La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]
- Автор: Чапек Карел
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Hiperi
- ISBN: 978-84-7517-321-4
- Переводчик: Ana Falbrov
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]». Краткое содержание книги:
Nacido en 1890 y muerto en 1938, poco después de ser propuesto para el premio Nobel, Čapek dejó una importante obra teatral, narrativa, ensayística, periodística y de viajes, de la que varios títulos han sido traducidos a nuestro idioma. Su humanismo concreto, su preocupación por la pérdida de valores o por el alejamiento de la naturaleza, su defensa de la tolerancia, el ccntraste y el respeto hacia los otros, confieren a su obra literaria, de muy diversos y ricos matices, innegable perdurabilidad y actualidad.
En los primeros momentos se habló de la explosión de alguna mina en el canal, pero cuando a ambos lados del Estrecho de Calais las costas fueron cerradas por cordones de soldados, y cuando el Primer Ministro inglés, por cuarta vez en los anales de la Historia mundial, interrumpió el sábado por la tarde su week-end regresando apresuradamente a Londres, se empezó a sospechar que se trataba de un acontecimiento de alcance internacional. Los periódicos publicaban las más alarmantes noticias, pero, ¡cosa extraña!, aún estaban muy lejos de referir la verdad. Nadie sospechaba que durante varios días críticos Europa, y con ella todo el mundo, estuvo a un paso de una conflagración bélica. Sólo al cabo de varios años, cuando sir Thomas Mulberry, entonces miembro del Gobierno británico, perdió su puesto en el Parlamento y como consecuencia de ello publicó sus memorias políticas, fue posible enterarse de lo que ocurrió en aquellos días aunque, en realidad, ya entonces a nadie le interesaba.
El caso fue, en resumen, el siguiente: Tanto Francia como Inglaterra empezaron a construir, por medio de las salamandras, fortalezas submarinas en el Canal de la Mancha que permitirían, en caso de guerra, el cierre de dicho Canal. Después, como es natural, las dos potencias se acusaron de que empezó «la otra.» Pero parece ser que las dos comenzaron al mismo tiempo, temiendo que el otro estado, su vecino y amigo, pudiese comenzar antes. En resumen: bajo las aguas del Canal de la Mancha empezaron a crecer, una frente a otra, dos enormes fortalezas de hormigón, armadas con artillería pesada, lanzatorpedos, amplias zonas minadas y, en resumen, todas las modernas posibilidades inventadas hasta la época por el progreso humano para el «arte» de la guerra. En la costa inglesa fue ocupada esta terrible fortaleza de las profundidades por dos divisiones de salamandras pesadas y unas treinta mil salamandras trabajadoras, y en la parte francesa por tres divisiones de salamandras guerreras de primera clase.
Parece ser que en aquel día crítico se encontraron, en medio del Canal y en sus profundidades, una colonia de salamandras trabajadoras inglesas con las salamandras francesas y, entre ellas, se produjo una especie de confusión. En la parte francesa se afirmaba que sus pacíficas salamandras habían sido atacadas por las británicas, que las querían echar del lugar. Las salamandras británicas armadas trataron de detener a unas cuantas de las francesas que, desde luego, opusieron resistencia. Después las salamandras militares británicas empezaron a disparar contra las salamandras obreras con granadas de mano y lanza-minas, de manera que las pobres salamandras francesas no tuvieron más remedio que defenderse usando armas parecidas. El Gobierno francés se vio obligado a pedir al Gobierno británico plena satisfacción, y la evacuación del terreno submarino causante del problema, más la promesa de que casos así no volverían a repetirse.
Por otra parte, el Gobierno de S.M. Británica anunció, en una nota especial dirigida al Gobierno de la República Francesa, que las salamandras francesas militarizadas habían penetrado en la mitad inglesa del Canal y se disponían a colocar minas en ellas. Las salamandras británicas les advirtieron que penetraban en el lugar de trabajo británico. A esto las salamandras francesas, armadas hasta los dientes, contestaron arrojando granadas de mano que mataron a algunas salamandras-obreras británicas. El Gobierno de S.M. se sentía obligado a exigir al Gobierno de la República Francesa plena satisfacción y la garantía de que, en adelante, las salamandras militares francesas no penetrarían en la parte británica del Canal de la Mancha.
A esto contestó el Gobierno francés «que no podía consentir que el Estado vecino construyese fortificaciones submarinas en las cercanías inmediatas de la costa francesa. En lo que se refiere a la confusión ocurrida en el Canal, el Gobierno de la República proponía que, según el sentido de la Convención de Londres, el desagradable incidente fuese presentado ante el Tribunal de Conciliación de la Haya.»
El Gobierno de S.M. Británica contestó que no podía y no estaba dispuesto a someter la protección de las costas británicas a ninguna decisión externa. Como país atacado pedía de nuevo, y enérgicamente, que se le presentasen excusas, se le indemnizase por las pérdidas sufridas y se le asegurase la integridad de su territorio para el futuro. Al mismo tiempo, la marina inglesa del Mar Mediterráneo, con base en Malta, navegó a todo vapor en dirección oeste. La flota del Atlántico recibió órdenes de concentrare en Portsmouth y Yarmouth.
El Gobierno francés ordenó la movilización de cinco reservas de marinos.
Parecía que ninguno de los dos Estados podía ya retroceder. Después de todo, se veía claramente que no se trataba más que de lograr la supremacía en el Canal. En este momento crítico presentó Sir Thomas Mulberry un factor sorprendente: que en la parte inglesa no existía ningún obrero-salamandra ni salamandras militares (por lo menos, de jure), ya que en las Islas Británicas todavía estaba vigente la orden dada cierta vez por Sir Manuel Mandeville, por la cual ninguna salamandra podía ser empleada en las costas o en aguas territoriales de las Islas Británicas. Según esto, el Gobierno Británico declaraba oficialmente que las salamandras francesas no podían haber atacado a las inglesas, y todo el problema quedó reducido a la siguiente cuestión: si las salamandras francesas, por equivocación o deliberadamente, habían entrado en aguas territoriales británicas. Las autoridades de la República Francesa prometieron investigar el caso, y el Gobierno inglés ni siquiera propuso que fuera presentado al Tribunal Internacional de la Haya. Después los almirantazgos inglés y francés decidieron que en el Canal de la Mancha quedara una extensión neutral de cinco kilómetros de anchura, entre las fortalezas submarinas de ambos países, con lo que se reforzó considerablemente la amistad entre ambos estados.
CAPÍTULO IV
Der Nordmolch
No muchos años después del establecimiento de las primeras colonias de salamandras en los mares Báltico y del Norte, un investigador y científico alemán llamado Hans Thüring comprobó que las salamandras del Báltico mostraban —seguramente por influencia del medio ambiente— algunas diferencias particulares en su constitución: eran un poco más claras, caminaban más rectas y la dimensión de su cabeza demostraba que tenían el cráneo más largo y más estrecho que las demás salamandras. Esta variedad recibió los nombres de Der Nordmolch (salamandra del Norte), de Der Edelmolcb (salamandra noble), de Andrias Scheuchzeri y de nobilis erecta Thüring.