Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Эпическое фэнтези » Encrucijada en el crepúsculo
Encrucijada en el crepúsculo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 232
Перейти на страницу:

—Si vas a comerte eso —dijo Karede como si hubiese alguna duda—, límpialo en el establo, donde no te vea nadie.

Ajimbura comía todo excepto lagartos, que estaban prohibidos en su tribu por alguna razón que nunca le había explicado.

—Por supuesto, excelso señor —contestó el hombre al tiempo que encorvaba los hombros, lo que pasaba por una reverencia entre los suyos—. Conozco bien las costumbres de la gente de ciudad y no avergonzaré al excelso señor.

Después de casi veinte años a su servicio, si Karede no se lo hubiera recordado Ajimbura habría desollado la rata y la habría asado sobre las llamas en el pequeño hogar de ladrillo.

Liberó el cadáver del animal de la punta del cuchillo y lo metió en una pequeña bolsa de lona que guardó en un rincón para más tarde, y luego limpió cuidadosamente la hoja antes de enfundar el arma y sentarse sobre los talones a la espera de las órdenes de Karede. Se quedaría así todo el día si era necesario, tan pacientemente como un da’covale. Karede nunca había llegado a entender exactamente la razón de que Ajimbura hubiese dejado su hogar fortificado en la colina para seguir a un Guardia de la Muerte. Era una vida mucho más confinada que la que había conocido y, además, Karede casi lo había matado en tres ocasiones antes de que hiciera esa elección.

Desechando los pensamientos sobre su sirviente volvió la atención a lo que había sobre el escritorio, si bien no tenía intención de coger la pluma de momento. Lo habían ascendido a oficial general por conseguir un pequeño éxito en las batallas con los Asha’man en unos días en los que pocos habían conseguido alguno, y ahora, por haber dirigido tropas contra hombres que encauzaban, había quien pensaba que debía tener conocimientos que compartir para luchar contra marath’damane. Nadie había tenido que hacer tal cosa hacía siglos, y, puesto que las llamadas Aes Sedai habían dejado ver su arma desconocida sólo a unas pocas leguas de donde él estaba, se había pensado mucho en cómo inutilizar su poder. Ése no era el único requerimiento que había en la mesa. Aparte de las requisas e informes habituales que requerían su firma, cuatro lores y cinco ladys habían solicitado sus comentarios sobre las fuerzas distribuidas en Illian contra ellos, y otras seis ladys y cinco lores pedían su opinión sobre el problema especial Aiel, pero esos asuntos se decidirían en otro sitio, y muy probablemente ya se habían decidido. Sus observaciones sólo servirían en las luchas internas sobre quién controlaba qué en el Retorno. En cualquier caso, la guerra había sido siempre la segunda vocación de la Guardia de la Muerte. Oh, sí, los Guardias siempre estaban allí dondequiera que se librara una gran batalla como la mano de la espada de la emperatriz, así viviera para siempre, para atacar a sus enemigos tanto si ella se encontraba presente como si no, siempre al frente donde la lucha era más encarnizada, pero su primera obligación era proteger las vidas y las personas de la familia imperial. Con sus propias vidas si era preciso, y dándolas de buen grado. Y nueve noches atrás la Augusta Señora Tuon había desaparecido como tragada por la tormenta. No pensaba en ella como la Hija de las Nueve Lunas; no podía hasta que supiera que ya no estaba bajo el velo.

Tampoco había considerado quitarse la vida aunque la vergüenza lo hería en lo más vivo. Recurrir al modo fácil de escapar al oprobio quedaba para la Sangre; la Guardia de la Muerte luchaba hasta el final. Musenge mandaba la guardia personal de Tuon, pero le tocaba a él, como oficial superior de la Guardia a este lado del Océano Aricio, traerla de vuelta sana y salva. Se estaba registrando hasta el último rincón de la ciudad con una u otra excusa, y cada embarcación mayor que un bote de remos, pero en la mayoría de los casos lo llevaban a cabo hombres que ignoraban lo que buscaban, desconocedores de que la suerte del Retorno podía depender de su diligencia. Era su deber. Por supuesto, la familia imperial era dada a intrigas más complicadas que el resto de la Sangre, y la Augusta Señora Tuon jugaba a menudo un juego realmente profundo con una habilidad astuta y mortífera. Sólo unos pocos sabían que había desaparecido otras dos veces con anterioridad y que se la había dado por muerta e incluso se habían hecho los preparativos para la ceremonia funeraria, todo arreglado por ella misma. Sin embargo, hubiera desaparecido por las razones que fueran, él tenía que encontrarla y protegerla. Hasta ahora no tenía ni la más mínima idea de cómo. Tragada por la tormenta. O quizá por la Dama de las Sombras. Había habido incontables intentos de raptarla o asesinarla, empezando el día de su nacimiento. Si la hallaba muerta, tendría que descubrir quién la había matado, quién había dado la orden, y vengarla costara lo que costara. También eso era su deber.

Un hombre esbelto entró en la habitación desde el pasillo sin llamar. Por la tosca chaqueta que vestía podría haberse tratado de uno de los mozos de cuadra de la posada, pero ningún lugareño tenía ese cabello claro y esos ojos azules, que recorrieron la pieza como para memorizar todo lo que había en ella. Metió una mano en la chaqueta, y Karede pensó en dos modos distintos de matarlo con sus propias manos en el breve momento que tardó el hombre en sacar una pequeña placa de marfil bordeada en oro y con el Cuervo y la Torre cincelados. Los Buscadores de la Verdad no tenían que llamar. Matarlos estaba muy mal visto.

—Márchate —le dijo el Buscador a Ajimbura mientras guardaba la placa una vez que estuvo seguro de que Karede la había reconocido. El hombrecillo siguió en cuclillas, inmóvil, y las cejas del Buscador se enarcaron por la sorpresa. Hasta en las colinas Kaensada todos sabían que la palabra de un Buscador era ley. Bueno, quizás en los poblados fortificados más remotos no; no si creían que nadie conocía la presencia del Buscador allí. Pero Ajimbura sabía a qué atenerse.

—Espera fuera —ordenó secamente Karede, y Ajimbura se incorporó con prontitud.

—Escucho y obedezco, excelso señor —murmuró. Antes de salir, sin embargo, estudió abiertamente al Buscador como para asegurarse de que éste supiera que se había fijado bien en su rostro. Algún día iba a conseguir que le cortaran la cabeza.

—Algo muy preciado, la lealtad —dijo el hombre de cabello claro al tiempo que miraba el escritorio, después de que Ajimbura hubo cerrado la puerta tras él—. ¿Estáis involucrado en los planes de lord Yulan, oficial general Karede? No habría esperado que un Guardia de la Muerte formara parte de eso.

Karede retiró dos pisapapeles de bronce con forma de leones y dejó que el mapa de Tar Valon que sujetaban se enrollara sobre sí mismo. El otro aún no lo había desenrollado.

—Debéis preguntar a lord Yulan, Buscador. La lealtad al Trono de Cristal tiene más valor que el aliento de la vida, seguida de cerca por saber cuándo guardar silencio. Cuanto más se habla de una cosa, más sabrá de ella quien no debería.

Nadie aparte de la familia imperial reprendía a un Buscador o a quien fuera la Mano que lo guiaba, pero al tipo no pareció afectarlo. Por el contrario, tomó asiento en el mullido sillón del cuarto, unió las manos por las puntas de los dedos formando un ángulo agudo y observó por encima del vértice a Karede, que como opción tenía que mover su propia silla o dejar al hombre casi a su espalda. La mayoría de la gente se habría sentido muy nerviosa teniendo a un Buscador detrás; la habría puesto nerviosa incluso hallarse con un Buscador en la misma habitación. Karede ocultó una sonrisa y no se movió. Sólo tenía que girar levemente la cabeza, y estaba entrenado para ver claramente lo que captaba por los rabillos de los ojos.

1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 232
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)