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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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—Ridículo —respondió ella secamente—. Por ese precio ni tan siquiera podríamos llegar a pintar su condenada nave. Pero haré una rebaja: cuarenta y cinco.

—Veinticinco millones —sugirió Tuf—. Dado que me encuentro solo a bordo del Arca no es necesario que todas las cubiertas y sistemas funcionen a un nivel óptimo. Que algunas de las cubiertas más lejanas no estén en condiciones de operar, no resulta de una importancia decisiva. Afinaré mi lista inicial de peticiones para que incluya tan sólo las reparaciones que deben hacerse para mi seguridad, comodidad y conveniencia.

—Me parece justo —dijo ella—. Bajaré a cuarenta millones.

—Treinta —insistió Tuf—, me parece una cifra ampliamente satisfactoria.

—No regateemos por unos cuantos millones —dijo Tolly Mune—. Va a perder, por lo que todo esto no tiene ninguna importancia.

—Mi punto de vista al respecto difiere un tanto del suyo. Treinta millones.

—Treinta y siete —dijo ella.

—Treinta y dos —replicó Tuf.

—Está claro que vamos a ponernos de acuerdo en los treinta y cinco, ¿no? ¡Hecho! —dijo Tolly extendiendo la mano.

Tuf la miró fríamente.

—Treinta y cuatro —dijo con voz tranquila. Tolly Mune se rió, apartó la mano y dijo: —¿Qué importa? Treinta y cuatro. Haviland Tuf se puso en pie.

—Tómese otra copa —dijo ella abriendo los brazos—. Para festejar nuestra pequeña apuesta.

—Me temo que debo rechazar la invitación —dijo Tuf—. Ya haré ese festejo una vez haya ganado la apuesta. Por el momento, tengo mucho trabajo que hacer.

—No puedo creerlo —dijo Josen Rael en un tono de voz más bien estridente. Tolly Mune había puesto el volumen de su comunicador bastante alto para ahogar de ese modo las constantes e irritantes protestas de su prisionera felina.

—Josen, concédeme al menos un poco de inteligencia —dijo ella con voz quejosa—. Mi idea es condenadamente brillante.

—¡Apostar con el futuro de nuestro mundo! ¡Miles de millones de vidas! ¿Estás esperando seriamente que sancione ese ridículo pacto que habéis concluido?

Tolly Mune dio un sorbo a su ampolla de cerveza y suspiró. Luego, con una voz idéntica a la que habría utilizado para explicarle algo a un niño especialmente duro de mollera, dijo:

—No podemos perder, Josen. Piénsalo un poco, si es que esa cosa que tienes dentro del cráneo no está demasiado atrofiada por la gravedad, como les ocurre a todos los gusanos, y sigue siendo capaz de tener ideas. ¿Para qué demonios queríamos el Arca? Para alimentarnos, naturalmente; para evitar el hambre, para resolver el problema y para llevar a cabo un condenado milagro biológico. Para multiplicar los panes y los peces.

—¿Panes y peces? —dijo el Primer Consejero, aún perplejo.

—Un número infinito de veces. Es una alusión clásica, Josen; creo que cristiana. Tuf va a intentar hacer bocadillos de pescado para treinta mil millones de personas. Yo pienso que sólo conseguirá llenarse la cara de harina y atragantarse con una espina, pero eso no importa. Si fracasa conseguiremos su maldita sembradora de un modo limpio y legal. Si triunfa ya no vamos a necesitar el Arca nunca más. En ambos casos habremos ganado y tal como lo he planteado la apuesta, incluso si Tuf gana nos seguirá debiendo treinta y cuatro millones. Si por algún milagro consigue salir con bien de todo esto, seguimos teniendo bastantes posibilidades de acabar teniendo la nave, porque no podrá cumplir los términos de pago de su condenada factura. —Bebió un poco más de cerveza y le sonrió—. Josen, tienes mucha suerte de que no desee tu puesto. ¿Se te ha ocurrido alguna vez que soy mucho más lista que tú?

—Mamá, también eres mucho menos política —dijo él—, y dudo que fueras a durar ni un solo día en mi puesto. De todos modos me resulta imposible negar que te las apañas muy bien en el tuyo. Supongo que tu plan es viable.

—¿Supones? —replicó ella. —Hay realidades políticas a considerar. Los expansionistas quieren la nave; debes entenderlo… como una especie de seguro para el día en que recobren el poder. Por suerte están en minoría. En la votación conseguiremos superarles.

—Cuida de que ocurra así, Josen —dijo Tolly Mune. Cerró la conexión y se quedó flotando en la penumbra de su habitación. En la pantalla apareció nuevamente la imagen del Arca. Sus cuadrillas estaban trabajando ahora a su alrededor, preparando un muelle temporal. Luego ya vendría algo más permanente. Esperaba que el Arca estuviera por ahí durante unos cuantos siglos, así que les haría falta un sitio para guardar ese condenado artefacto e, incluso en el caso de que algún fantástico capricho de la suerte hiciera que Tuf se saliera con la suya, hacía ya algún tiempo que la telaraña debía haberse ampliado y, con ello, conseguirían alojar a centenares de naves. Con Tuf pagando la factura, le había parecido una estupidez retrasar por más tiempo la construcción. En esos instantes estaban montando un largo tubo de plastiacero traslúcido, pieza a pieza. El tubo uniría la enorme sembradora al extremo del muelle principal de modo que, tanto los cargamentos de piezas como las cuadrillas de trabajo, pudieran llegar hasta ella con mayor facilidad. En el interior de la nave ya había unos cuantos cibertec, conectados al sistema de ordenadores, reprogramándolo para acomodar los programas a las demandas de Tuf y, de paso, desmantelando cualquier tipo de trampa o defensa interna que pudiera haber dejado instalada. Eso eran órdenes secretas emanadas directamente de la Viuda de Acero; algo que Tuf ignoraba por completo. Se trataba de una simple precaución suplementaria. por si resultaba ser un mal perdedor. No quería monstruos o plagas emergiendo de su regalo una vez que abriera la caja. En cuanto a Tuf, sus fuentes le habían dicho que tras abandonar la sala de juegos del hotel apenas sí había salido de su sala de ordenadores. Avalada por su autoridad como Maestre de Puerto, los bancos de datos del consejo habían accedido finalmente a darle toda la información que precisara y, por lo que Tolly sabía, precisaba grandes cantidades de ella. Los ordenadores del Arca se encontraban también atareados trabajando en amplias series de cálculos y simulaciones.

Tolly Mune se veía obligada a reconocer eso en favor de Tuf: lo estaba intentado con todo entusiasmo.

La jaula del rincón se estremeció levemente al estrellarse Desorden contra uno de sus lados. La gata emitió un leve maullido de dolor y Tolly sintió pena por ella. También Tuf le daba pena. Quizá, cuando hubiera fracasado, pudiera encargarse de que le entregaran esa nave que le había ofrecido en un principio.

Pasaron cuarenta y siete días. Durante ese tiempo, las cuadrillas trabajaron en series de tres turnos, de tal modo que la actividad alrededor del Arca era tan constante e incansable como frenética. La telaraña se extendió hacia la sembradora y acabó sumergiéndola. Los cables serpentearon a su alrededor como lianas en la selva y una red de tubos neumáticos entraba y salía de sus escotillas como si fuera un moribundo cuidadosamente atendido en el mejor de los centros médicos. De su casco brotaron las burbujas de plastiacero como si fueran enormes verrugas plateadas; tentáculos de acero y aleaciones especiales se entrecruzaron por ella como venas y los trineos de vacío zumbaban junto a su inmensa silueta como insectos con aguijones de fuego. Por todo el lugar, tanto dentro como fuera de la nave, se veía el incesante ir y venir de las cuadrillas de trabajadores. Pasaron cuarenta y siete días. El Arca fue reparada, modernizada, abastecida y mejorada. Pasaron cuarenta y siete días sin que Haviland Tuf saliera ni un solo minuto de su nave. Al principio estuvo viviendo en su sala de ordenadores, según informaron las cuadrillas, con las simulaciones funcionando día y noche y torrentes de datos rugiendo a su alrededor. Durante las últimas semanas se le había visto con cierta frecuencia en su pequeño vehículo de tres ruedas recorriendo el eje central de la nave, de treinta kilómetros de longitud, con una gorra verde en la cabeza y un pequeño gato de pelaje grisáceo en su regazo. Apenas si parecía fijarse en los s’uthlameses que trabajaban en la nave pero, de vez en cuando, se dedicaba a calibrar los instrumentos de una subestación cualquiera o comprobaba las interminables series de cubas, tanto grandes como pequeñas, que se alineaban junto a esos muros ciclópeos. Los cibertec se dieron cuenta de que había en curso ciertos programas de clonación y de que el cronobucle estaba funcionando y consumía enormes cantidades de energía. Cuarenta y siete días pasaron con Tuf viviendo en una soledad casi total, trabajando incesantemente con la única compañía de Caos. Durante esos cuarenta y siete días Tolly Mune no habló ni con Tuf ni con el Primer Consejero Josen Rael. Sus deberes como Maestre de Puerto, descuidados por completo durante la crisis del Arca, fueron más que suficientes para mantenerla ocupada. Tenía disputas que escuchar y resolver, ascensos que revisar, construcciones por supervisar, diplomáticos llenos de condecoraciones a los que agasajar antes de facturarlos vía ascensor, presupuestos que diseñar y muchas nóminas que sellar con su pulgar. y también tenía que entendérselas con una gata.

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