Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
– No estoy de acuerdo, en absoluto -dijo con acritud Doug Atwater.
Harry estaba tan distraído que no tenía ni idea de a qué se refería.
– Hemos analizado la cuestión a fondo -prosiguió Atwater- con el gerente de la CSM, quien, a su vez, ha hablado con el director médico y con otros cargos clave, y nunca ha habido una sola queja contra el doctor Corbett, ni por su dedicación como médico, ni por cobrar abusivamente en su consulta privada, ni por su conducta personal. No veo razón alguna para que no siga en el cuadro médico de la CSM.
– Pero ¿qué pensarán los afiliados si…? -preguntó la señora Hinkle.
– Mire usted, Bárbara -la atajó Doug-, no quisiera ser grosero, pero lo que necesitamos es una enérgica declaración del hospital, en el sentido de que oficialmente no se ha acusado todavía de nada al doctor Corbett, y que, nosotros, en este hospital…
Harry apenas se enteró de lo que dijeron a continuación, aunque no, como hacía unos instantes, porque estuviese distraído. Había metido la mano en el bolsillo interior derecho de su chaqueta de sport para sacar el bolígrafo, pero no lo llevaba. Lo que sí palpó fueron dos objetos que él no llevaba al ponerse la chaqueta por la mañana. Es más: estaba seguro de no tenerlos él. Los cogió y los posó lentamente en su regazo.
– De acuerdo entonces -dijo Mel Wetstone-. La postura del hospital será de apoyo a un respetado miembro del personal médico que no ha sido condenado, ni siquiera acusado, jamás de delito alguno. Por su parte, el doctor Corbett se abstendrá de toda declaración pública sin antes consultar con la señora Hinkle. El doctor Corbett podrá seguir con su trabajo en el hospital como de costumbre. ¿Le parece a usted bien, doctor Corbett? ¿Doctor Corbett?…
– ¿Cómo? Ah, sí. Gracias a todos ustedes. Me parece muy bien.
Apenas logró desviar su atención de los dos objetos que tenía en la mano: su reloj y el llavero de Evie, que echó en falta al despertar en el apartamento del Greenwich Village.
Estaba claro que aquella misma mañana (en el atestado ascensor, probablemente) el asesino de su esposa se había pegado a él, y quizá le hubiese deslizado el llavero en el bolsillo para recordarle lo vulnerable que era (una advertencia, también, de que tuviese mucho cuidado con lo que decía y a quién se lo decía). Reparó, sin embargo, en que cabía otra posibilidad, más inquietante y sobrecogedora: que para el asesino de su esposa, él no fuese más que un entretenimiento, un peón en un macabro juego.
– ¿Cómo dice? -preguntó Wetstone.
– No sé. Estaba distraído -dijo Harry.
– Es que acabo de oírle algo así como «no voy a ser presa fácil». ¿Qué ha querido decir?
– Ah, nada -contestó Harry, que volvió a guardar el reloj y el llavero en el bolsillo-. Nada importante.
«LA PERIODISTA DE MANHATTAN
MURIÓ ASESINADA, SEGÚN EL FORENSE»
Kevin Loomis miró el titular del Times. La foto de Evelyn DellaRosa era la misma que apareció cuando publicaron su nota necrológica. Al igual que a lo largo de la semana anterior, Loomis trataba de convencerse de que el parecido con Désirée era pura coincidencia. En su fuero interno, sin embargo, no le cabía duda de que era ella. Hacía sólo un mes y medio tuvo a aquella mujer sentada a horcajadas, de espaldas, en bragas y sostenes. Relajaba la tensión de sus músculos, a la vez que le prodigaba su encanto, para sonsacarle acerca de su persona y de su vida.
Kevin leyó el artículo de cabo a rabo. Le temblaban tanto las manos que tenía que apoyarlas en la mesa para poder leer.
En la última reunión de la Tabla Redonda llegaron a la conclusión de que Désirée no representaba una seria amenaza para el grupo. Luego, sólo unos días después, la asesinaban en su cama del hospital, y aunque sospecharan de su esposo, no lo habían detenido. A lo mejor, porque no la había matado él.
Kevin sintió un escalofrío. Durante el trayecto hasta el centro de la ciudad, intentó convencerse de que su reacción se debía a los momentos de intimidad que, aunque superficiales, compartió con la mujer asesinada.
Los periódicos (había leído la noticia en todos los rotativos neoyorquinos) hablaban de desavenencias conyugales. El Daily News aludía a un amante. Evelyn DellaRosa, Désirée o comoquiera que se llamase, fue asesinada por su marido. Y eso era lo que había.
Kevin había conducido tan ensimismado que no recordaba por dónde había pasado, exactamente, desde que salió del garaje de su casa hasta llegar al edificio de la Crown, en pleno centro de Manhattan.
Dejó el coche en el aparcamiento subterráneo, en la plaza señalizada con su nombre, escrito en letras azules en la pared. Luego cogió el ascensor hasta la planta 31, en la que se encontraba su despacho y donde lo aguardaba Brenda Wallace, que apenas pudo contener su entusiasmo al darle la noticia.
– Ha llamado su esposa hace unos minutos, señor Loomis -dijo casi sin aliento-. Me ha dicho que el matrimonio que quería comprar su casa ha conseguido el préstamo hipotecario, y que el banco ha aprobado el suyo para la compra de la casa de Port Chester.
De pie en la entrada, Burt Dreiser le guiñó el ojo a Kevin y alzó los pulgares. Su expresión no dejaba lugar a dudas: había influido en acelerar las gestiones.
«Se me da bien solucionar problemas», le dijo el día que se vieron en el barco.
– Han quedado en firmar el miércoles -prosiguió Brenda-. Dice su esposa que, si quiere, puede llamarla a la oficina. Estará allí hasta las cinco. También me ha dicho que lo de la casa es lo de menos, y que si no se decide no pasa nada. Pero que, después del día de su boda, éste es el más feliz de su vida
Capítulo 17
El apartamento de Maura Hughes estaba en la zona alta del West Side, a media manzana del Morningside Park.
Harry fue a pie desde la oficina, confiado en que Maura cumpliese su promesa de estar sobria. Tener su consulta privada en una de las zonas más pobres de la ciudad lo había familiarizado con los más virulentos casos de alcoholismo. Pudiera ser que hubiese visto más tragedias causadas por la bebida que las que tuvo que presenciar en los dieciocho meses que sirvió en Vietnam.
Era poco tranquilizador que su futuro dependiese de una mujer que casi había perdido la vida a causa del alcohol. Incluso cuando estaba sobria, su credibilidad era escasa. Y si empezaba a beber otra vez, no inspiraría la menor confianza a nadie.
El inspector Dickinson no había podido conseguir una orden de detención debido al hecho de que Maura asegurase haber visto al misterioso médico y de no haberse encontrado pruebas de que la inyección de Aramine la pusiera Harry. Pero Mel Wetstone coincidía con el inspector en que eran tantos los elementos de pruebas circunstanciales, que el jurado se decidiría por el procesamiento. Al abogado parecía atraerle la perspectiva de defender a Harry en un juicio que podía convertirse en uno de los de mayor resonancia de los últimos tiempos.
Sexo, adulterio, dinero de un seguro de vida de por medio, doble vida de una hermosa periodista, prostitución, un misterioso veneno, médicos… «Director de un circo de los medios de comunicación a razón de 350 dólares a la hora. ¿Por qué no se me ocurriría a mí estudiar derecho?», se dijo Harry.
Pasó frente a una floristería y pensó en comprar un ramo, pero en seguida desechó la idea. Las flores recordarían demasiado el hospital y, además, se prestaban a malas interpretaciones, aunque no porque Maura pudiera estar interesada en él, salvo como proveedor de whisky Pero en más de una ocasión se encontró con pacientes (de ambos sexos) que interpretaron mal sus atenciones. En una ocasión, porque, por exceso de celo médico, llamó a deshora a una paciente que, sin que él lo hubiese advertido, estaba muy enamorada de él. Y en otra, porque le dio conversación, hasta altas horas de la noche, a un joven ingresado en el hospital.