Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
– Efectivamente. ¿Y qué más?
– Nada -repuso ella, que alzó la vista hacia la parte alta de un edificio y meneó la cabeza, entristecida-. No sabe cuánto lo siento, Harry. Es como si tratase de recordar quién se sentaba a mi derecha en párvulos. Sé que estaba allí, y conservo vagas imágenes, incluso cómo solía ir vestida mi señorita, pero no podría describir ningún rostro.
Harry recordó entonces con qué rapidez reparó Maura en el pin que le regaló Jennifer y en el peluquín del inspector Dickinson; así como en sus inmediatas reacciones ante la reconstrucción de los hechos que trató de hacer el Genio. Una zona clave de su corteza cerebral, especializada en la recepción de información, funcionaba perfectamente aquella noche (incluso pudiera ser que mejor de lo habitual). No obstante, su capacidad para archivar información, o por lo menos para recuperarla, había resultado gravemente dañada, a juzgar por lo que había olvidado.
– No es sorprendente -dijo Harry en su tono más desenfadado-. La caída por las escaleras, la operación, el alcohol, el síndrome de abstinencia, la medicación… Si tenemos eso en cuenta, su estado es más que satisfactorio.
– Insisto: no sabe cuánto lo siento. De todas formas, pondré el máximo empeño en recordarlo todo. En cuanto vuelva a mi memoria cualquier detalle, lo llamaré en seguida, por si pudiera serle útil.
– Gracias. Y… bueno, dejémonos ya del tema y hablemos de otra cosa. De pintura, por ejemplo.
– Y de héroes de guerra.
A lo largo de los años, en las reuniones propias de la vida social, rara vez era Harry quien llevaba la voz cantante. Él lo atribuía a tener un carácter más bien reflexivo, y Evie lo achacaba a que era aburrido. Sin embargo, con Maura Hughes le resultaba tan fácil comunicarse que, de camino al restaurante, le habló sin parar, y del modo más espontáneo, de la «maldición de los Corbett» y de sus dolores en el pecho, algo que sólo había comentado con su hermano Phil y con Steve (y sin sincerarse del todo).
– ¿Quién es su médico, si se puede saber? -le preguntó ella.
– Aún no lo he… decidido -repuso él sin pensarlo.
Maura se detuvo, lo sujetó de los brazos y le ladeó el cuerpo hacia ella con cara de preocupación.
– ¿Me lo promete?
Harry perdió la noción del tiempo al mirarla a los ojos, verdes como dos esmeraldas.
– Dadas mis circunstancias actuales -repuso él-, no me atrevo a decirle cuándo iré. Pero le prometo pedirle hora.
La luz del semáforo acababa de cambiar. Cruzaron Columbus y, cuando estaban a menos de cincuenta metros del Central Park, Maura lo miró sonriente.
– Debo informarle que, a pesar de mi cero en memoria de esta noche, la tengo de elefante para lo que los demás me prometen. Y soy un increíble incordio, si no cumplen lo prometido.
– Me parece que usted debe de ser… increíble en todo si se lo propone -dijo Harry.
Harry se quedó perplejo al percatarse de que sus palabras sonaban a coqueteo. ¿Sería posible?
– Es usted muy gentil -repuso ella-. Sobre todo, teniendo en cuenta que hasta la fecha me ha visto usted más con mi delírium trémens que como ahora.
– ¿Qué es lo que la impulsó?
– ¿A beber, se refiere?
– Sí.
Maura se echó a reír.
– ¿Cree que una tragedia, o algún hecho terrible o turbio de mi pasado, fue lo que hizo que me diese a la bebida?
– La verdad es que… sí. Algo así he imaginado.
– Pues siento decepcionarlo. Desde luego, hay cosas en mi pasado que preferiría olvidar, pero ninguna tragedia espantosa. En realidad, la bebida fue para mí una bendición, por lo menos, durante una temporada.
Maura le habló de su infancia en el seno de una acomodada familia, de sus paseos a caballo en verano, de sus años en un internado y, luego, de su breve temporada de trabajo con Sarah Lawrence. Para entonces, la rebelión contra el estilo de vida de sus padres, y contra su hipocresía, había abierto entre ellos una brecha insalvable.
– Mi padre tuvo una serie de reveses económicos y mi madre lo dejó. Murió en accidente de automóvil, en las afueras de Los Ángeles. No se equivoca si piensa que no debía de ir muy sobrio. La mujer que iba con él en el coche también murió.
Harry advirtió que, al hablar de su padre, Maura cambiaba ligeramente de expresión y de tono de voz. Los músculos de su mandíbula se habían tensado y casi farfullaba, mientras un tenue velo cubría sus ojos, como una protectora membrana que ocultase sus sentimientos.
– ¿Y su madre? -le preguntó Harry para ayudarla a dejar el tema de su padre, que tan visiblemente la afectaba.
– Mi madre todavía vive, pero ni mi hermano Tom ni yo sabemos nada de ella, salvo en alguna que otra Navidad. Tampoco es fácil encontrarla sobria. No sé si será debido a que mis padres rehuían los temas trascendentes, pero, desde que tengo memoria, siempre he sido muy sensible a la injusticia y al dolor ajeno.
Maura le contó también que, durante varios años, trató de escribir «la gran novela americana», y que incluso llegó a pasar dos años en una reserva de los indios navajos en Arizona. Sin embargo, le confesó que a su estilo literario le faltaba vigor, y que tenía la impresión de que su experiencia con los navajos y otros grupos castigados por la pobreza o la opresión no hizo sino aumentar su sensación de impotencia, y de que, cuanto mayor empeño ponía en dar sentido a su vida, menos sentido le encontraba.
– Un día -prosiguió Maura-, más que por verdadera vocación, a modo de terapia, desempolvé mi estuche de pintura y compré unas cuantas telas. Había aprendido los rudimentos en el instituto, pero sin llegar a aficionarme. En esta ocasión, noté que pintar me relajaba mucho. Sin embargo, aunque no lo hacía mal, a nadie le interesaban mis cuadros. Y entonces descubrí algo maravilloso: el whisky. Descubrí que beber liberaba algo de mi interior, o quizá suavizaba mi lado más esquinado. No lo sé. Lo único que sé es que cuanto más bebía mejor pintaba.
– Puede que, simplemente, lo creyese usted así -la corrigió Harry.
– No. Quizá no lo crea usted, pero no cabe la menor duda: pintaba mejor. Así lo consideraron los galeristas y los compradores. Durante cierto tiempo, mi obra estuvo muy solicitada. Hasta tal punto, que compré este inmueble en el que tengo mi apartamento. Luego, casi sin darme cuenta, empecé a dedicar cada vez más tiempo a beber y a dormir la mona y menos a trabajar frente al caballete. Hace ya tres años que no pinto nada que interese. Y de mi última venta ni me acuerdo.
– ¿No ha acudido nunca a la consulta de un especialista en alcoholismo o a Alcohólicos Anónimos?
– ¿Para qué? Siempre he tenido alguna razón para beber: relaciones que se iban al garete, injusticias, malas críticas sobre mi obra, tropiezos profesionales. Pero sí: recurrí a una especialista una temporada. Me decía que lo único que pasaba era que yo tenía un temperamento artístico y apasionado. Además, siempre estuve sinceramente convencida de que podría dejar de beber cuando quisiera. Ahora, después de lo que me ha ocurrido, ya no estoy tan segura.
– Por algo se empieza.
– ¿A qué se refiere?
– A que si comprende que puede no serle tan fácil dejarlo, a lo mejor…
El restaurante elegido por Harry estaba en la calle 93, cerca de la avenida Lexington. Entraron en el Central Park por la calle 97. Aunque eran ya las nueve menos cuarto, aún quedaba un poco de luz del día. Dejaron el coche y bordearon el estanque por un sendero asfaltado. Apenas soplaba viento, sólo una tenue y cálida brisa. La superficie del agua del estanque parecía un espejo.
– Adoro esta ciudad -dijo Harry-; sobre todo, el Central Park.
– ¿Viene a menudo a pasear por aquí de noche? -preguntó ella.
Aunque con la escasa luz no hubiesen podido asegurarlo, alrededor del estanque no parecía haber nadie.