Encrucijada en el crepúsculo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #10
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
—Debéis sentiros orgulloso de vuestros hijos —dijo el Buscador—. Dos siguiendo vuestros pasos en la Guardia de la Muerte, y el tercero aparece en la lista de los muertos con honor. Vuestra esposa se habría sentido muy orgullosa.
—¿Cómo os llamáis, Buscador?
El silencio que siguió era ensordecedor. Si eran pocos los que reprendían a los Buscadores aún eran menos los que les preguntaban el nombre.
—Mor —llegó finalmente la respuesta—. Almurat Mor.
Conque Mor. En tal caso, tenía un antepasado que había viajado con Luthair Paendrag y se sentía enorgullecido con razón. Sin acceso a los libros genealógicos, cosa para la que ningún da’covale tenía permiso, Karede no podía saber si alguna de las historias sobre su propia ascendencia era cierta —cabía la posibilidad de que también él tuviera un antepasado que hubiera seguido al gran Hawkwing—, pero no importaba. Los hombres que trataban de apoyarse en los hombros de sus antecesores en vez de hacerlo en sus propios pies a menudo acababan una cabeza más bajos, en especial los da’covale.
—Llámame Furik. Ambos somos propiedad del Trono del Cristal. ¿Qué quieres de mí, Almurat? No charlar sobre mi familia, creo.
Si sus hijos estuvieran en apuros, el tipo no los habría mencionado tan pronto, y Kalia estaba ya más allá de todo sufrimiento. Por el rabillo del ojo vio plasmarse en el rostro del Buscador la lucha en la que se debatía, aunque lo disimuló bastante bien. El hombre había perdido el control de la entrevista… como debía de haber esperado que ocurriera, enseñando su placa como si un Guardia de la Muerte no estuviera dispuesto a clavarse una daga en el corazón obedeciendo una orden.
—Te contaré una historia —dijo lentamente Mor—, y luego me dices qué te parece. —Sus ojos se clavaron en Karede, estudiándolo, evaluando y sopesándolo como si estuviese en una plataforma de subastas, puesto a la venta—. Esto llegó a nuestro conocimiento hace pocos días. —Con «nuestro» se refería a los Buscadores—. Empezó entre las gentes del lugar, que hayamos podido averiguar, aunque aún no hemos dado con la fuente original. Parece ser que una muchacha con acento seandarés ha estado sacando oro y joyas mediante presiones a los mercaderes aquí, en Ebou Dar. Se mencionó el título de Hija de las Nueve Lunas. —Hizo un gesto de indignación, y durante un momento las puntas de los dedos se le pusieron blancas de apretarlas unas contra otras con fuerza—. Ninguno de los lugareños parece entender lo que significa ese título, pero la descripción de la chica es sorprendentemente precisa. Sorprendentemente exacta. Y nadie recuerda haber oído ese rumor antes de la noche siguiente a… Al descubrimiento del asesinato de Tylin —terminó, prefiriendo referirse al suceso menos desagradable para precisar la fecha.
—Acento seandarés —repitió Karede con voz inexpresiva, a lo que Mor asintió con la cabeza—. Y ese rumor ha trascendido a nuestra propia gente. —No era una pregunta, pero Mor volvió a asentir. Un acento seandarés y una descripción exacta, dos cosas que ningún lugareño podría inventarse. Alguien estaba jugando un juego muy peligroso. Peligroso para sí mismo y para el imperio—. ¿Cómo se ha tomado el palacio de Tarasin los últimos acontecimientos? —Habría Escuchadores entre los sirvientes e incluso, a estas alturas, probablemente entre los propios sirvientes ebudarianos, y lo que oían los Escuchadores se transmitía enseguida a los Buscadores.
Mor entendió la pregunta, por supuesto. No era preciso mencionar lo que no debía mencionarse. Su respuesta fue en un tono indiferente.
—El séquito de la Augusta Señora Tuon sigue comportándose como si no hubiese ocurrido nada, excepto que Anath, su Palabra de la Verdad, se ha recluido, pero se me ha comentado que eso no es inusitado en ella. La propia Suroth está más consternada en privado que en público.
»Duerme mal, abofetea a sus favoritos, y ha hecho azotar a su propiedad por nimiedades. Ordenó la muerte de un Buscador cada día hasta que las cosas se resolvieran, y sólo ha revocado tal orden esta mañana, cuando comprendió que se quedaría sin Buscadores antes de que se le acabaran los días. —Encogió un tanto los hombros, quizá para indicar que eso era el pan nuestro de cada día para los Buscadores, quizá de alivio por escapar por los pelos—. Es comprensible. Si se le piden cuentas, rogará por tener la Muerte de las Diez Mil Lágrimas. Otros de la Sangre que saben lo ocurrido andan con cien ojos. Incluso unos cuantos han hecho preparativos para un funeral discretamente, en previsión de cualquier eventualidad.
Karede quería ver bien el rostro del hombre. Era inmune a los insultos —eso formaba parte del entrenamiento—, pero esto… Echó la silla hacia atrás, se puso de pie y se sentó al borde del escritorio. Mor lo miró fijamente, en tensión para defenderse contra un ataque, y Karede inhaló hondo para aplacar la ira.
—¿Por qué has acudido a mí si crees que la Guardia de la Muerte está implicada en esto? —El esfuerzo de mantener un tono desapasionado casi lo ahogó. ¡Desde que los primeros Guardias de la Muerte habían jurado sobre el cadáver de Luthair Paendrag defender a su hijo, jamás había habido una traición entre los Guardias! ¡Jamás!
Mor se relajó progresivamente al comprender que Karede no se proponía matarlo, al menos no en ese momento, pero en su frente quedó una ligera película de sudor.
—He oído decir que un Guardia de la Muerte puede ver el aliento de una mariposa. ¿Tienes algo de beber?
Karede señaló con un brusco ademán el hogar de ladrillo, donde había una copa de plata y una jarra cerca del fuego para que se conservara caliente. Llevaban allí, sin tocar, desde que Ajimbura las había llevado al despertarse Karede.
—Puede que el vino se haya quedado frío a estas alturas, pero sírvete. Y, cuando tengas mojada la garganta, responderás a mi pregunta. O sospechas de los Guardias o quieres enredarme en algún juego tuyo, y, por mis ojos, que sabré si es lo uno o lo otro y por qué.
El tipo se acercó a la chimenea sin dejar de observarlo de soslayo, pero cuando se agachó a coger la jarra frunció el entrecejo y después dio un pequeño respingo. Junto a la taza había lo que parecía ser un cuenco bordeado de plata, con un pie también de plata en forma de cuerno de carnero. ¡Luz del cielo! ¿Cuántas veces le había dicho a Ajimbura que no dejara eso a la vista? No cabía duda de que Mor había identificado el objeto por lo que era. Así que ese hombre había considerado posible la traición en los Guardias, ¿verdad?
—Sírveme a mí también, por favor.
Mor parpadeó, denotando cierta consternación —sostenía lo que era evidentemente la única copa— y entonces un brillo de comprensión apareció en sus ojos. Un brillo de inquietud. Llenó también el cuenco, no sin un atisbo de vacilación, y se limpió la mano en la chaqueta antes de coger el cuenco. Todos los hombres tenían un límite, hasta un Buscador, y si a un hombre se lo empujaba hasta ese límite podía ser muy peligroso, aunque también se lo desestabilizaba. Karede tomó con las dos manos la copa hecha con un fragmento de cráneo, la levantó e inclinó la cabeza.
—Por la emperatriz, así viva para siempre en honor y gloria. Muerte y deshonra a sus enemigos.
—Por la emperatriz, así viva para siempre en honor y gloria —repitió Mor al tiempo que inclinaba la cabeza y levantaba la copa—. Muerte y deshonra a sus enemigos.
Karede se llevó la copa de Ajimbura a los labios y advirtió que el otro hombre observaba cómo bebía. El vino estaba frío, efectivamente, las especias sabían amargas, y se notaba un leve regusto agrio a abrillantador de plata; se dijo a sí mismo que el sabor al polvo de un hombre muerto sólo eran imaginaciones suyas. Mor tomó más de la mitad de su vino en tragos precipitados; luego clavó la vista en la copa, dándose cuenta aparentemente de lo que había hecho, y resultó obvio su esfuerzo por recuperar el control de sí mismo.