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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Pyke se alzaba sobre aquellas islas y pilares como si formara parte de ellas, temible, oscuro, imponente. Sus muros circundaban el cabo al pie del gran puente de piedra que iba desde la cima del acantilado hasta el más grande de los islotes, dominado por la mole inmensa del Gran Torreón. Más allá estaba el Torreón de la Cocina y el Torreón Sangriento, cada uno en su isla. Las torres y dependencias exteriores se arracimaban contra los pilares, unidos por arcos cubiertos allí donde las columnas estaban próximas, o por largos puentes cimbreantes de madera y cuerda cuando estaban más alejadas.

La Torre del Mar sobresalía en la isla más lejana, en la punta de la espada rota; era la parte más vieja del castillo, alta y redonda. El escarpado pilar que era su base parecía medio devorado por el interminable asedio de las olas; estaba blanquecino tras siglos de espuma salada, mientras que los pisos superiores aparecían cubiertos por una espesa capa de líquenes, y la cima dentada ennegrecida por el hollín de las hogueras nocturnas de los vigías.

En lo alto de la Torre del Mar ondeaba el estandarte de su padre. La Myraham estaba demasiado lejos para que Theon alcanzara a ver algo más que la tela, pero sabía cómo era el dibujo: el kraken dorado de la Casa Greyjoy, con los tentáculos agitándose al aire sobre fondo sable. El asta del estandarte era un mástil de hierro que temblaba y se mecía con las ráfagas de viento, igual que un pájaro que luchara por emprender el vuelo. Y al menos allí no estaba el lobo huargo de los Stark, proyectando su sombra desde arriba sobre el kraken de los Greyjoy.

Theon no había presenciado nunca nada que lo conmoviera más. En el cielo, más allá del castillo, se veía la cola roja del cometa a través de algunos jirones de nubes dispersas. Los Mallister se habían pasado todo el viaje, desde Aguasdulces hasta Varamar, discutiendo sobre su significado.

«Es mi cometa», se dijo Theon. Deslizó la mano bajo su capa ribeteada en piel para tocar el bolsillo de tela encerada donde llevaba la carta que le había dado Robb Stark. Un papel que valía una corona.

—¿Es el castillo tal como lo recordabais, mi señor? —le preguntó la hija del capitán, apretándose contra su brazo.

—Me parece más pequeño —confesó Theon—, aunque puede que sea por la distancia.

La Myraham era una galera mercante sureña, panzuda, procedente de Antigua, que llevaba un cargamento de vino, paños y semillas para intercambiarlo por mena de hierro. Su capitán era un mercader también sureño y panzudo, y el mar de piedra que batía a los pies del castillo hacía que le temblaran los labios regordetes, de manera que se mantenía bien apartado, mucho más de lo que habría querido Theon. Un capitán hijo del hierro con un barcoluengo los habría llevado entre los acantilados y por debajo del elevado puente que conectaba la casa de la guardia con el Gran Torreón, pero aquel antigüeño no tenía habilidad, tripulación ni valor para intentarlo. De manera que pasaron de largo a una distancia segura, y Theon tuvo que conformarse con ver Pyke desde lejos. Incluso así, la Myraham tuvo que luchar duro para no chocar contra aquellas rocas.

—Ahí debe de hacer mucho viento —señaló la hija del capitán.

—Viento, frío y humedad. —Theon se echó a reír—. Lo cierto es que es un lugar mísero y duro… pero, como me dijo mi padre en cierta ocasión, de los lugares duros nacen los hombres duros, y los hombres duros dominan el mundo.

El rostro del capitán estaba tan verdoso como el mar cuando se acercó a Theon y le hizo una reverencia.

—¿Nos dirigimos ya al puerto, mi señor?

—Sí —respondió Theon con una leve sonrisa bailándole en los labios.

La promesa del oro había convertido al antigüeño en un lameculos sin pudor. El viaje habría sido muy diferente si hubiera tenido esperándolo en Varamar un barcoluengo de las islas, tal como él había esperado. Los capitanes hijos del hierro eran orgullosos y testarudos, y no reverenciaban a hombre alguno. Las islas eran demasiado pequeñas para andar reverenciando a nadie; y los barcos, más pequeños todavía. Si, como se solía decir, cada capitán era el rey de su barco, no era de extrañar que las islas recibieran el nombre de «tierra de los diez mil reyes». Y cuando has visto a tus reyes cagar por encima de la baranda del barco o ponerse verdes durante una tormenta, cuesta mucho doblar la rodilla y comportarse como si fueran dioses. «El Dios Ahogado hace a los hombres —había dicho el viejo rey Urron Manorroja hacía ya miles de años—, pero son los hombres los que hacen las coronas.»

Por añadidura, un barcoluengo habría hecho la travesía en la mitad de tiempo. La Myraham era una bañera flotante, y no le gustaría estar a bordo durante una tormenta. Pero Theon no podía quejarse demasiado. Estaba allí, no se había ahogado, y durante el viaje había contado con ciertas diversiones. Rodeó con el brazo a la hija del capitán.

—Avisadme cuando lleguemos a Puerto Noble —dijo a su padre—. Estaremos abajo, en mi camarote. —Se llevó a la chica hacia popa, mientras el padre, sin decir nada, los miraba hoscamente.

En realidad, el camarote era el del capitán, pero éste se lo había cedido para que lo utilizara cuando zarparon de Varamar. A su hija no se la había cedido para que la usara, pero ella había acudido a su lecho por su voluntad. Sólo había hecho falta una copa de vino y unas palabras susurradas al oído. Era un poco regordeta para su gusto, y tenía la piel llena de manchas y granos, pero sus pechos le llenaban las manos, y la primera vez que la tomó era doncella. A su edad era sorprendente, pero a Theon le pareció muy divertido. No creía que el capitán aprobara aquello, lo que resultaba más divertido todavía, sobre todo cuando lo veía tragarse el ultraje y mostrarse zalamero con el gran señor, siempre pensando en la bolsa de oro que se le había prometido.

—Debéis de estar muy contento de volver a ver vuestro hogar, mi señor —dijo la chica mientras Theon se quitaba la capa mojada—. ¿Cuánto hace que estabais fuera?

—Diez años, o casi —respondió—. Acababa de cumplir los diez cuando me llevaron a Invernalia como pupilo de Eddard Stark. —Pupilo de nombre, en realidad había sido un rehén. La mitad de su vida la había pasado como rehén… pero ya no lo era. Su vida volvía a pertenecerle, y ya no había ningún Stark a la vista. Atrajo hacia sí a la hija del capitán y le besó una oreja—. Quítate esa capa.

La muchacha bajó la vista en un repentino acceso de timidez, pero hizo lo que le decía. Cuando la pesada prenda, empapada de agua de mar, cayó de sus hombros al suelo, hizo una pequeña reverencia y sonrió, nerviosa. A decir verdad, cuando sonreía parecía un poco idiota, pero la inteligencia no era uno de sus requisitos cuando se trataba de mujeres.

—Ven aquí —le dijo.

—Nunca he visto las Islas del Hierro —dijo mientras obedecía.

—Date por satisfecha. —Theon le acarició el cabello. Lo tenía fino y oscuro, aunque el viento se lo había enmarañado—. Las islas son duras y pedregosas, con pocas comodidades y menos esperanzas. La muerte siempre ronda, y la vida es cruel y exigua. Los hombres se pasan las noches bebiendo cerveza y discutiendo sobre quién lo tiene peor, si los pescadores que pelean contra el mar o los granjeros que tratan de arrancar una cosecha a un suelo escaso y pobre. A decir verdad, los que peor lo llevan son los mineros, que se rompen las espaldas en la oscuridad, ¿y para qué? Hierro, plomo, estaño, ésos son nuestros tesoros. No es de extrañar que los hombres del hierro de antaño se dedicaran al saqueo.

—Podría desembarcar con vos —dijo aquella estúpida que no parecía prestarle atención—. Si queréis…

—Podrías desembarcar —asintió Theon al tiempo que le oprimía un seno—. Pero no conmigo, lo siento.

—Trabajaría en vuestro castillo, mi señor. Sé limpiar pescado, hornear pan y hacer mantequilla. Mi padre dice que mi cangrejo a la pimienta es el mejor que ha probado. Si me dejáis un sitio en vuestras cocinas os prepararé cangrejo a la pimienta.

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