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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Musenge y Hartha se llevaron el puño al corazón y Karede respondió al saludo, pero sus ojos buscaron a las damane. A una en particular, una mujer menuda a la que una sul’dam de cara cuadrada y tez oscura le acariciaba el pelo. El rostro de una damane siempre resultaba engañoso —envejecían lentamente y vivían mucho tiempo—, pero el de ésta tenía una diferencia que Karede había aprendido a reconocer como perteneciente a las que se llamaban Aes Sedai.

—¿Qué excusa utilizasteis para sacarlas a todas de la ciudad a la vez? —preguntó.

—Ejercicio, oficial general —contestó Melitene con una sonrisa socarrona—. Todo el mundo siempre cree lo del ejercicio. —Se decía que la Augusta Señora Tuon no necesitaba realmente der’sul’dam para entrenar a su propiedad o a sus sul’dam, pero Melitene, con menos cabellos negros que grises en la larga melena, era una experta en más cosas que simplemente su oficio y sabía lo que Karede le preguntaba realmente. Éste le había pedido a Musenge que llevara un par de damane si podía—. Ninguna de nosotras quería quedarse, oficial general. Tratándose de esto, no. En cuanto a Mylen… —Ésa debía de ser la antigua Aes Sedai—. Después de salir de la ciudad les contamos a las damane por qué nos habíamos puesto en marcha. Siempre es mejor que sepan lo que pueden esperar. Desde entonces hemos tenido que tranquilizar a Mylen. Adora a la Augusta Señora. Todas la quieren, pero Mylen la venera como si ya se sentara en el Trono de Cristal. Si Mylen le pone las manos encima a una de esas «Aes Sedai» —rió—, tendremos que andar listas para que la mujer no quede tan maltrecha que no merezca la pena ponerle la cadena.

—No veo qué tiene esto de gracioso para reírse —retumbó Hartha. El Ogier era aún más canoso y estaba más baqueteado que Musenge, con largos bigotes grises y ojos como piedras negras que mantenían una mirada fija a través del yelmo. Había sido un Jardinero desde antes de que el padre de Karede naciera, quizás antes que su abuelo—. No tenemos un blanco. Intentamos atrapar el viento con una red.

Melitene recobró rápidamente un talante serio, y Musenge empezó a mirar con una expresión más severa que Hartha, si es que tal cosa era posible.

En diez días, la gente a la que buscaban habrían puesto de por medio kilómetros. El mejor elemento que la Torre Blanca podía mandar no sería tan incompetente para encaminarse hacia el este después de intentar la estratagema de Jehannah, ni tan estúpido como para dirigirse directamente al norte, si bien eso dejaba un área vasta y cada vez más extensa en la que buscar.

—Entonces tenemos que extender nuestras redes cuanto antes —dijo Karede—, y extenderlas bien.

Musenge y Hartha asintieron con un cabeceo. Para la Guardia de la Muerte, lo que tenía que hacerse se hacía. Incluso atrapar el viento.

5

La forja de un martillo

Corría fácilmente a través de la noche a pesar de la nieve que cubría el suelo. Era uno con las sombras deslizándose por el bosque, la luz de la luna casi tan clara a sus ojos como la luz del sol. Un frío viento le alborotaba el espeso pelaje, y de repente trajo un efluvio que le erizó el lomo y el corazón le palpitó con un odio mayor que el sentido hacia los Nonacidos. Odio y una certeza absoluta de la muerte aproximándose. No había elección, ya no. Corrió más deprisa, hacia la muerte.

Perrin despertó bruscamente en la profunda oscuridad que precede al alba, bajo una de las carretas de suministros de ruedas altas. El frío del suelo se le había metido en los huesos a pesar de la capa forrada con piel y dos mantas, y soplaba una brisa intermitente, ni fuerte ni constante para considerarla un ligero viento, pero era gélida. Cuando se rascó la cara con la mano enguantada, la escarcha crujió en su barba corta. Al menos no parecía que hubiese nevado más durante la noche. Demasiado a menudo había despertado cubierto de copos a despecho del refugio de una carreta, y las nevadas dificultaban la tarea de los exploradores. Deseó poder hablar con Elyas del mismo modo que hablaba con los lobos. Entonces no tendría que soportar esa interminable espera. El cansancio se adhería a él como una segunda piel; no recordaba la última vez que había disfrutado de un sueño profundo durante la noche. El sueño, o su falta, no parecía importante de todos modos. En la actualidad, sólo el fuego de la ira lo mantenía en movimiento.

No creía que hubiera sido el sueño lo que lo había despertado. Todas las noches se acostaba esperando tener pesadillas, y todas las noches acudían puntuales. En las peores, encontraba muerta a Faile o no la encontraba nunca. Ésas lo despertaban bañado en un sudor helado. Con cualquier otra cosa menos horrible seguía durmiendo, o sólo se despertaba a medias con trollocs cortándolo vivo para la olla o con un Draghkar absorbiéndole el alma. Este sueño se desvanecía rápidamente, como uno corriente, pero aun así recordaba ser un lobo y olfatear… ¿qué? Algo que los lobos odiaban más que a los Myrddraal. Algo que un lobo sabía que lo mataría. El conocimiento que tenía en el sueño había desaparecido; sólo quedaban unas vagas impresiones. No había estado en el Sueño del Lobo, ese reflejo de este mundo donde los lobos muertos seguían viviendo y los vivos podían ir a consultarlos. El Sueño del Lobo siempre permanecía indeleble en su mente después de marcharse, tanto si había ido allí conscientemente como si no. Empero, este sueño seguía pareciendo real y, en cierto modo, urgente.

Tendido de espaldas, inmóvil, envió su mente a la búsqueda de lobos. Había intentado utilizarlos para que lo ayudaran en su cacería, pero sin resultado. Convencerlos de que se interesaran en los asuntos de los dos patas era difícil, por no decir algo peor. Evitaban los grupos grandes de hombres y para ellos media docena era lo bastante grande para mantenerse alejados. Los hombres cazaban cualquier animal y la mayoría intentaría matar a un lobo nada más verlo. Su mente no hallaba nada, pero entonces, al cabo de un rato, percibió lobos, a lo lejos. No sabría decir a qué distancia, pero era como captar un susurro casi inaudible. Muy lejos. Qué extraño. A pesar de los pueblos dispersos, las alquerías e incluso alguna que otra ciudad, aquélla era una zona óptima para lobos, con bosques intactos en su mayor parte, repletos de ciervos y caza menor.

Siempre existía una formalidad para hablar con una manada de la que no se formaba parte. Cortésmente, envió su nombre entre los lobos, Joven Toro, compartió su olor, y recibió el de ellos en respuesta, Cazahojas, Oso Alto, Cola Blanca, Pluma y Niebla del Trueno, y un montón más. Era una manada numerosa, y Cazahojas, una hembra que transmitía un aire de sosegada seguridad, era su cabecilla. Pluma, inteligente y en su edad de plenitud, era su pareja. Habían oído hablar de Joven Toro, estaban ansiosos de hablar con el amigo del legendario Diente Largo, el primer dos patas que había aprendido a hablar con los lobos tras un trecho de tiempo que llevaba la impresión de eras desaparecidas en las nieblas del pasado. Todo era un torrente de imágenes y recuerdos de olores que su mente transformaba en palabras, como las palabras que pensaba se convertían, de algún modo, en imágenes y olores comprensibles para ellos.

«Quiero saber algo —pensó, una vez que finalizaron los saludos—. ¿Qué odiaría un lobo más que a los Nonacidos? —Trató de recordar el efluvio del sueño, añadirlo, pero había desaparecido de su memoria—. Algo que un lobo sabe que significa la muerte».

Le respondió el silencio y un hilo de temor fundido con odio y determinación y renuencia. Había sentido el miedo en los lobos con anterioridad —por encima de todo temían el fuego arrasador que se extendía por el bosque, o eso habría dicho él—, pero esto era el tipo de miedo hormigueante que hacía que a un hombre se le pusiera la carne de gallina, que le dieran escalofríos y saltara sobresaltado por cosas no vistas. Entretejido con la resolución de seguir adelante costara lo que costara, era una sensación próxima al pavor. Los lobos nunca experimentaban esa clase de terror. Sólo que éstos sí lo sentían.

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