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El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]

Электронная книга - «El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]». Краткое содержание книги:

Llegó un momento en que el hombre tuvo que admitir que no le sería posible alcanzar las estrellas. Lo había sospechado por los cinturones radioactivos de Van Allen, cuando fueron descubiertos por el sabio astrónomo que le dio su nombre, hasta que gradualmente, se llegó a su total certidumbre.
Pero el hombre, con su interminable ingeniosidad, resolvió el problema con el auxilio de los telépatas, y con la ayuda de una gigantesca organización del más alto secreto, llamada “Anzuelo”, mediante la cual, los hombres podían lanzar sus mentes a las profundidades del espacio. Y en una de esas ocasiones, Sheperd Blaine, mientras exploraba su camino asignado por el “Anzuelo” tomó contacto con una criatura fantástica, sin forma, omnisciente, una amsitosa Cosa de Color de Rosa que le dijo: “Intercambio mente con la tuya”.
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—Sí, ya lo conocemos — dijo Andrews —. Precisamente es un dispositivo sencillo; pero bastante ingenioso. Lo empezamos a desarrollar hace un par de años.

—Úsenlo — afirmó Blaine con calor —. Llamen a todos los que puedan. Pasen esa urgencia máxima a cada uno de los que avisen, para que ellos a su vez continúen, advirtiéndolo por todas partes. Formen como una cadena de comunicación telepática.

Andrews sacudió la cabeza.

—No nos será posible comunicarnos con todos.

—Tiene usted que intentarlo — disparó Blaine impulsado por su entusiasmo enervante.

—Lo intentaremos, por supuesto — contestó Andrews —. Todos haremos lo que esté en nuestras manos. No piense que somos ingratos. Muy lejos de tal cosa. Le estamos agradecidos y nunca podremos pagarle este favor. Pero…

—Pero, ¿qué?

—No podrá usted permanecer aquí, Blaine — dijo Jackson —. Finn está sobre su pista, y el Anzuelo también, con toda seguridad. Y vendrán aquí a echar un vistazo, sin lugar a dudas. Tienen que figurarse que ha venido usted a refugiarse en Hamilton.

—¡Dios mío! — exclamó Blaine —. He venido aquí porque…

—Lo sentimos de veras, Blaine — le dijo Andrews —. Sabemos lo que piensa usted. Trataríamos de esconderle; pero si le encontraran…

—Bien, de acuerdo. Podrían, al menos, dejarme un coche.

—Demasiado peligroso. Finn estará vigilando los caminos. Y podría fácilmente localizar la matrícula.

—¿Y qué podría hacer entonces? ¿Las colinas, quizá?

Andrews afirmó con un gesto de cabeza.

—¿Podrían proporcionarme comida?

—Yo le daré lo que necesite, Blaine — afirmó Jackson.

—Y ni que decir tiene que podrá volver cuando lo desee — dijo Andrews —. Cuando todo esto haya pasado, seremos felices de tenerle entre nosotros.

—Muchísimas gracias — concluyó Blaine.

XXX

Blaine se quedó sentado en un paraje solitario, bajo un árbol que crecía en una estribación de uno de los grandes farallones y se quedó mirando fijamente a través del río. Una bandada de patos silvestres cruzaba el valle, formando un oscuro trazo contra el cielo, por encima de las colinas orientales. Era el tiempo en que ya comenzaban su paso las grandes bandadas de aves migratorias que huían de las zonas frías buscando otras más templadas, huyendo lejos del lugar en que anidaron en la primavera. Pensó que aquel territorio se había visto poblado por los búfalos y los osos, hacía ya tanto tiempo… pero ambas especies se habían perdido, especialmente los búfalos, quedando apenas algunos ejemplares aislados y perdidos de osos. El hombre los había barrido de la faz de la tierra en su salvaje persecución, suprimiendo prácticamente del mundo de la naturaleza animal las tres especies típicas, la volatería, el búfalo y el oso. Y muchas otras cosas además. Continuó pensando en la funesta capacidad del Hombre para destruir las especies vivientes del mundo animal, a veces por el temor a la furia destructiva y en parte por la ambición de la ganancia económica. Y aquello, también podría suceder con respecto a los paranormal-kinéticos, si triunfaba el diabólico plan cargado de odio de Finn. Allá abajo en Hamilton, harían todo lo posible; pero ¿sería suficiente? Disponían de treinta y seis horas en las cuales tenían que poner en marcha un vastísimo plan de aviso en cadena. Podrían suprimir los incidentes, pero ¿podrían evitarlos completamente? Aquello, bien pensado, parecía imposible. Aunque él debería ser el último en preocuparse, ya que le habían desplazado fuera de la ciudad. Su misma gente, en una ciudad en la que se sentía como en su propio hogar, le habían dejado marcharse por miedo. Se inclinó hacia la bolsa en que Jackson le había preparado la comida. La sacó y puso a un lado la cantimplora que le habían adosado al saco del alimento.

Hacia el sur, pudo apreciar el humo de las chimeneas distantes de Hamilton y a pesar de su sorda irritación por haber sido echado fuera de la ciudad, le pareció volver a sentir aquel extraño sentimiento hogareño que le había invadido cuando pisó la primera calle de la población. En el mundo existían muchísimas poblaciones parecidas a aquélla, sin duda, ghettos de última hora, donde las gentes paranormales vivían en paz y aisladas. Eran las únicas gentes que podían considerarse arrinconadas en la Tierra, esperando el día, si es que llegaba alguna vez, en que sus hijos o sus nietos pudiesen gozar de la libertad de pasearse libremente por la faz del mundo en igualdad de derechos y situación que las demás gentes consideradas simplemente como normales.

En aquellas poblaciones existía una riqueza fabulosa de capacidades perdidas y estériles, capacidades y genio que el mundo podría usar; pero que ignoraba a causa de la intolerancia y el odio que se había levantado contra la verdadera gente capacitada para ello. Y la lástima de todo aquello era que tal odio y tal intolerancia no hubiese nacido nunca, no podía jamás haber existido, de no ser por hombres como Finn, por los mojigatos fanáticos, por los egomaníacos y los duros y severos puritanos, hombres mezquinos que necesitaban hacer crecer el poder de levantarles de su propia pequeñez miserable y sórdida. «Siempre hubo un sentido de moderación en la humanidad», pensó Blaine. Pero tal sentido últimamente se había perdido totalmente. O se estaba por el hombre, o completamente contra el hombre. Parecía haber desaparecido todo término medio.

Se podía tomar el ejemplo de la Ciencia. La ciencia había fracasado en el sueño de siglos por la conquista del espacio, y la ciencia fue un desengaño en tal aspecto. Y con todo, los hombres de ciencia todavía trabajaban y continuarían haciéndolo tenazmente en beneficio de la humanidad. En tanto el Hombre exista, tendrá una absoluta necesidad de cultivar la ciencia. En el Anzuelo, había legiones de científicos trabajando incansablemente en descubrimientos y problemas que abarcaban a toda la Galaxia, y con todo eso, no obstante, en las mentes de las masas, la ciencia era algo despreciable y grosero.

«Pero quedaba el futuro», se dijo Blaine a sí mismo. Era inútil quedarse detenido a pensar en tales cosas. Entonces era inútil pensar, había que moverse hacia delante, proyectarse al futuro, ya que no quedaba otro remedio. Por el momento él había avisado a sus gentes de Hamilton y había que encararse con aquel inmediato y urgente problema.

Tenía que ir a buscar a Pierre y a Harriet al café donde colgaba en la puerta principal una cabeza de alce. Quizá encontraría allí a algunos hombres de Stone, quienes podrían proporcionarle un lugar adecuado para refugiarse. Se levantó y se echó al hombro el saco y la cantimplora. Tras él se produjo un repentino ruido y se volvió a mirar lo que sucedía, con el cabello de punta por la sorpresa.

La chica acababa de caer suavemente sobre la hierba, graciosamente, como un pájaro que se posa tras un vuelo, bella como un amanecer. Blaine se la quedó mirando fijamente, cautivado por su belleza, ya que era realmente la primera vez que podía contemplarla a la luz del día. La primera vez apenas la había distinguido bien en la noche, cuando su trágica odisea en compañía del desgraciado Riley, apenas apreciable con la luz de los faros del camión, y la segunda fue solamente un instante en aquella habitación del motel de Plainsman y casi en la penumbra. Cuando sus pies tocaron el suelo se le aproximó suavemente.

—Acabo de descubrir lo sucedido — dijo Anita —. Pienso que es una vergüenza, ya que después de todo, has venido a ayudarnos.

—Está bien — le dijo Blaine —. No niego sus aprensiones y comprendo en cierto modo sus razonamientos, aunque me hayan herido.

—Han trabajado mucho y muy duro para conservar este lugar de paz para nosotros y hay que perdonárselo. Han tratado de darnos una vida decente. Y no pueden permitirse el lujo de arriesgar apenas nada.

—Lo comprendo — dijo Blaine —. He visto a algunos que no fueron capaces de conseguir una vida decente.

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