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Juego del Depredador

Электронная книга - «Juego del Depredador». Краткое содержание книги:

Después de ser torturado, el ex SEAL y Caminante Fantasma, Jess Calhoun, regresa a su ciudad natal en Sheridan, Wyoming, donde posee una estación de radio local. Sus intenciones son vivir tranquilamente, escribir canciones y realizar su fisioterapia.
Saber Wynter contesta a un anuncio para la estación de radio… el trabajo perfecto de noche para ella. Es afortunada al alquilarle a Jess, el segundo piso de la estación, en donde también puede trabajar como un ama de casa de medio jornada.
Jess pasa la mayor parte de su tiempo encerrado y aislado en su oficina privada. Pero frente a la fragilidad e inocencia de Saber se despierta en su alma, el poderoso deseo de protegerla, cuidarla y… amarla.
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– Quiero que te quedes conmigo.

Sus ojos lo fulminaron con la mirada. Dolor. Traición. Cólera.

– Has hecho que sea imposible. Quienquiera que estuvo al otro extremo de esa conexión sabe sobre mí. Compartiste la información. Enviaste mis huellas e hiciste preguntas, alzaste las banderas. Sabías que estaba huyendo pero aún así lo hiciste.

Él se estremeció ante la severa acusación en su voz.

– Saber, sabes condenadamente bien qué todo que lo que hago es clasificado. Sería criminalmente negligente si no investigara a una mujer sin pasado que viviera en mi casa.

– He vivido aquí cerca de un año, Jesse. ¿Por qué ahora? ¿Por qué de repente?

– No lo hice antes porque creía que eras una mujer que huía de un marido que abusaba de ti. Pero al hablar telepáticamente, no me dejaste más opción. Whitney tiene gente en todas partes. Tiene tantos contactos que puede colocar a alguien en donde desee… incluyendo la Casa Blanca. No podía ignorar la posibilidad que pudieras estar trabajando contra nosotros.

– ¿Sabes qué? Eso ya no me importa. -Tenía que salir antes que comenzara a gritar. Una vez que comenzara, nunca sería capaz de parar. Jess había representado esperanza. Hogar. Amor. Una oportunidad. Todo eso se había ido en un instante.

Abandonando la habitación, incapaz de aguantar mirar esas fotografías. Incapaz de aguantar que él hubiera permitido que alguien más las viera. Incapaz de aguantar el hecho que siquiera existieran en primer lugar.

– Por supuesto que importa. -Jess la siguió, tirando el archivo y empujando con fuerza las ruedas de su silla para deslizarse a través del suelo y seguir el ritmo de ella-. Protegemos a los nuestros, Saber. Nadie más va a tener acceso a ese archivo. Incluso puede que haya un modo de destruir los datos del ordenador de Whitney.

Ella le envió una abrasadora mirada sobre su hombro.

– Él debe tener una copia de seguridad y puedo garantizarte que tu amigo la tiene también. Querrán estudiarme, Jess. Querrán entender como lo hago y si puede ser duplicado. Viví en el infierno y no regresaré allí. Ni por ti, ni por nadie más.

Ella se movía más rápido, dirigiéndose hacia la parte posterior de la casa. No iba a tomar sus cosas. Si él permitía que se marchara, si no la detenía, desaparecería en el aire.

– Saber, no hagas esto.

– No me has dado otra opción. -Dejó de correr, atravesando el cuarto de ejercicios hacia el porche trasero.

Él tenía una posibilidad de detenerla. Ella podía superarlo en la silla de ruedas, pero no si él usaba las piernas. Era ahora o nunca, el momento más importante de su vida. Obligó a su cuerpo a ponerse de pie, sus piernas vacilaron, pero estaba determinado. Ella echó un vistazo sobre su hombro y su cara se volvió blanca. Ella tropezó al detenerse mientras él realizaba un tentativo paso, luego un segundo. Se estrelló contra el suelo, toda su longitud echada en el piso, su cuerpo golpeándose con fuerza.

Jess blasfemó, la furia ribeteó de negro su visión cuando intentó sentarse, arremetiendo con su puño sobre sus inútiles piernas. A través del cuarto, Saber jadeó y se apresuró a ir hacia él. Entonces redujo la marcha y se paró otra vez, sacudiendo la cabeza.

– Maldición, Saber.

Lo vio en su rostro. Ella iba a abandonarlo en el suelo. Realmente se marchaba. Giró alejándose de él y emprendió el trayecto de regreso cruzando el cuarto hacia la puerta.

Con cada trozo de determinación que tenía, Jess se impulsó a sí mismo a levantarse, obligando sus inútiles piernas a trabajar. Visualizó la ruta en su cabeza exactamente cómo sus doctores le habían enseñado y envió orden tras orden hacia los nervios y músculos motrices. Se moverían. Muévete, maldita seas. No la perderé. Sintió un estallido de pinchazos recorriéndole de arriba a abajo por sus piernas, ardientes chispas quemando sus tejidos. No habría ningún paso tentativo en esta ocasión. La persiguió.

Saber agarró la manija para abrir la puerta de un tirón. Esta se le escapó de sus manos y de un golpetazo se cerró con fuerza, el poder aumentaba en el cuarto. La ventana se cerró de otro fuerte golpe. No había sabido que él pudiera hacer eso, mover objetos sin tocarlos. ¿Qué es lo que realmente sabía sobre él? Echó un vistazo sobre su hombro y lo vio venir. Y luego esto se registró en su mente. Jesse estaba de pie.

Era grande. Más grande de lo que había imaginado. Y fuerte. Conocía su fuerza. Entrenaba a diario y alzaba el peso de su cuerpo repetidas veces con los brazos. Ella nunca creyó que lo vería de pie, y la estaba alcanzando rápidamente, sus largas zancadas disminuían la distancia entre ellos. Su mirada estaba fija en ella, tenía fuego en los ojos, una furia que ella nunca había visto antes, y había una despiadada determinación en su rostro.

La conmoción al verlo de pie le quitó el aliento. Abrió la boca pero nada salió.

Puedes caminar. Miserable hijo de puta, has estado sentando en esa silla todo el tiempo poniéndome en ridículo y podías caminar.

Apenas si podía pensar por la traición. La rabia ardía por sus venas, extendiéndose por ella como un fuego incontrolable.

– Asqueroso bastardo. Eres un despreciable, miserable y manipulador mentiroso, no mejor que Whitney.

Antes de que pudiera decir algo más, los pies de Saber fueron barridos haciéndola caer despiadadamente sobre la mullida alfombra. Jess la agarró antes que chocara y rodando sobre sí para tomar lo peor del aterrizaje. Ella se encontró sobre él, su cuerpo contra el de él, a pulgadas de su rostro. Los brazos de él se cerraban fuertemente alrededor de ella, manteniéndola en su lugar.

– Deja de luchar, maldición. Estás enojada y herida y te sientes traicionada. Y quizás tengas derecho a sentirte así.

– ¡¿Quizás?!

– Sí, tal vez, coño. Ponte en mis zapatos. ¿Qué habrías hecho de diferente?

– Bien… -ella se desprendió para intentarlo nuevamente-. No te habría engañado -ella lo empujó otra vez-. Y me estás reteniendo contra mi voluntad. Suéltame y déjame salir de aquí.

– Escúchame, Saber. Si, después de hablar, aún quieres marcharte, respetaré tu decisión, pero no así, Saber. Al menos dame una oportunidad de explicarme.

– ¿No estás asustado? -Siseó ella, furiosa por no poder romper su apretón.

– ¿De qué? ¿De ti? Nunca me harías daño, Saber, ni en un millón de años.

– No es cierto.

– Estoy absolutamente seguro. ¿Me veo asustado?

– Te ves como un mentiroso. Pretendiste estar en esa silla cuando todo este tiempo podías caminar. Y pretendiste preocuparte por mí cuando todo este tiempo me engañabas, vendiéndome a tus amigos.

– Me conoces mejor que eso -el muslo de él se enganchaba entre sus piernas, eficazmente evitando sus forcejeos-. Detente. No irás a ninguna parte hasta que hablemos.

– No quiero hablar contigo.

Él rodó, atrapándola bajo su cuerpo mucho más grande, y luego agarró ambas muñecas de modo que pudiera usar la otra mano para obligarla a mirarlo.

– Bien, tienes que hablarme, Saber.

Durante unos momentos su mirada luchó contra la de él, el cuerpo de rígido.

– Wynter -intentó con su verdadero nombre.

Su cabeza se alzó bruscamente, sus ojos ardían.

– ¿Cómo me llamaste?

La sostuvo con más firmeza. Su silla estaba en la otra habitación y si se escapaba, se iría y nunca la vería otra vez, porque después de esa explosión de fuerza, no tenía más sensibilidad -ninguna en absoluto- en sus piernas. Estas permanecían pesadas e inútiles en el suelo.

– Creí que te podría gustar que te llamaran por tu nombre de pila.

– No me llames así. Odio ese nombre. Él me lo dio y desprecio todo que lo me lo recuerde.

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