El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– ¿Qué tenemos? -preguntó Hanken.
Lynley se puso las gafas. Hasta el momento, había podido identificar todos los objetos encontrados en el coche, pero ignoraba qué era aquel cilindro. Medía poco más de cinco centímetros de largo, era perfectamente liso por dentro y por fuera, y cada extremo estaba curvado y pulido, lo cual sugería que formaba una única pieza. Se abría por la mitad mediante un gozne. En cada mitad se había practicado un agujero, que llevaba un perno atornillado.
– Parece de una máquina -dijo Hanken-. Una tuerca. Un diente de rueda. Algo por el estilo.
Lynley negó con la cabeza.
– Carece de muescas interiores.
– Entonces, ¿qué? Trae, deja que le eche un vistazo.
– Guantes, señor -ladró Mott, siempre vigilante, y arrojó un par a Hanken, que se los puso.
Entretanto, Lynley había dedicado al cilindro un escrutinio más detenido.
– Tiene algo dentro. Una especie de depósito.
– ¿Aceite de motor?
– No, a menos que ahora el aceite de motor se solidifique -dijo Lynley.
Hanken lo cogió y examinó. Le dio vueltas en su palma.
– ¿Una sustancia? ¿Dónde? -preguntó.
Lynley señaló una mancha en forma de hoja de arce pequeña en un extremo del cilindro. Algo se había depositado allí, y secado hasta adquirir el color del peltre. Hanken la escudriñó, y llegó al extremo de olería, como un sabueso. Pidió a Mott una bolsa de plástico.
– Ordene que analicen esto ahora mismo -dijo.
– ¿Alguna idea? -le preguntó Lynley.
– Ninguna -contestó-. Podría ser cualquier cosa. Un poco de crema para ensalada. Mayonesa de un bocadillo.
– ¿En el maletero del coche?
– Se fue de picnic. ¿Cómo demonios voy a saberlo? Para eso están los forenses.
Era cierto, pero Lynley se sentía inquieto a causa del cilindro, y no estaba seguro de por qué.
– Peter -dijo, en un intento de ser delicado con la petición, pero sabiendo cómo sería interpretada-, ¿te importaría que echara un vistazo al lugar de los hechos?
No tenía por qué preocuparse. Hanken estaba ansioso por dedicarse a otras cosas.
– Adelante. Yo me encargo de Upman. -Se quitó los guantes y sacó los Marlboros por última vez-. No sufra un infarto, agente. No voy a encenderlo aquí. -Una vez fuera de los dominios de Mott, prosiguió mientras encendía el cigarrillo-. Ya sabes a qué huele esto: la chica tirándose a Upman, además de… ¿Cuántos tenemos hasta ahora?
– Julian Britton y el amante de Londres -confirmó Lynley.
– Y Upman será el tercero en cuanto haya hablado con él. -Hanken dio una profunda bocanada-. ¿Cómo crees que se sentía nuestro Upman, sabiendo que ella se entregaba a otros dos tíos con el mismo entusiasmo que a él?
– Te estás adelantando demasiado, Peter.
– No lo creo.
– Más importante que Upman es cómo se sentía Julian Britton -señaló Lynley-. Quería casarse con ella, no compartirla. Y si, como afirma su madre, ella siempre decía la verdad, ¿cuál pudo ser su reacción cuando averiguó a qué se dedicaba Nicola?
Hanken reflexionó unos instantes.
– Es más fácil que Britton se procurase un cómplice -admitió.
– No solo él -dijo Lynley.
Samantha McCallin no quería pensar, y cuando no quería pensar, trabajaba. Empujó una carretilla por el viejo suelo de roble de la Galería Larga, cargada con una pala, una escoba y un recogedor de polvo. Se detuvo ante la primera de las tres chimeneas de la estancia y se aplicó a eliminar la arena, el tizne, el polvillo del carbón, las deyecciones de pájaros, los nidos viejos y los helechos que por la mañana había desatascado de la chimenea. En un intento de disciplinar sus pensamientos, contaba sus movimientos: uno-recoger con la pala, dos-levantar, tres-girar, cuatro-tirar, y de esta forma vació el hogar de lo que parecían cincuenta años de escombros. Descubrió que, mientras conservaba el ritmo, era capaz de controlar su mente. Fue cuando pasó de recoger con la pala a barrer que sus pensamientos se desbocaron.
La comida había sido tranquila, con los tres alrededor de la mesa en un silencio apenas interrumpido. Solo Jeremy Britton había hablado durante la comida, cuando Samantha había depositado en mitad de la mesa una bandeja de salmón. Su tío le había cogido la mano, de forma inesperada, para luego llevársela a los labios y proclamar:
«Nos sentimos agradecidos por todo lo que estás haciendo aquí, Sammy. Nos sentimos muy agradecidos.»
Y le había dedicado una larga, lenta y expresiva sonrisa, como si compartieran un secreto.
Aunque no era así, se dijo Samantha. Pese a que su tío le había revelado sus sentimientos hacia Nicola Maiden el día anterior, ella había logrado ocultar los suyos.
Era necesario. Ahora que la policía estaba al acecho, hacía preguntas y miraba a todo el mundo con abierta suspicacia, era crucial esconder lo que sentía por Nicola Maiden.
No la había odiado. Había percibido lo que era Nicola y le había desagradado, pero no la había odiado. Solo había reconocido que era un impedimento para conseguir lo que Samantha deseaba.
En una cultura que le exigía encontrar a un hombre con el fin de definir su mundo, Samantha no se había cruzado con una perspectiva decente durante los últimos dos años. Puesto que su reloj biológico desgranaba el tiempo, y su hermano se negaba hasta a tomar una taza de café con una hembra prometedora, no fuera que le pidiera unir su vida a la de él, empezaba a creer que la responsabilidad de ampliar la familia descansaba solo sobre sus hombros. Pero había sido incapaz de olfatear a un macho pese a la humillación de enviar anuncios personales, inscribirse en un servicio de citas y dedicarse a actividades tales como cantar en el coro de la iglesia. Como resultado, había experimentado una creciente desesperación por establecerse, lo cual significaba, claro está, reproducirse.
Por una parte, consideraba ridículas sus ansias de casarse y reproducirse. Las mujeres de hoy en día tenían carreras y vidas independientes de sus maridos e hijos, y a veces estas carreras y vidas excluían por completo la opción de maridos e hijos. Pero por otra parte, creía que fracasaría si efectuaba sola la travesía de la vida. Además, se decía, deseaba tener hijos. Y quería que esos hijos tuvieran un padre.
Julian le había parecido un candidato óptimo. Se habían llevado bien desde el principio. Eran como colegas. Habían consolidado una rápida intimidad nacida del interés mutuo por restaurar Broughton Manor. Y si al principio ese interés había sido un invento de ella, se había convertido en algo muy real al poco tiempo, cuando comprendió cuánto apasionaba ese sueño a su primo. Y ella podía ayudarle a concretarlo. No solo trabajando a su lado, sino invirtiendo en el caserón la sustanciosa suma de dinero heredada de su padre.
Todo le había parecido lógico y predeterminado. Pero ni la camaradería con su primo, ni su fortuna ni sus esfuerzos por demostrar a Julian su valía habían despertado el menor interés en él, salvo el interés afectuoso que puede inspirar el perro de la familia.
Al pensar en los perros, Samantha se estremeció. No tomaría aquella dirección, pensó con firmeza. Caminar por ese sendero la conduciría de forma inexorable a pensar en la muerte de Nicola Maiden. Y pensar en su muerte era una perspectiva tan intolerable como pensar en su vida.
No obstante, el acto de intentar no pensar en ella la obligó a pensar en ella de todos modos. Mentalmente la vio como la había visto la última vez.
– No te caigo muy bien, ¿verdad, Samantha? -le había preguntado Nicola mientras observaba su rostro-. Es por Jule, ¿verdad? No lo quiero para mí. No de la forma que las mujeres suelen querer a los hombres. Es tuyo. Si puedes conquistarle, claro.