La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]
- Автор: Чапек Карел
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Hiperi
- ISBN: 978-84-7517-321-4
- Переводчик: Ana Falbrov
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]». Краткое содержание книги:
Nacido en 1890 y muerto en 1938, poco después de ser propuesto para el premio Nobel, Čapek dejó una importante obra teatral, narrativa, ensayística, periodística y de viajes, de la que varios títulos han sido traducidos a nuestro idioma. Su humanismo concreto, su preocupación por la pérdida de valores o por el alejamiento de la naturaleza, su defensa de la tolerancia, el ccntraste y el respeto hacia los otros, confieren a su obra literaria, de muy diversos y ricos matices, innegable perdurabilidad y actualidad.
Mientras los choques sangrientos entre las salamandras y los campesinos se extendían por la costa de Calvados, Picardía y el Paso de Calais, salió de Cherburgo el viejo crucero francés Jules Flambeau en dirección a la costa de Normandía. Se trataba, como se aseguró más tarde, de que su presencia tranquilizase los ánimos, tanto de los habitantes del lugar, como de las salamandras. El Jules Flambeau se detuvo a milla y media de la Bahía de Basse Coutance. Cuando llegó la noche, ordenó el comandante del barco, para aumentar el efecto, que fueran disparados unos fuegos artificiales. Mucha gente contempló el hermoso espectáculo desde la costa. De pronto se oyó un zumbido silbante y en la proa del crucero surgió una monumental columna de agua; el barco se inclinó, y en ese momento sonó un ruido atronador. El crucero se hundía. En un cuarto de hora ya estaban en el lugar del suceso las lanchas a motor para ayudar al salvamento, pero no fue necesario. Aparte de tres hombres que murieron a consecuencia de la explosión, se salvó toda la tripulación. El Jules Flambeau se hundió en cinco minutos, después de abandonar su comandante el puente con las memorables palabras: «¡No hay nada que hacer!»
La noticia oficial publicada aquella misma noche decía que «el viejo acorazado Jules Flambeau, que ya estaba destinado a ser retirado del servicio, había encallado durante un viaje nocturno en las rocas y se había hundido al explotar sus calderas», pero los periódicos no se dejaron apaciguar tan fácilmente; mientras que la prensa semigubernamental dijo que el barco había chocado contra una mina alemana de fabricación reciente, los diarios de oposición y la prensa extranjera publicaban en grandes titulares:
«Pedimos responsabilidades», escribía exaltadamente en su periódico el diputado Barthelemy, «a aquéllos que armaron a los animales contra las personas, a aquéllos que pusieron bombas en manos de las salamandras para que matasen a campesinos franceses y a niños inocentes, a aquéllos que dieron a los monstruos marinos los más modernos torpedos para que pudiesen hundir los barcos franceses cuando les diera la gana. Les exigimos responsabilidades con todo el derecho. ¡ Que sean acusados de alta traición! ¡Que se averigüe cuánto recibieron de las fábricas de armamento por suministrar armas a la canalla marina en contra de la marina civilizada!», etcétera. En resumen, reinaba intranquilidad general, la gente formaba grupos en las calles y hasta se comenzaron a levantar barricadas. En los bulevares de París se veían tiradores senegaleses con sus fusiles colocados en pirámide, y en los suburbios de la ciudad esperaban los tanques y los coches blindados. En esos momentos estaba en el Parlamento el Ministro de Marina, Francois Ponceau, pálido pero decidido, declarando: «El Gobierno acepta la responsabilidad de haber armado a las salamandras de las costas francesas con fusiles y ametralladoras submarinas, torpedos y baterías submarinas completas. Pero mientras que las salamandras francesas tienen solamente cañones ligeros de poco calibre, las alemanas están armadas con cañones de 32 cms.; mientras que en las costas francesas existe un almacén submarino de granadas de mano, torpedos y explosivos, cada 24 kilómetros, como promedio, en las profundidades de las costas italianas existen depósitos de material de guerra cada veinte kilómetros, y en las aguas territoriales alemanas cada dieciocho kilómetros. Francia no puede dejar, y no dejará, sus costas indefensas. Francia no puede dejar de armar a sus salamandras. El Ministerio hará investigaciones y castigará severamente al culpable de la trágica confusión ocurrida en las costas de Normandía. Parece ser que las salamandras consideraron las señales rojas como una orden a las tropas para que las atacasen y, como es natural, trataron de defenderse. Hasta ahora han sido relevados de sus funciones tanto el comandante del Jules Flambeau, como el prefecto de Cherburgo. Una comisión especial averiguará también cómo se portan los contratistas de obras hidráulicas con las salamandras. En lo sucesivo se ejercerá una firme vigilancia en este sentido. El Gobierno lamenta profundamente las pérdidas de vidas humanas. Los tres jóvenes héroes nacionales, Pierre Cajus, Marcel Bernard y Louis Kermadec, serán condecorados y enterrados por cuenta del Gobierno, y sus familiares recibirán una pensión honorífica. En las más altas esferas de la marina francesa se producirán cambios de importancia. El Gobierno pedirá al Parlamento un voto de confianza en cuanto pueda dar noticias más concretas.» Después de esto, el Gabinete anunció que se reunía en sesión permanente.
Mientras tanto, los periódicos —según su color político— proponían expediciones de castigo, sometimiento por hambre, colonización o una cruzada contra las salamandras, una huelga general, la dimisión del Gobierno, la detención de todos los contratistas que empleaban salamandras, la detención de los dirigentes y agitadores comunistas y muchas otras medidas de seguridad. Ante la perspectiva de que fuesen cerradas las costas y puertos, empezaron las gentes a pertrecharse febrilmente de productos alimenticios y, con ello, los precios de toda clase de mercancías aumentaron a una velocidad vertiginosa. En las ciudades industriales estalló una tormenta contra el aumento de precios. La Bolsa se cerró durante tres días. Era, sencillamente, la situación más tensa y terrible de los últimos tres o cuatro meses. En aquellos momentos intervino en el asunto, cambiando completamente la situación, el Ministro del Interior, M. Monti. Ordenó que en las costas francesas fueran arrojados al mar, dos veces por semana, tantos y cuantos vagones de manzanas para las salamandras, desde luego por cuenta del Estado. Esta medida contentó extraordinariamente a las salamandras y tranquilizó a los hortelanos de Normandía y de otros lugares. Pero Monsieur Monti fue aún más lejos en este sentido. Como ya hacía tiempo que había problemas en las regiones vinícolas, a causa de la falta de consumo, ordenó el Ministro que, a cargo del Estado, se entregase diariamente a cada salamandra medio litro de vino blanco. Al principio las salamandras no sabían qué hacer con él, porque al beberlo sufrían fuertes diarreas, así que lo tiraban al mar. Pero con el correr del tiempo se acostumbraron a él y se advirtió que, desde entonces, las salamandras se apareaban con más entusiasmo, aunque con menor fecundidad que antes. Así fueron resueltas, de golpe, la cuestión agraria y la de las salamandras. La terrible tensión cedió, y cuando, al cabo de algún tiempo, se produjo una nueva crisis a causa del escándalo financiero de Madame Tóppler, el ingenioso y capacitado señor Monti se convirtió en el nuevo Ministro de Marina.
CAPÍTULO III
Incidente en el Canal de la Mancha
Algún tiempo después navegaba el barco de pasajeros Oudembaurgh, de nacionalidad belga, desde Ostende hacia Ramsgate. Cuando estaban en mitad del Paso de Calais observó el oficial de servicio que, media milla al sur del curso normal, «algo ocurría.» Como no podía distinguir si se estaba ahogando alguien, ordenó navegar hacia aquel lugar tan fuertemente agitado. Unos doscientos pasajeros contemplaron desde cubierta un extraordinario espectáculo. Aquí y allá saltaba de pronto el agua como un surtidor, aquí y allá surgía de ella algo como un cuerpo negruzco. Al mismo tiempo, la superficie del agua, en una extensión aproximada de trescientos metros, se agitaba locamente, hervía y se oía subir de las profundidades un fuerte ruido. «Parecía que, bajo el agua, hervía un pequeño volcán.» Cuando el Oudembourgh se estaba acercando hacia el lugar, surgió de pronto, a unos diez metros de él, una enorme ola seguida de una terrible explosión. Todo el barco se levantó bruscamente, en el puente cayó una lluvia de agua hirviente y, junto con ella, un cuerpo negruzco que se retorcía y emitía alaridos terribles. Era una salamandra completamente quemada y destrozada. El oficial de mando ordenó inmediatamente dar marcha atrás, para que el barco no penetrase directamente en el centro de aquel infierno explosivo. Pero, mientras tanto, se produjeron estallidos en todas direcciones y la superficie del mar se vio cubierta de pedazos de salamandras destrozadas. Finalmente consiguió el barco virar y, a todo vapor, escapó hacia el norte. Entonces se escuchó una explosión angustiosa unos seiscientos metros a sus espaldas, y del mar surgió una columna de más de cien metros de agua y vapor. El Oudembourgh se dirigió hacia Harwich y envió en todas direcciones una advertencia por telegrafía sin hilos: «¡Atención! ¡Atención! ¡Atención! En la línea marítima Ostende-Ramsgate hay gran peligro de explosiones submarinas. No sabemos cuál es su origen. Aconsejamos a todos los barcos que se desvíen de esa ruta.» Mientras tanto, continuaban las explosiones y los ruidos, casi igual que cuando se ejecutan maniobras militares. Pero la visibilidad era nula a causa del humo y el vapor. Ya para entonces, de Dover y Calais salían a toda marcha torpederos y destructores, así como flotillas de aviación militar, hacia el lugar del suceso. Pero al llegar allí encontraron solamente las aguas turbias, como una especie de barro amarillento en su superficie, cubierta de peces muertos y pedazos de salamandras.