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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Lo primero en acabarse fue el vino, y poco después la leche cuajada de yegua que a los señores de los caballos les gustaba más que el aguamiel. Luego se agotaron sus provisiones de pan ácimo y carne seca. Los cazadores no encontraban presas, y sólo podían llenarse los estómagos con la carne de sus caballos caídos. Se produjeron muertes tras muertes. Los débiles, los niños, las ancianas arrugadas, los enfermos, los estúpidos, los incautos… la tierra cruel se los llevaba a todos. Doreah fue perdiendo peso y los ojos se le hundieron en la cara, mientras su suave cabellera rubia se tornaba quebradiza como la paja.

Dany pasó hambre y sed con todos los demás. La leche de sus pechos se secó, los pezones se le agrietaron y le sangraron, y día tras día adelgazaba hasta que quedó descarnada y dura como un palo. Pero si tenía miedo era por sus dragones. Su padre murió violentamente antes de que ella naciera, así como su maravilloso hermano Rhaegar. Su madre murió al traerla al mundo, mientras en el exterior rugía la tormenta. Al bondadoso Ser Willem Darry, que a su modo debía de haberla querido, se lo llevó una enfermedad devastadora cuando ella era muy pequeña. Su hermano Viserys, Khal Drogo que era su sol y estrellas, hasta su hijo nonato… los dioses se los habían llevado a todos.

«Pero no me quitarán a mis dragones —juró Dany—. No me los quitarán.»

Los dragones no eran más grandes que los gatos flacos que había visto una vez moviéndose furtivos a lo largo de los muros de la mansión del magíster Illyrio en Pentos… hasta que desplegaban sus alas, aquellos delicados abanicos de piel translúcida y colores maravillosos tensada sobre una estructura de largos huesos finos. Bien mirados los dragones eran en su mayoría cuello, cola y alas. «Son tan pequeños…», pensó mientras les daba de comer. Mejor dicho, mientras intentaba darles de comer, porque los dragones se negaban. Siseaban y escupían ante cada trocito de sanguinolenta carne de caballo, y lanzaban vapor por las fosas nasales, pero no aceptaban el alimento… hasta que Dany recordó algo que Viserys le había contado cuando eran niños.

«Los únicos que comen la carne cocinada son los dragones y los hombres», fueron sus palabras.

Cuando hizo que sus doncellas asaran la carne de caballo hasta casi carbonizarla, los dragones la devoraron con ansiedad, proyectando hacia delante las cabezas como si fueran serpientes. Los dragones comían al día varias veces su peso, siempre que la carne estuviera muy tostada, y por fin empezaron a crecer y a fortalecerse. Dany se maravillaba ante la suavidad de sus escamas y el calor que transmitían, tan palpable que durante las noches frías sus cuerpos parecían emitir vapor.

Cada anochecer, cuando el khalasar se ponía en marcha, elegía un dragón para que viajara sobre su hombro. Irri y Jhiqui llevaban a los otros en una jaula de madera, colgada de un palo que iba cruzado sobre sus monturas. Cabalgaban justo tras ella, de manera que los dragones no perdieran nunca de vista a Dany. Era la única forma de que estuvieran tranquilos.

—Los dragones de Aegon tenían nombres de dioses de la antigua Valyria —dijo a sus jinetes de sangre una mañana, tras una larga noche de viaje—. El dragón de Visenya se llamaba Vhagar, Rhaenys tenía a Meraxes y Aegon cabalgaba a lomos de Balerion, el Terror Negro. Se decía que el aliento de Vhagar era tan ardiente que podía derretir la armadura de un caballero y cocinar al hombre que la llevaba, que Meraxes devoraba caballos enteros, y en cuanto a Balerion… su fuego era tan negro como sus escamas y sus alas tan inmensas que su sombra cubría ciudades enteras cuando pasaba sobre ellas.

Los dothrakis miraron a los cachorros de dragón con cierta inquietud. El más grande de los tres era de un negro lustroso, con brillantes vetas color escarlata entre las escamas, igual que en las alas y en los cuernos.

Khaleesi, ése es Balerion —murmuró Aggo—, ha vuelto a nacer.

—Tal vez sea así, sangre de mi sangre —respondió Dany con seriedad—, pero en esta vida tendrá un nuevo nombre. Les pondré los nombres de aquellos a los que los dioses se han llevado. El verde se llamará Rhaegal, en recuerdo de mi valiente hermano que murió en las verdes orillas del Tridente. El crema y oro será Viserion. Viserys era cruel, débil y cobarde, pero también era mi hermano. Su dragón hará lo que él no pudo hacer.

—¿Y la bestia negra? —quiso saber Ser Jorah Mormont.

—El negro —dijo ella— es Drogon.

Pero, al mismo tiempo que los dragones se desarrollaban, su khalasar se marchitaba y moría. La tierra que los rodeaba era cada vez más desolada. Hasta la gramilla escaseaba más y más. Los caballos se derrumbaban, les quedaban tan pocos que algunos hombres se veían obligados a ir a pie. Doreah contrajo unas fiebres y fue empeorando con cada legua. Los labios y las manos se le llenaron de ampollas sanguinolentas, el pelo se le caía a mechones, y una noche no tuvo fuerzas para montar a lomos de su caballo. Jhogo dijo que deberían dejarla allí o atarla a la silla, pero Dany recordaba una noche, en el mar dothraki, cuando la joven lysena le había enseñado secretos para que Drogo la amara más. Dio a Doreah agua de su pellejo, le refrescó la frente con un paño húmedo y sostuvo su mano hasta que murió entre escalofríos. Sólo entonces consintió que el khalasar prosiguiera la marcha.

No vieron rastro alguno de otros viajeros. Los dothrakis, temerosos, empezaron a murmurar que el cometa los había guiado hacia una especie de infierno. Una mañana, mientras acampaban entre grandes piedras negras erosionadas por el viento, Dany acudió a Ser Jorah.

—¿Nos hemos perdido? —le preguntó—. ¿Acaso este erial no tiene fin?

—Tiene fin —respondió él, fatigado—. He visto los mapas que dibujan los mercaderes, mi reina. Cierto, por aquí pasan pocas caravanas, pero al este hay grandes reinos y ciudades repletas de maravillas. Yi Ti, Qarth, Asshai de la Sombra…

—¿Viviremos para verlas?

—No os voy a mentir. El camino es más duro de lo que me temía. —El rostro del caballero estaba grisáceo y demacrado. La herida que recibió en la cadera la noche que luchó contra los jinetes de sangre de Khal Drogo nunca llegó a curarse del todo; Dany veía su expresión de dolor cuando montaba a caballo, y parecía ir casi derrumbado en la silla—. Puede que, si seguimos adelante, estemos perdidos… pero si retrocedemos estaremos perdidos sin duda alguna.

Dany le dio un beso en la mejilla. Se animó al verlo sonreír. «También tengo que ser fuerte por él —pensó sombría—. Es un caballero, sí, pero yo soy de la sangre del dragón.»

La siguiente charca que encontraron estaba casi hirviendo y apestaba a azufre, pero tenían los pellejos casi vacíos. Los dothrakis enfriaron el agua en jarras y la bebieron tibia. El sabor era repugnante, pero era agua, y todos estaban sedientos. Dany contempló el horizonte con desesperación. Había perdido a un tercio de su pueblo, y la llanura que se extendía ante ellos era aún desértica, roja e interminable.

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