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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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—Blaeric me ha informado que el espectáculo ya se ha puesto en marcha —empezó fríamente—, pero tienes que pararlo. Luca sólo te hará caso a ti. —Sus labios se apretaron levemente al decir esto último. Las Aes Sedai no estaban acostumbradas a que no les hicieran caso, y las Verdes no eran muy buenas disimulando su desagrado—. Hemos de abandonar la idea de Lugard de momento. Tenemos que coger el transbordador que cruza la bahía y dirigirnos a Illian.

De todas, ésa era la peor sugerencia que le había hecho, aunque no lo decía como sugerencia, por supuesto; era peor que Egeanin en ese aspecto. Con la mitad del espectáculo ya en la calzada, o casi, llevaría todo el día simplemente conducir a todo el mundo hasta el embarcadero del transbordador, además de que habría que entrar en la ciudad. Dirigirse a Lugard conducía al espectáculo lejos de los seanchan lo antes posible, mientras que tenían soldados acampados a lo largo de toda la frontera con Illian y quizá más allá. Egeanin era reacia a contar lo que sabía, pero Thom tenía sus propios medios para enterarse de esas cosas. No obstante, Mat no se molestó en sonreír enseñando los dientes. No tuvo necesidad.

—No —dijo Teslyn en voz tensa, haciéndose evidente su acento illiano. Inclinada por detrás de Edesina, el gesto duro y firme de la mandíbula le daba el aire de quien mastica piedras las tres comidas del día, pero había un atisbo de nerviosismo en sus ojos, producto de las semanas pasadas como damane—. No, Joline. Te lo he dicho. ¡No correremos ese riesgo! ¡No podemos!

—¡Luz! —espetó Joline, que tiró el libro al suelo con fuerza—. ¡Contrólate, Teslyn! ¡Sólo porque te hayan tenido prisionera un poco de tiempo no es razón para que te desmorones!

—¿Desmoronarme? ¿Desmoronarme? ¡Que te pongan el collar a ti y después hablaremos! —Teslyn se llevó la mano al cuello como si todavía sintiese el roce del a’dam—. Ayúdame a convencerla, Edesina. ¡Conseguirá que nos encadenen otra vez si la dejamos!

Edesina se recostó en la pared que había detrás de la cama; era una mujer delgada y atractiva, con el negro cabello largo hasta la cintura, y siempre guardaba silencio cuando la Roja y la Verde discutían, como hacían tan a menudo. Pero Joline ni siquiera la miró.

—¿Pides ayuda a una rebelde, Teslyn? ¡Tendríamos que haberla dejado con los seanchan! Escúchame. Puedes sentirlo tan bien como yo. ¿De verdad aceptarías correr un riesgo mayor por evitar otro menor?

—¡Menor! —bramó Teslyn—. ¡Tú no sabes nada de…!

Renna sostuvo el libro con el brazo extendido y lo dejó caer al suelo con un fuerte golpe.

—Si milord nos disculpa un rato, todavía tenemos nuestros a’dam y a no tardar podemos enseñar a estas chicas a comportarse bien de nuevo. —Su acento tenía una cualidad musical, pero la sonrisa de sus labios no se reflejó en sus ojos—. Nunca funciona dejarlas haraganear así.

Seta asintió severamente y se puso de pie como si fuera a coger las correas.

—Creo que hemos terminado con los a’dam —intervino Bethamin, pasando por alto las miradas escandalizadas de las otras dos sul’dam—, pero hay otros medios para tranquilizar a estas chicas. ¿Puedo sugerir a milord que vuelva dentro de una hora? Os dirán lo que queráis saber sin que se peleen, una vez que puedan volver a sentarse.

Hablaba como si realmente lo dijera en serio. Joline miraba fijamente a las tres sul’dam con indignada incredulidad, pero Edesina se había sentado derecha y asía el cuchillo del cinturón con expresión decidida, en tanto que Teslyn era la que ahora se había encogido, echándose hacia atrás contra la pared, con las manos apretadas sobre la cintura.

—No será necesario —contestó Mat al cabo de un momento. Sólo un momento. Por muy satisfactorio que resultara hacer que «tranquilizaran» a Joline, Edesina podría desenvainar su cuchillo y eso sería levantar un revuelo, ocurriera lo que ocurriese—. ¿De qué peligro mayor hablas, Joline? ¿Qué peligro es mayor ahora mismo que los seanchan? ¡Joline!

La Verde llegó a la conclusión de que su mirada intensa no impresionaba en absoluto a Bethamin y entonces la volvió hacia Mat. Si no hubiera sido una Aes Sedai, Mat habría dicho que estaba enfurruñada. A Joline no le gustaba explicarse.

—Si te empeñas en saberlo, alguien está encauzando. —Teslyn y Edesina asintieron con la cabeza, la hermana Roja de forma reacia, y la Amarilla con énfasis.

—¿En el campamento? —preguntó Mat, alarmado. Su mano derecha se movió por voluntad propia para apretar la plateada cabeza de zorro que colgaba debajo de su camisa, pero el medallón no se había puesto frío.

—Lejos —respondió Joline, todavía de mala gana—. Hacia el norte.

—Mucho más lejos de lo que ninguna de nosotras debería poder percibir un encauzamiento —añadió Edesina con un dejo de temor en la voz—. La cantidad de saidar que se está manejando tiene que ser inmensa, inconcebible.

Enmudeció ante la dura mirada de Joline, que se volvió para observar a Mat como si decidiera cuánto tenía que contarle.

—A esa distancia —continuó—, no podría percibir ni a todas las hermanas de la Torre encauzando. Tienen que ser los Renegados, y sea lo que sea que estén haciendo no queremos encontrarnos más cerca de lo imprescindible.

Mat guardó silencio un momento; luego, finalmente, dijo:

—Si es lejos, entonces seguimos adelante con el plan.

Joline se puso de nuevo a discutir, pero Mat no se molestó en escuchar. Cada vez que pensaba en Rand o en Perrin surgía un remolino de colores en su cabeza. Suponía que era parte de ser ta’veren. Esta vez no había pensado en ninguno de sus amigos, pero los colores surgieron de repente, un abanico de un millar de arcos iris. Esta vez, casi habían formado una imagen, una vaga vislumbre de lo que podían ser un hombre y una mujer sentados en el suelo, mirándose el uno al otro. Desapareció al instante, pero lo supo tan certeramente como su propio nombre: no eran los Renegados. Era Rand. Y no pudo evitar preguntarse qué habría estado haciendo Rand cuando los dados se habían detenido.

4

La historia de una muñeca

Furyk Karede estaba sentado ante su escritorio mirando sin ver los papeles y mapas extendidos delante de él. Las dos lámparas de aceite se encontraban encendidas sobre el escritorio, aunque ya no las necesitaba. El sol debía de estar asomando por el horizonte, pero desde que había despertado de un sueño irregular y recitado sus devociones a la emperatriz, ojalá viviera para siempre, sólo se había puesto la bata del oscuro color verde imperial que algunos se empeñaban en llamar negro, y se había sentado allí sin moverse desde entonces. Ni siquiera se había afeitado. Había dejado de llover, y consideró la idea de decirle a su sirviente Ajimbura que abriera una ventana para que entrara un poco de aire fresco en su habitación de La Mujer Errante. El aire fresco quizá le aclarara las ideas. Pero en los últimos cinco días había habido períodos de calma que terminaban con repentinos aguaceros, y su cama se encontraba entre las ventanas. Ya habían tenido que tender una vez el colchón y las sábanas en la cocina para que se secaran.

Un apagado chillido y un gruñido de agrado de Ajimbura le hicieron levantar la vista; el menudo y enjuto hombrecillo exhibía una rata de gran tamaño ensartada en la punta del largo cuchillo. No era la primera que Ajimbura mataba en ese cuarto últimamente, algo que Karede había jurado que no habría ocurrido si Satelle Anan siguiera siendo la propietaria de la posada, bien que el número de ratas en Ebou Dar parecía haberse incrementado adelantándose a la primavera. El propio Ajimbura tenía cierto aire de rata arrugada, con su sonrisa satisfecha y salvaje por igual. Tras más de trescientos años bajo el dominio del imperio, las tribus de las colinas Kaensada seguían estando medio civilizadas, y menos que medio domesticadas. El hombre llevaba el cabello —rojo oscuro y surcado de mechones blancos— tejido en una gruesa coleta que le llegaba a la cintura, para ser un buen trofeo si alguna vez encontraba el camino de vuelta a esos altos montes y caía en una de las interminables luchas intestinas entre familias o tribus, e insistía en beber en una taza montada en plata que cualquiera que la examinara bien vería que era la parte superior del cráneo de alguien.

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