Encrucijada en el crepúsculo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #10
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
Uno a uno desaparecieron de su conciencia, un acto deliberado de dejarlo fuera, hasta que sólo quedó Cazahojas. «La Última Cacería se aproxima», dijo finalmente, y entonces también desapareció.
«¿Os he ofendido? —lanzó su pensamiento—. Si lo hice, fue sin saberlo». Pero no obtuvo respuesta. Al menos esos lobos no volverían a hablar con él en mucho tiempo.
«La Última Cacería se aproxima». Así era como los lobos llamaban a la Última Batalla, el Tarmon Gai’don. Sabían que estarían allí, en el último enfrentamiento entre la Luz y la Sombra, aunque el porqué era algo que no podían explicar. Algunas cosas se hallaban predestinadas, tan seguro como que el sol y la luna salían y se ponían, y estaba escrito que muchos lobos morirían en la Última Cacería. Lo que temían era otra cosa. Perrin tenían la fuerte sensación de que también tendría que estar allí, o, al menos, que se suponía que tendría que estar; pero, si la Última Batalla ocurría pronto, no estaría. Tenía una tarea ante él que no podía eludir —¡que no eludiría!— ni siquiera por el Tarmon Gai’don.
Alejando de su mente tanto miedos indescriptibles como la Última Batalla, se quitó los guanteletes y tanteó el bolsillo de la chaqueta para tocar el trozo de cordón de cuero crudo que guardaba allí. En un ritual matinal, sus dedos hicieron otro nudo de manera mecánica y después deslizó los dedos por el cordón, contando. Veintidós nudos. Veintidós mañanas desde que habían raptado a Faile.
Al principio no había pensado que haría falta llevar la cuenta. Ese primer día había creído que estaba insensible y frío pero concentrado; sin embargo, al mirar atrás veía que lo había arrollado una rabia sin límites y una necesidad imperiosa de encontrar a los Shaido lo antes posible. Hombres de otros clanes formaban parte del grupo que había raptado a Faile, pero según las evidencias en su mayoría eran Shaido, y así era como pensaba en ellos. La necesidad de arrancarles a Faile de su poder antes de que resultara herida lo había agarrado por la garganta hasta casi ahogarlo. Rescataría a las otras mujeres capturadas con ella, por descontado, pero a veces tenía que recitar sus nombres mentalmente para asegurarse de que no las olvidaba por completo. Alliandre Maritha Kigarin, reina de Ghealdan y su vasalla. Todavía parecía un despropósito que alguien le hubiese prestado juramento de lealtad, especialmente una reina —¡él era herrero! Bueno, lo había sido—, pero tenía responsabilidades para con Alliandre, que no se encontraría en peligro de no ser por él. Bain, de los Shaarad de Roca Negra, y Chiad, de los Goshien de Río Pedregoso, Doncellas Lanceras que habían seguido a Faile a Ghealdan y Amadicia. También se habían enfrentado a trollocs en Dos Ríos, cuando él necesitaba a todo aquel que pudiera sostener un arma, y eso les daba derecho a requerir su auxilio. Arrela Shiego y Lacile Aldorwin, dos jóvenes estúpidas que creían que podían aprender a ser Aiel o una extraña versión de los Aiel. Habían jurado lealtad a Faile, al igual que Maighdin Dorlain, una refugiada que no tenía un céntimo y de la que Faile se había hecho cargo incluyéndola en su servidumbre. No podía abandonar a la gente de Faile. Faile ni Bashere t’Aybara.
La letanía lo devolvió a ella, a su esposa, el aliento de su vida. Con un gemido, apretó el cordón tan fuerte que los nudos se le marcaron dolorosamente en una mano encallecida por el manejo del martillo en una fragua mucho tiempo. ¡Luz, veintidós días!
Trabajar el hierro le había enseñado que las prisas echaban a perder el metal, pero al principio había actuado con precipitación, Viajando hacia el sur a través de accesos creados por Grady y Neald, los dos Asha’man, hacia donde se habían encontrado las huellas más lejanas de los Shaido, y después saltando al sur de nuevo, en la dirección que apuntaban las huellas, tan pronto como los Asha’man podían crear otro acceso. Y, mientras se mordía las uñas cada hora que necesitaban para descansar de crear el anterior y mantenerlo abierto para que pasara todo el mundo, su mente se consumía con la idea de liberar a Faile costara lo que costara. Lo que consiguió fueron días de dolor acrecentado a medida que los exploradores se dispersaban más y más lejos por territorio salvaje sin localizar ni el menor rastro de que hubiera pasado alguien por allí, hasta que comprendió que tenían que volver sobre sus pasos, desperdiciando días, para cubrir el terreno que los Asha’man les habían hecho salvar con sus accesos, y buscar cualquier indicio del punto donde los Shaido habían cambiado de dirección.
Tendría que haber sabido que lo harían. Viajar al sur los llevaría hacia tierras más cálidas, sin la nieve que tan extraña era para los Aiel, pero también los acercaría a los seanchan de Ebou Dar. ¡Él sabía lo de los seanchan, y tendría que haber supuesto que los Aiel se enterarían también! Su propósito era el pillaje, no combatir contra seanchan y damane. Días de avance lento, con los exploradores abriéndose en abanico por delante, días en los que las nevadas cegaban incluso a los Aiel y obligaban a hacer irritantes paradas, hasta que por último Jondyn Barran encontró un árbol con un rasponazo hecho por una carreta y Elyas desenterró una lanza Aiel rota de debajo de la nieve. Y Perrin había virado finalmente al este, como mucho dos días al sur de donde había Viajado la primera vez. Había querido aullar cuando se dio cuenta de eso, pero mantuvo el control. No podía venirse abajo; no cuando Faile dependía de él. Fue entonces cuando empezó a dosificar su ira, cuando empezó a forjarla.
Los secuestradores les habían sacado mucha ventaja por su precipitación, pero a partir de ese momento había sido tan prudente como lo era en una forja. Su ira se había templado, endurecido y cobrado forma para un propósito. Desde que dieron de nuevo con el rastro de los Shaido no habían Viajado en un salto más que el tramo que los exploradores habrían cubierto, ida y vuelta, entre el alba y el ocaso, y menos mal que había sido prudente, porque los Shaido cambiaron de dirección de forma repentina en varias ocasiones, avanzando en zigzag, casi como si no acabaran de decidir hacia dónde ir. O quizá se habían desviado para reunirse con más de los suyos. Lo único que tenían para guiarse eran rastros poco recientes, señales de campamentos enterradas en la nieve, pero aun así todos los exploradores convenían en que el número de Shaido se había incrementado mucho. Como poco tenía que haber dos o tres septiares juntos, tal vez más; una temible presa a la que dar caza. Lentamente, pero de modo certero, fueron acortando distancias. Eso era lo importante.
Los Shaido cubrían más terreno en su marcha de lo que habría creído posible considerando su número y la nieve, pero no parecía importarles si alguien los seguía o no. Quizá pensaban que nadie se atrevería a hacerlo. A veces habían acampado varios días en el mismo sitio. Forjar la ira para un propósito. Cual si fueran langostas humanas, los Shaido dejaban a su paso pueblos, villas y alquerías arrasados, almacenes y todo cuanto tuviera valor saqueados, hombres y mujeres capturados y llevados junto con el ganado. A menudo no quedaba nadie para cuando llegaban ellos, sólo casas vacías, ya que la gente que escapaba tenía que buscar comida en otro lugar para sobrevivir hasta la primavera. Habían entrado en Altara cruzando el Eldar por donde antes había un transbordador entre dos pueblos, en las márgenes boscosas del río, utilizado por buhoneros y granjeros de la zona, no mercaderes. Perrin ignoraba cómo habían pasado a la orilla opuesta los Shaido, pero hizo que los Asha’man crearan accesos. Del transbordador sólo quedaban los muelles de piedra de ambas orillas, y las pocas estructuras que no estaban incendiadas se hallaban desiertas salvo por tres escuálidos perros asilvestrados que se escabulleron al ver humanos. La ira se endureció y cobró forma de martillo.