Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
—Te concedes una recompensa muy alta a cambio de una idea y unas pocas líneas. —Volvió a leer la carta—. El mocoso no dice nada de recompensas. Sólo que hablas en su nombre, que te debo escuchar, y que le entregue mis velas y mis espadas, y que a cambio me dará una corona. —Sus ojos de pedernal se alzaron hacia los de su hijo—. Que él me dará una corona —repitió con voz cada vez más tensa.
—Se ha expresado mal, lo que quería decir es…
—Lo que quería decir es lo que ha dicho. El chico me dará una corona. Y lo que se da se puede quitar. —Lord Balon tiró la carta al brasero, al mismo brasero de la cadena. El pergamino se curvó, se ennegreció y empezó a arder. Theon se quedó consternado.
—¿Te has vuelto loco?
Su padre le dio un bofetón de revés.
—Cuidado con lo que dices. Ya no estás en Invernalia, y yo no soy Robb el Mocoso, no puedes hablarme así. Soy Greyjoy, el Lord Segador de Pyke, Rey de la Sal y de la Roca, Hijo del Viento Marino, y a mí nadie me da una corona. Yo pago el precio del hierro. Cogeré mi corona, igual que hizo Urron Manorroja hace quinientos años.
Theon retrocedió un paso para alejarse de la repentina ira que llameaba en la voz de su padre.
—Pues cógela —escupió mientras se le enrojecía la mejilla—. Hazte llamar Rey de las Islas del Hierro, a nadie le va a importar… hasta que terminen las guerras, y el vencedor mire a su alrededor y divise a un viejo idiota aferrado a su orilla, con una corona de hierro en la cabeza.
Lord Balon soltó una carcajada.
—Vaya, al menos no eres ningún cobarde. Igual que yo no soy ningún imbécil. ¿Crees que he mandado reunir mis barcos para ver cómo se mecen anclados? No, pienso labrarme un reino por el fuego y la espada. Pero no en el oeste, y no porque me lo conceda el rey Robb el Mocoso. Roca Casterly es demasiado fuerte, y Lord Tywin demasiado astuto. Sí, podríamos tomar Lannisport, pero no defenderla. No. La fruta que quiero coger es otra… No tan dulce y jugosa, claro, pero ahí está, indefensa.
«¿Dónde?», habría podido preguntar Theon. Pero ya lo sabía.
DAENERYS
Los dothrakis llamaban al cometa shierak qiya, Estrella Sangrante. Los ancianos murmuraban que era un mal presagio, pero Daenerys Targaryen lo había visto por primera vez la noche en que quemó el cadáver de Khal Drogo en la pira, la noche en que sus dragones despertaron. «Es el heraldo de mi llegada —se dijo al tiempo que alzaba la vista hacia el cielo nocturno, con el corazón lleno de asombro ante aquel portento—. Los dioses lo han enviado para mostrarme el camino.» Pero cuando expresó aquella idea en voz alta, su doncella Doreah la desanimó.
—En esa dirección están las tierras rojas, khaleesi. Los jinetes dicen que se trata de un lugar sombrío, terrible.
—Debemos ir hacia donde señala el cometa —insistió Dany… aunque lo cierto era que no le quedaba otro camino posible.
No se atrevía a poner rumbo hacia el vasto océano de hierba que todos conocían como el mar dothraki. El primer khalasar con el que se tropezaran engulliría a su desastrado grupo, mataría a los guerreros y se llevaría a los demás como esclavos. Las tierras de los hombres cordero, al sur del río, también les estaban vedadas. Eran demasiado pocos para defenderse hasta del pueblo menos belicoso, y los lhazareen tenían motivos para guardarles rencor. Podría haber avanzado río abajo, en dirección a los puertos de Meereen, Yunkai y Astapor, pero Rakharo le había advertido que el khalasar de Pono había tomado ese camino, llevando un grupo de miles de cautivos que vendería en los mercados de carne que plagaban como pústulas abiertas toda la Bahía de los Esclavos.
—¿Por qué voy a temer a Pono? —repuso Dany—. Fue el ko de Drogo y siempre me trató bien.
—Ko Pono os trató bien —dijo Ser Jorah Mormont—. Khal Pono os matará. Fue el primero en abandonar a Drogo, y lo siguieron diez mil guerreros. Vos sólo tenéis un centenar.
«No —pensó Dany—. Tengo cuatro. El resto son mujeres, ancianos enfermos y niños que todavía no se han trenzado el pelo.»
—Tengo a los dragones —señaló.
—Están recién salidos del cascarón —dijo Ser Jorah—. Bastaría un tajo de arakh para acabar con ellos, aunque lo más probable es que Pono se los quedara. Los huevos de dragón eran más valiosos que rubíes. Un dragón vivo no tiene precio. Sólo hay tres en todo el mundo. Cada hombre que los vea querrá ser su dueño, mi reina.
—Son míos —replicó ella con rabia. Habían nacido de su fe y de su necesidad; las muertes de su esposo, de su hijo nonato y de la maegi Mirri Maz Duur les habían dado la vida. Dany había entrado en el fuego cuando salieron del cascarón, y habían bebido leche de sus pechos hinchados—. Nadie me los arrebatará mientras viva.
—No viviréis mucho tiempo si os tropezáis con Khal Pono. O con Khal Jhaqo, o con cualquiera de los otros. Tenéis que ir hacia donde ellos no estén.
Dany lo había nombrado jefe de su Guardia de la Reina… y vio claro el camino cuando los sombríos consejos de Mormont y los presagios se mostraron coincidentes. Convocó a los suyos y montó a lomos de su yegua plata. Su cabellera se había quemado en la pira de Drogo, de manera que sus doncellas la vistieron con la piel del hrakkar, el león blanco del mar dothraki, que Drogo había matado. La temible cabeza de la fiera era la capucha que cubría su cráneo desnudo, y la piel era una capa que le caía sobre los hombros y por la espalda. El dragón color crema clavó las afiladas garras negras en la melena del león y enroscó la cola en torno al brazo de Dany, mientras que Ser Jorah ocupó el lugar habitual a su lado.
—Seguiremos al cometa —dijo Dany a su khalasar.
No hubo nadie que alzara la voz para protestar. Habían sido el pueblo de Drogo, pero ahora eran el suyo. La llamaban La Que No Arde, la Madre de Dragones. Su palabra era ley.
Viajaban de noche, y durante el día se refugiaban del sol en sus tiendas. Dany no tardó en comprender hasta qué punto había tenido razón Doreah. Aquella tierra no era generosa. Por el camino iban dejando un rastro de caballos muertos y moribundos, porque Pono, Jhaqo y los otros se habían apoderado de los mejores animales de Drogo, dejando a Dany tan sólo los viejos y flacos, los enfermos y tullidos, los acabados y los indómitos. Igual que con las personas.
«No son fuertes —se dijo—, así que yo tengo que ser su fuerza. No puedo mostrar temor, ni debilidad, ni un asomo de duda. Por mucho miedo que haya en mi corazón, en mi rostro sólo deben ver a la reina de Drogo.» Se sentía mucho mayor de lo que correspondía a sus catorce años. Si alguna vez había sido niña de verdad, ese tiempo había quedado atrás.
El primer hombre murió a los tres días de marcha. Era un anciano desdentado y con los ojos llenos de nubes, que cayó exhausto de la silla de montar y no pudo volver a levantarse. Expiró en menos de una hora. Las moscas de sangre formaron enjambres sobre su cadáver y transmitían su mala suerte a los vivos.
—Había llegado su hora —dijo su doncella Irri—. Ningún hombre debería vivir más que sus dientes.
Los demás se mostraron de acuerdo. Dany ordenó que mataran al más débil de los caballos moribundos, de manera que el fallecido pudiera entrar cabalgando en las tierras de la noche.
Dos noches después la que pereció fue una niña, casi un bebé. Los aullidos angustiados de su madre se prolongaron durante todo el día, pero no se pudo hacer nada. La pobre chiquilla había sido demasiado pequeña para cabalgar. No serían para ella las interminables praderas negras de las tierras de la noche; tendría que nacer de nuevo.
En el erial rojo había poco forraje, y el agua escaseaba aún más. Era una tierra marchita y desolada, de colinas bajas y llanuras yermas azotadas por los vientos. Los ríos que cruzaron estaban tan secos como los huesos de los muertos. Sus monturas subsistían a base de la escasa gramilla reseca que crecía al pie de las rocas y de los árboles muertos. Dany envió jinetes que fueran por delante de la columna, pero no encontraron pozos ni arroyos, sólo charcas de agua estancada y putrefacta que se evaporaba bajo el sol ardiente. Cuanto más se adentraban en el erial, más pequeñas se hacían las charcas y más distancia había entre ellas. Si en aquel desierto de piedra, arena y barro rojo sin caminos había dioses, eran dioses duros y secos, sordos a cualquier plegaria que suplicara lluvia.