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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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—¿Sabes en qué dirección partieron, Almurat?

Mor sacudió la cabeza.

—Fueron hacia el norte, y en las caballerizas de palacio se mencionó Jehannah, pero eso parece un intento obvio de engaño. Habrán cambiado de dirección a la primera oportunidad. Hemos comprobado embarcaciones lo bastante grandes para llevar al grupo a través del río, pero las de ese tamaño van y vienen todo el tiempo. No hay control en este sitio, ni orden.

—Esto me da mucho en que pensar.

El Buscador hizo una leve mueca, pero pareció comprender que había obtenido todo el compromiso que Karede estaba dispuesto a conceder. Asintió con la cabeza.

—Sea lo que sea lo que decidas hacer, debes saber esto. Quizá te preguntes cómo extorsionaba la chica a esos mercaderes. Al parecer la acompañaban siempre dos o tres soldados. La descripción de sus armaduras ha sido muy precisa también. —Alargó la mano un tanto como si fuera a tocar la bata de Karede, pero, muy sensatamente, la dejó caer al costado—. Casi todo el mundo lo llama negro a eso. ¿Me entiendes? Decidas lo que decidas, no te demores. —Mor alzó la copa—. A tu salud, oficial general. Furyk. A tu salud y por el imperio.

Karede vació la copa de Ajimbura sin vacilar.

El Buscador se marchó tan de repente como había entrado y, unos instantes después de que la puerta se hubo cerrado tras él, volvió a abrirse para dar paso a Ajimbura. El hombrecillo lanzó una mirada acusadora al cuenco de cráneo, que seguía en las manos de Karede.

—¿Sabías algo de este rumor, Ajimbura? —Preguntar si el tipo había estado escuchando era como preguntar si el sol salía por la mañana. En cualquier caso, no lo negó.

—Yo no me mancharía la lengua con esa porquería, excelso señor —contestó mientras se erguía.

Karede se permitió el lujo de suspirar. Tanto si la desaparición de lady Tuon era obra de ella misma como de otro, corría un gran peligro. Y, si el rumor era algún ardid de Mor, el mejor modo de romper el juego de otro era hacer propio el juego.

—Dispón mi navaja de afeitar. —Tomó asiento y alargó la mano derecha hacia la pluma, sosteniéndose la manga con la izquierda para que no se manchara con la tinta—. Después buscarás al capitán Musenge y le entregarás esto cuando esté solo. Regresa deprisa; tendré más instrucciones para ti.

Poco después del mediodía del día siguiente cruzaba la bahía en el transbordador que partía cada hora, según el preciso repique de campanas. Era una lenta gabarra que cabeceaba a medida que los largos remos la impulsaban sobre las agitadas aguas de la bahía. Las cuerdas que sujetaban media docena de carretas cubiertas con lona de una mercader crujían con cada bandazo, los caballos pateaban nerviosos y los remeros tenían que apartar a empujones a los conductores y guardas contratados que querían vaciar el estómago por la borda. Algunos tipos no tenían aguante para el movimiento del agua. La propia mercader, una mujer de cara rellena y tez cobriza, se encontraba en la proa arrebujada en una capa oscura, balanceándose suavemente con los movimientos del transbordador, fija la mirada en el desembarcadero al que iban aproximándose y sin prestar atención a Karede, que estaba a su lado. Aunque sólo fuera por la silla de su castrado zaino, seguramente sabía que era seanchan, pero la sencilla capa gris que llevaba le tapaba la chaqueta verde bordeada en rojo, de modo que si había reparado siquiera en él pensaría que era un soldado normal y corriente. Un colono no, debido a la espada que pendía de su costado. Quizás en la ciudad habría habido ojos más perspicaces a pesar de las medidas tomadas para evitarlos, pero contra eso no podía hacer nada. Con suerte, disponía de un día, tal vez dos, antes de que todos se dieran cuenta de que no iba a regresar a la posada al cabo de un rato.

Se encaramó a la silla tan pronto como el transbordador topó contra los pilares revestidos con cuero del muelle y fue el primero en salir cuando la puerta de carga se abrió, en tanto que la mercader apremiaba a los carreteros y los barqueros destrincaban las ruedas. Mantuvo a Aldazar a paso lento por el empedrado —aún resbaladizo por la lluvia matinal, los restos esparcidos de estiércol de caballo y los excrementos de un rebaño de ovejas—, y sólo dejó que el zaino apretara el paso cuando llegaron a la calzada de Illian, si bien lo mantuvo al trote aun entonces. La impaciencia era un error cuando se iniciaba un viaje que no se sabía lo que iba a durar.

Las posadas que flanqueaban la calzada al final del embarcadero eran edificios de techos planos, revocados con enlucido blanco descascarillado y agrietado y letreros desvaídos en la fachada o sin ninguno. Esa calzada marcaba el límite septentrional del Rahad, y hombres toscamente vestidos y repantigados en bancos delante de las posadas lo siguieron con la vista al pasar ante ellos. No por ser seanchan; sospechaba que no habrían puesto mejor cara a cualquiera que fuera a caballo. A decir verdad, a cualquiera que tuviera dos monedas que robar. Sin embargo, los dejó atrás pronto y durante las siguientes horas pasó por olivares y pequeñas granjas donde los braceros estaban acostumbrados a que hubiera transeúntes por la calzada y por ende continuaban con su trabajo sin levantar la vista. En cualquier caso el tránsito era escaso, un puñado de carretas de granjeros de ruedas altas y en dos ocasiones unas caravanas de mercaderes que traqueteaban de camino a Ebou Dar rodeadas de guardias contratados. La mayoría de los conductores y los mercaderes lucían la característica barba illiana. Era curioso que Illian siguiera enviando sus productos a Ebou Dar al tiempo que luchaba contra el imperio, pero las gentes a este lado del Mar Oriental a menudo eran peculiares, con extrañas costumbres, y poco parecidas a las historias contadas sobre la tierra natal del gran Hawkwing. Con frecuencia en nada parecidas. Había que entenderlas, naturalmente, si se quería integrarlas en el imperio, pero ese entendimiento era para otros más importantes. Él se debía a su tarea.

Las granjas dieron paso a terrenos boscosos y zonas de matorrales. Para cuando localizó lo que buscaba, su sombra se alargaba ante él y el sol se encontraba a menos de la mitad de recorrido del horizonte. Un poco más adelante, Ajimbura estaba en cuclillas al lado norte de la calzada, tocando un caramillo, la viva imagen de un vago haraganeando. Antes de que Karede llegara junto a él, guardó la flauta debajo del cinturón, recogió la capa marrón y desapareció entre la maleza y los árboles. Tras echar un vistazo atrás para comprobar que la calzada se hallaba vacía también en esa dirección, Karede hizo virar a Aldazar hacia la fronda por el mismo punto.

El hombrecillo esperaba fuera del alcance de la vista de la calzada, en un soto de un tipo de pinos grandes, el más alto de unos veinticinco metros como poco. Hizo su reverencia agachando los hombros y subió a la silla de un flaco castaño con los cuatro remos blancos. Insistía en que las patas blancas en un caballo daban buena suerte.

—¿Por aquí, excelso señor? —preguntó, y al responder Karede con un gesto de asentimiento hizo girar su montura para adentrarse más en el bosque.

Sólo tuvieron que cabalgar un trecho, menos de un kilómetro, pero nadie que pasara por la calzada habría sospechado lo que aguardaba en aquel amplio claro. Musenge había llevado a cien Guardias en buenos caballos y a veinte Ogier Jardineros, todos con armadura completa, así como animales de carga para transportar provisiones para dos semanas. El caballo de carga en el que Ajimbura había llevado el día anterior la armadura de Karede se encontraría entre ellos. Un grupo de sul’dam aguardaba de pie junto a sus monturas, algunas acariciando a las seis damane encadenadas. Cuando Musenge taconeó su montura para reunirse con Karede acompañado por Hartha, el Jardinero Mayor, que avanzaba a zancadas a su lado con gesto adusto y el hacha de mango verde al hombro, una de las mujeres, Melitene, la der’sul’dam de la Augusta Señora Tuon, subió a su montura y se unió a los dos.

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