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READ-E-BOOK » Социально-философская фантастика » La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]
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La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]

Электронная книга - «La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]». Краткое содержание книги:

Clasificar La guerra de las salamandras dentro del género de la ciencia ficción sería restringir el alcance de esta extraordinaria novela. Junto a La guerra de los mundos de Wells, 1984 de Orwell o Un mundo feliz de Huxley, La guerra de las salamandras es una de esas obras de imaginación en que las realidades y los problemas del hombre contemporáneo se analizan y sintetizan con emocionada lucidez. Su aparición en 1936 coronó la carrera literaria de Karel Čapek, quién, junto a Jaroslav Hašek, universalizó la lengua y la narrativa de su país, la Checoslovaquia democrática e independiente de la primera mitada de nuestro siglo, la patria de Masaryk.
Nacido en 1890 y muerto en 1938, poco después de ser propuesto para el premio Nobel, Čapek dejó una importante obra teatral, narrativa, ensayística, periodística y de viajes, de la que varios títulos han sido traducidos a nuestro idioma. Su humanismo concreto, su preocupación por la pérdida de valores o por el alejamiento de la naturaleza, su defensa de la tolerancia, el ccntraste y el respeto hacia los otros, confieren a su obra literaria, de muy diversos y ricos matices, innegable perdurabilidad y actualidad.
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A partir de aquello la prensa alemana empezó a ocuparse febrilmente de las salamandras del Báltico. Se dio una importancia especial al hecho de que, influenciada favorablemente por el ambiente alemán, esta salamandra se había transformado en un tipo de raza superior, sin duda alguna mejor que cualquier otra clase de salamandra; se escribió con desprecio sobre las degeneradas salamandras mediterráneas, poco desarrolladas moral y físicamente, sobre las salvajes salamandras tropicales y, en resumen, sobre las bárbaras, ruines y bestiales salamandras de otras naciones. «De la Salamandra Gigante hasta la Supersalamandra Alemana» era la frase de moda en aquella época. ¿Acaso no era la tierra alemana el lugar de origen de todas las salamandras de la nueva época? ¿No era su cuna Oe-ningen, donde el sabio alemán Dr. Johannes Jakub Scheuchzer encontró las formidables huellas de su esqueleto, ya en el mioceno, sobre una piedra de ónice? No cabía pues la más mínima duda de que el primitivo Andrias Scheuchzeri había nacido antes de las épocas geológicas en tierras germanas, había cruzado después hacia otros mares y había pagado esto con su degeneración y el atraso en su desarrollo. Pero en cuanto Andrias se establece de nuevo en la tierra que fue su patria de origen, empieza otra vez a ser lo que era antes: la noble salamandra del Norte, Scheuchzeri, más clara, más erguida y con un cráneo mayor. Así pues, solamente en tierra germana pueden las salamandras volver a su tipo normal y más puro, como el encontrado por el gran Johannes Jakub Scheuchzer en las huellas dejadas en la piedra de ónice. Como consecuencia de todo esto, Alemania necesitaba nuevas y más extensas costas, necesitaba colonias, necesitaba mares mundiales para que en todas partes, y en aguas territoriales alemanas, pudieran desarrollarse las nuevas generaciones de salamandras de origen germánico de pura raza. «Necesitamos nuevas tierras para nuestras salamandras», escribían los periódicos alemanes. Y para que esta realidad estuviese siempre presente ante los ojos de la nación alemana, fue erigido un magnífico monumento a Johannes Jakub Scheuchzer. El gran doctor estaba representado con un gran libro en la mano, y a sus pies había sentada una hermosa y noble salamandra nórdica, que miraba a lo lejos, a las costas invisibles de los océanos mundiales.

Durante la inauguración de este monumento se pronunciaron, desde luego, solemnes discursos que despertaron extraordinariamente la atención de la prensa mundial. Alemania amenaza de nuevo, constataban, particularmente, los diarios ingleses: «Estamos ya acostumbrados a ese tono, pero con motivo de ese acto oficial se habló de que Alemania necesitaba, en un plazo de tres años, cinco mil kilómetros de nuevas costas marítimas. Nos vemos obligados a advertir claramente: ¡Está bien, intentadlo! En las costas británicas os romperéis los dientes. Estamos preparados y lo estaremos todavía mejor de aquí a tres años. Inglaterra debe tener y tendrá tantos barcos de guerra como las dos mayores potencias continentales juntas. Esta relación de fuerzas es, de una vez para siempre, indiscutible. Si quieren desatar locas carreras en el armamento marítimo, ¡que lo hagan! Ningún británico consentirá que su patria quede rezagada ni un solo palmo.»

«Aceptamos el reto alemán», declaró en el Parlamento el primer Lord del Almirantazgo, Sir Francis Drake, en nombre del Gobierno. «El que extienda su mano hacia cualquier mar que sea, se encontrará con nuestros acorazados. Gran Bretaña es lo bastante fuerte como para rechazar cualquier ataque contra su isla y las costas de sus dominios y colonias. Para evitar un ataque así, estudiaremos la construcción de nuevas fortalezas y bases aéreas en cada mar cuyas olas bañen los retazos más mínimos de costas británicas. Que sirva esto como la última advertencia a cualquiera que intentase rectificar las costas marítimas, aunque solamente fuese en una yarda.» Después de esto, el Parlamento aprobó la construcción de nuevos buques de guerra con un presupuesto preliminar de quinientos millones de libras esterlinas. Era, en realidad, una respuesta desmesurada a la construcción del monumento a Johannes Jakub Scheuchzer en Berlín, pues dicho monumento había costado, solamente, doce mil marcos.

A este discurso contestó el magnífico publicista francés Marqués de Sade, generalmente muy bien informado, de la siguiente forma: «El primer Lord del Almirantazgo británico ha declarado que Gran Bretaña está preparada para cualquier eventualidad. Bien, ¿está, sin embargo, informado ese distinguido lord de que Alemania tiene en sus salamandras del Báltico un terrible ejército permanente armado? ¿Que cuenta hoy en día con unos cinco millones de salamandras militares profesionales, a las que puede poner inmediatamente en pie de guerra tanto en las costas como en el agua? A esto, sumen ustedes unos diecisiete millones de salamandras para servicios técnicos y de intendencia, preparadas para servir en cualquier momento como fuerzas de ocupación o de reserva. La salamandra del Báltico es hoy el mejor soldado del mundo, preparado a la perfección psicológicamente, y ve en la guerra su verdadera y más elevada misión. Irá a luchar con el entusiasmo de los fanáticos, con una fría y calculada técnica y con la terrible disciplina de una verdadera salamandra prusiana.»

»¿Sabe también el primer Lord del Almirantazgo Británico que Alemania construye febrilmente barcos de pasajeros que pueden llevar brigadas enteras de salamandras de guerra de una sola vez? ¿Sabe que están construyendo cientos y más cientos de pequeños submarinos con un radio de acción de tres a cinco mil kilómetros, cuya tripulación estará formada por esas mismas salamandras del Báltico? ¿Sabe ya que está estableciendo enormes depósitos de combustible en diferentes partes del Océano? Así pues, preguntamos una vez más: ¿Tiene el ciudadano británico la completa seguridad de que su gran país está verdaderamente bien preparado para toda eventualidad?»

»No es difícil imaginar (continuaba el Marqués de Sade) lo que significarán las salamandras en una próxima guerra, armadas con cañones submarinos tipo Berta, con lanza-minas y torpedos para el bloqueo de las costas. A fe mía que, por primera vez en la historia del mundo, no puede nadie envidiar a Inglaterra su magnífica posición insular. Pero, ya que hablamos de esto… ¿sabe el Almirantazgo Británico que las salamandras del Báltico están equipadas con unas máquinas —por otra parte muy útiles para la paz— que se llaman taladradoras-neumáticas, y que estas modernas taladradoras atraviesan en una hora una profundidad de diez metros de la mejor tierra sueca existente, y de cincuenta a sesenta metros de la inglesa? (Esto fue probado en una perforación secreta, efectuada por una expedición técnica alemana durante las noches de los días 11, 12 y 13 del mes pasado en la costa inglesa entre Hythe y Folkestone, o sea, directamente bajo las narices de la fortaleza de Dover.) Aconsejamos a nuestros amigos del otro lado del Canal que calculen ellos mismos en cuántas semanas pueden ser taladrados Kent o Essex por debajo del agua, hasta quedar con agujeros iguales a una bola de queso. Hasta ahora, el ciudadano británico contemplaba siempre el firmamento como la única parte de donde podía llegarle el peligro y la destrucción de sus florecientes ciudades, su Bank of England, sus pequeñas y acogedoras casitas rodeadas de jardines. Mejor harán en pegar su oído a la tierra en que juegan sus hijos para advertir, hoy o mañana, si se oyen los chirridos de las incansables y terribles taladradoras de las salamandras, abriéndose camino, paso a paso, para colocar explosivos de un poder hasta ahora desconocido. Ya no será la guerra en el aire, sino la guerra bajo el agua y bajo tierra, que es la última de nuestra era. Hemos oído discursos llenos de confianza desde el puente de mando de la Orgullosa Albión. Sí, hasta ahora, es una poderosa nave que se balancea sobre las olas y las domina. Pero puede llegar un día en que esas olas se cierren sobre la nave destruida, que se hundirá en las profundidades del mar. ¿No sería mejor tratar de evitar ese peligro ahora} ¡De aquí a tres años sería ya demasiado tarde!»

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