La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1909-2
- Переводчик: Jose M. Alvarez Florez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:
—Pero quizás no la necesitemos —dijo—. Los pajeños deben de haber estado observando el Saco de Carbón durante toda su historia; centenares de años, millares quizás. Especialmente si han creado una seudociencia del estilo de la astrología. Si pudiéramos hablar con ellos…
—Nos preguntamos —dijo Staley— por qué tiene usted tanto interés en venir con nosotros.
—¿Cómo? ¿Se refiere a ir a ver esa roca? Staley, a mí no me importa para qué la utilizaba la pajeña. Lo que quiero saber es por qué los puntos troyanos están tan sobrecargados.
—¿Y cree que encontrará la clave aquí?
—Quizás en la composición de la roca. Hay posibilidades de que así sea.
—Podré ayudarle allí —dijo lentamente Staley—. Sauron, mi planeta natal, tiene un cinturón de asteroides e industrias mineras. Algo aprendí sobre eso de mis tíos. En otros tiempos pensé que yo también podría ser un buen minero. —Se detuvo bruscamente, esperando que Buckman trajese a colación un tema desagradable.
—Me pregunto —dijo Buckman— qué esperará encontrar aquí el capitán…
—Me lo dijo. Sabemos sólo una cosa sobre esa roca —dijo Staley—. La pajeña estaba interesada en ella. Cuando sepamos por qué, sabremos algo sobre los pajeños.
—No demasiado —gruñó Buckman.
Staley se tranquilizó. O bien Buckman no sabía por qué Sauron era un planeta deshonrado, o… ¿Tacto? ¿Buckman? Difícilmente.
El bebé pajeño nació cinco horas después de que el transbordador abandonase la MacArthur camino del asteroide. El nacimiento fue muy parecido al de los perros, considerando la relación distante entre la madre y los perros. Y sólo nació uno, del tamaño aproximado de una rata.
Acudió mucha gente aquel día, tripulación, oficiales y científicos. Hasta el capellán encontró una excusa para bajar.
—Mire, el brazo inferior izquierdo es mucho más pequeño —dijo Sally—. Teníamos razón, Jonathon. Los pequeños proceden de los pajeños grandes.
Alguien pensó que había que llevar a la pajeña grande a ver al recién nacido. No pareció interesarse lo más mínimo por el nuevo pajeño en miniatura; pero emitió sonidos dirigidos a las otras. Una de ellas sacó el reloj de Horace Bury de debajo de un cojín y se lo entregó a la grande.
Rod observaba las actividades que se desarrollaban alrededor del pajeño recién nacido cuando podía. Parecía muy activo para ser un recién nacido, de sólo unas horas de existencia, pues mordisqueaba coles y parecía capaz de caminar, aunque normalmente le ayudase a hacerlo la madre.
Entretanto, la nave pajeña seguía acercándose; y si había algún cambio en su aceleración era demasiado pequeño para que la MacArthur lo detectara.
—Llegarán aquí en setenta horas —dijo Rod a Cargill a través del transmisor láser—. Quiero que esté de vuelta en sesenta. No deje a Buckman empezar nada que no pueda acabar en ese límite. Si entran en contacto con alienígenas, díganmelo rápido… y no intenten hablar con ellos a menos que no puedan evitarlo.
—De acuerdo, capitán.
—No son órdenes mías, Jack. Son de Kutuzov. A él no le hace muy feliz esta excursión. Limítense a inspeccionar la roca y volver.
La roca quedaba a treinta millones de kilómetros de distancia de la MacArthur, veinticinco horas de viaje de ida y otras veinticinco de viaje de vuelta a una gravedad. Con cuatro gravedades el tiempo se reduciría a la mitad. No era bastante, pensaba Staley, para que mereciese la pena soportar cuatro gravedades.
—Pero podríamos ir a una gravedad y media —sugirió Cargill—. No sólo sería más rápido el viaje sino que nos cansaríamos más deprisa. No podríamos movernos mucho por allí. El transbordador no parecía tan atestado.
—Una idea inteligente —dijo con entusiasmo Cargill—. Una brillante sugerencia, señor Staley.
—¿Lo haremos entonces?
—No, no lo haremos.
—Pero… ¿por qué no, señor?
—Porque a mí no me gusta soportar esa gravedad. Porque se consume más combustible, y si consumimos demasiado combustible la MacArthur puede tener que entrar en la gigante gaseosa para el viaje de regreso. No hay que desperdiciar jamás combustible, señor Staley. Puede necesitarse más tarde. Y además, es una idea estúpida.
—Sí, señor.
—Las ideas estúpidas son para los casos de emergencia. Uno las utiliza cuando no puede hacer otra cosa. Si funcionan quedan consagradas. Pasan a figurar en el Libro. Si no hay que seguir el Libro, que es básicamente una colección de ideas estúpidas que funcionaron… —Cargill sonrió ante la expresión de desconcierto de Staley—. Permítame que le hable de una que yo conozco por el Libro…
Para un guardiamarina siempre era el momento de recibir una lección. Staley ocuparía puestos más elevados que aquél, si tenía capacidad y si sobrevivía.
Cargill terminó su relato y miró la hora.
—Duerma algo, Staley. Ocupará usted el control más tarde, a la vuelta.
Desde lejos el asteroide parecía oscuro, áspero y poroso. Efectuaba una rotación completa en treinta y una horas; extrañamente lento, según Buckman. No había ninguna señal de actividad: ni movimiento ni radiación ni flujo anómalo de neutrinos. Horst Staley buscó variaciones de temperatura, pero no descubrió ninguna.
—Creo que esto lo confirma —informó—. El lugar está vacío. Cualquier forma de vida desarrollada de Paja Uno necesitaría calor, ¿no es cierto?
—Así es.
El vehículo avanzó hacia la superficie del asteroide. Las irregularidades que habían hecho que la roca pareciese porosa desde lejos se convirtieron en bolsas y luego en grandes agujeros de tamaño variable. Evidentemente, meteoritos. Pero ¿tantos?
—Ya les dije que los puntos troyanos estaban sobrecargados —explicó Buckman muy contento—. Probablemente el asteroide pase a través de la espesura del racimo troyano regularmente… Pero déme un primer plano de ese gran agujero de allí, Cargill.
La pantalla quedó casi ocupada por un pozo negro. Alrededor de él se veían pozos más pequeños.
—No se ve ningún indicio de cráter —dijo Cargill.
—Se ha dado cuenta, ¿verdad? Ese maldito asteroide está hueco. Por esto tiene tan poca densidad. En fin, no está habitado ahora, pero debió de estarlo. Incluso se tomaron la molestia de proporcionarle una rotación cómoda. —Buckman se volvió—. Cargill, investigaremos detenidamente ese asteroide.
—Sí, pero no usted. Examinará la roca un equipo de la Marina.
—¡Eso entra dentro de mi competencia, demonios!
—Yo he de velar por su seguridad, doctor. Lafferty, dé la vuelta por el otro lado de la roca.
La parte trasera del asteroide era un enorme cráter en forma de copa.
—Tiene muchos cráteres pequeños… y son realmente cráteres. No son agujeros —dijo Cargill—. Doctor, ¿qué le parece eso?
—No lo entiendo. No puede ser una formación natural…
—¡Fue excavado! —exclamó Staley.
—Aunque parezca extraño, es precisamente lo que estaba pensando yo —dijo Cargill—. El asteroide fue desplazado utilizando instrumentos termonucleares, haciendo explotar las bombas progresivamente en el mismo cráter para canalizar el impulso. Eso ya se ha hecho antes. Déme un registro de radiaciones, guardiamarina.
—Desde luego, señor. —Salió y volvió al cabo de un minuto—. Nada, señor. Está frío.
—¿De veras? —Cargill fue a comprobar la lectura personalmente. Cuando acabó contempló todos los instrumentos y frunció el ceño—. Frío como el corazón de un pirata. Si utilizaron bombas, hicieron un trabajo magnífico. No me sorprendería que así fuese.