos lugares gobernaban simples chiquillos, y el reino forjado por Aegon el Conquistador se estaba desmembrando.
«Ésta es la estación —pensó Theon mientras los labios de la hija del capitán subían y bajaban—, la estación, el año y el día, y yo soy el hombre.» Sonrió torvo al pensar en qué diría su padre cuando le contara que él, Theon, el benjamín, el pequeño y el rehén, él había conseguido lo que no lograra el propio Lord Balon.
El clímax llegó repentino como una tormenta, y llenó la boca de la muchacha con su semilla. Ella se sobresaltó y trató de apartarse, pero Theon la sujetó con fuerza por el pelo. Tras unos instantes consiguió sentarse junto a él.
—¿He complacido a mi señor?
—Bastante —respondió.
—Sabía salado —murmuró la chica.
—¿Cómo el mar?
Ella asintió.
—Siempre me ha gustado el mar, mi señor.
—Igual que a mí —dijo al tiempo que le frotaba un pezón entre dos dedos.
Y era verdad. Para los hombres de las Islas del Hierro, el mar significaba la libertad. Lo había olvidado hasta que la Myraham desplegó las velas en Varamar. Los sonidos le hicieron recordar sensaciones olvidadas: el crujido de la madera y las sogas, las órdenes a gritos del capitán, el restallido de las velas cuando el viento las hinchaba… todos tan familiares como el palpitar de su corazón, e igual de reconfortantes.
«No volveré a olvidarlo nunca —se prometió Theon—. No volveré a alejarme del mar.»
—Llevadme con vos, mi señor —suplicó la hija del capitán—. No hace falta que sea a vuestro castillo. Puedo quedarme en cualquier pueblo y ser vuestra esposa de sal.
Extendió una mano para acariciarle la mejilla. Theon Greyjoy se la apartó a un lado y se levantó del catre.
—Mi lugar está en Pyke, y el tuyo en este barco.
—Ya no puedo quedarme aquí.
—¿Por qué no? —preguntó mientras se abrochaba los calzones.
—Por mi padre —le dijo—. En cuanto os vayáis me castigará, mi señor. Me insultará y me pegará.
—Así son los padres —reconoció Theon al tiempo que descolgaba la capa. Se la echó sobre los hombros y cerró los pliegues con un broche de plata—. Dile que debería darse por satisfecho. Con la cantidad de veces que te he follado, lo más seguro es que estés preñada. No todos los hombres tienen el honor de criar al bastardo de un rey.
La chica lo miró con un gesto tan estúpido que Theon se marchó, dejándola allí.
La Myraham rodeaba en aquel momento una punta boscosa. Bajo los riscos en los que crecían pinos, una docena de botes pesqueros recogían las redes. El barco se mantuvo a buena distancia de ellos mientras maniobraba. Theon se dirigió hacia proa para ver mejor. Lo primero que divisó fue el castillo, la fortaleza de los Botley. En su infancia era de madera y cáñamo, pero Robert Baratheon había arrasado aquella estructura hasta los cimientos. Lord Sawane la había reconstruido en piedra, y ahora un pequeño torreón cuadrado coronaba la colina. De las torres achatadas de las esquinas pendían banderas color verde claro, todas con la imagen de un banco de peces plateados.
Bajo la escasa protección que ofrecía el pequeño castillo de los peces, se extendía el pueblo de Puerto Noble, con un puerto rebosante de barcos. La última vez que vio Puerto Noble era una ruina humeante, donde los esqueletos de los barcoluengos quemados y las galeras destrozadas salpicaban la orilla rocosa como los huesos de leviatanes muertos, y de las casas no quedaban más que muros semiderruidos y cenizas frías. Habían pasado diez años, y apenas se veían algunos rastros de la guerra. Los hombres habían construido chozas nuevas con las piedras de las antiguas, y habían puesto hierba fresca para hacer los tejados. Cerca del embarcadero se alzaba una posada nueva, el doble de grande que la antigua, con el piso bajo de piedra y los dos superiores de madera. En cambio, el sept no se llegó a reconstruir nunca, y del antiguo sólo quedaban los cimientos de siete lados en el lugar donde se había alzado. Al parecer, la furia de Robert Baratheon había quitado a los hombres del hierro todo gusto por los nuevos dioses.
A Theon le interesaban más los barcos que los dioses. Entre los mástiles de incontables botes de pesca divisó una galera mercante de Tyrosh, descargando mercancía junto a una pesada coca ibbenesa de negro casco alquitranado. También había gran número de barcoluengos, al menos cincuenta o sesenta, anclados en el mar o varados en la pedregosa orilla norte. En algunas velas se veían las divisas de las otras islas: la luna ensangrentada de Wynch, el cuerno de guerra con franjas negras de Lord Goodbrother, la guadaña plateada de Harlaw… Theon buscó con la mirada el Silencio de su tío Euron. No vio rastro de aquel navío rojo, esbelto y terrible, pero allí estaba el Gran kraken de su padre, que lucía en la proa un espolón de hierro con la forma de la criatura que le daba nombre.