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Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]

Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
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– Estoy aquí porque tengo problemas, Maura -optó por decirle Harry-. Un inspector está empeñado en crucificarme, y en el hospital tratan de deshacerse de mí. Usted es la única persona que sabe cosas que pueden ayudarme. No sé quién fue el hombre que vio usted entrar en su habitación e ir junto a la cama de Evie, ni por qué la mató, pero la otra noche tuvo ocasión de matarme y no lo hizo porque, seguramente, está convencido de que tarde o temprano la policía me detendrá. Me dejó marchar, convencido de que no tengo cartas que jugar, aunque sí las tengo; dos, por lo menos. Yo he oído su voz, y usted le vio la cara.

– Y piensa que, si bebo, no voy a servirle de ayuda.

– Lo que pienso es que la última vez que bebió casi le cuesta la vida. Y no quiero que muera.

– Es que necesito beber -replicó Maura, que puso cara de circunstancias y le dirigió una escrutadora mirada.

– Ya lo sé -reconoció él en tono comprensivo y sincero-. Y yo necesito librarme de todo esto, cambiar de aires, ir a uno de esos lugares en los que el calor es insoportable y donde utilizan conchas como moneda y no han oído jamás hablar de querellas por negligencia profesional, ni de la CSM, ni de jurados. Pero no me voy a librar.

Maura abrió la caja de bombones, cogió uno y cerró los ojos mientras lo paladeaba.

– Sabe lo de las golosinas, ¿eh? -inquirió ella.

A Harry le pareció que Maura bajaba un poco la guardia.

– Sí, pero eso no quiere decir que sea un experto.

– Me atizo entre diez y once mil calorías diarias en bombones -dijo ella tras saborear otro- y no engordo ni un gramo. Imagínese…

– Pues tiene usted suerte. A mí me basta con mirarlos para que se me desabroche el cinturón. Imagínese…

Imagínese, repitieron los dos al unísono, y casi se echaron a reír; pero faltó el casi. Harry guardó silencio mientras ella cogía la caja de bombones, la cerraba y la dejaba encima de la mesa.

Corbett se percató de que aquél era un momento crucial; de que a Maura le rondaba por la cabeza instarle a que desistiera de alejarla de la bebida y se largase. Si ella así lo decidía, no tendría más remedio que marcharse, y antes de dos horas estaría borracha.

– Siento ponerlo en una situación tan violenta, Harry -se excusó ella-. Me parece que se da cuenta de que en estos momentos es usted lo único que se interpone entre yo y la botella de whisky que tengo en la cocina.

– No, Maura. Lo único que se interpone entre usted y la botella es… usted. A lo mejor resulta que, sin saberlo, soy un experto en la materia. No obstante el caso es que estoy seguro de lo que le digo.

Durante los momentos de silencio que siguieron, Harry notó que Maura bajaba del todo la guardia. «¡Así que calla la boca! -se dijo Harry, que había hablado lo justo. Cualquier otra cosa que añadiese podía echarla para atrás-. No digas ni una sola palabra más. Ni una palabra.»

– ¿Qué opina de este turbante? -preguntó Maura de pronto-. Me cohíbe mucho tener tan poco pelo. Llegué a ponerme peluca, pero estaba ridícula.

– Como Dickinson.

– ¿Como quién?

– Como Albert Dickinson. Lo hizo usted polvo cuando le dijo que estaba ridículo con su peluquín. ¿Lo recuerda? -le preguntó Harry, que en seguida notó por su expresión que no lo recordaba.

– Ah, sí-repuso Maura sin convicción-. No le gusta el turbante, ¿eh? Ya lo veo. Cree que debería quitármelo, ¿no es eso?

– No. Creo que debe hacer lo que mejor le parezca.

– ¿Aún quiere que vayamos a cenar?

– Naturalmente.

– ¿Aunque sea un trasto, calva y me atraque de dulces?

– Pues claro.

Maura se quitó el turbante y lo lanzó al otro lado de la estancia. Era pelirroja. Le había vuelto a crecer un poco el pelo, pero aún se le notaba la cicatriz de la operación.

– ¿Por qué me mira tan fijamente?

Se había quedado de piedra, aunque no por la razón que ella creía. Sin el turbante parecía otra. La inflamación y los cardenales que tanto la desfiguraron habían desaparecido. Su cutis era suave y tenía una hermosa palidez, sin más que un ligero toque de color y unas pecas que embellecían sus mejillas. Sus grandes ojos verdes parecían tener luz propia, y los labios eran carnosos y sensuales.

– Yo… Verá… -dijo Harry, algo azorado-. Me parece que no necesita el turbante.

– Bueno, pues se acabó el turbante. Si va en serio lo de ir a cenar, le confesaré que me pirro por los restaurantes indios.

– A mí también me gustan; y conozco uno bueno.

Harry miró en derredor y reparó en que, por lo menos, dos de los cuadros eran autorretratos de Maura. La técnica era buena -eso era indiscutible- y captaban algo de ella, pero, en su opinión, eran autorretratos que no reflejaban el talante, ni la misteriosa personalidad de la mujer que tenía sentada enfrente.

– ¿Sabe qué le digo? Que es usted un buen tipo. Estaré encantada de ayudarlo, si puedo.

Maura cogió una cazadora de color marrón tostado que colgaba del respaldo de una silla y se la puso.

– ¿No le han dicho nunca, Harry, que se parece mucho a…? Espere. A quién me recuerda. Ah, sí: a Gene Hackman. Se parece a Gene Hackman.

Harry la miró con cierta curiosidad, sin saber cómo reaccionar. La expresión de Maura era inequívoca: ¡no lo recordaba!

– Pues… sí. Una persona me dijo una vez que me parecía a él.

– ¿Su esposa?

– No, no. Fue otra persona. Verá… Pensaba aguardar a después de cenar para hablarle del misterioso médico. De todas formas… ¿podría darme una idea de cómo era? ¿Cómo se lo describió a su hermano?

Maura pareció ir a contestar, pero entornó los ojos con expresión de perplejidad.

– Alguien entró en la habitación. Eso creo, por lo menos. Es lo único que sé.

– ¿Quiere decir que no recuerda su rostro? -preguntó Corbett, tan perplejo como la propia Maura Hughes.

– Hasta este momento no había reparado en ello, Harry -dijo entristecida-. Pero no, no recuerdo nada en absoluto de aquel maldito día.

Capítulo 18

– ¡Hay que ver cómo lanza a canasta ese crío! -exclamó Harry, que, junto a Maura, observaba las evoluciones de los chicos tras la valla de tela metálica-. Ese de ahí, el que lleva la camiseta de los Knicks.

El muchacho, que era el más bajito y el más rápido, los obsequió con un limpio triple.

– ¡Formidable! -dijo Maura.

Siguieron el informal partido durante unos minutos y luego enfilaron por Manhattan Avenue hacia el Central Park.

– ¿De verdad quiere ir a pie hasta el restaurante? -preguntó Harry.

– Aunque le parezca difícil de creer, antes de romperme la crisma al caer por la escalera, era una buena andarina.

– Pues… a caminar se ha dicho.

– Ya veo que, aunque sea médico, es usted muy paciente. Cualquier otro me habría frito a preguntas acerca del misterioso colega del hospital.

– Ya hablaremos después.

– No sabe cuánto siento no recordar qué aspecto tenía. La verdad es que no he pensado mucho sobre mi estancia en el hospital; quizá porque en mi fuero interno no deseaba recordar nada. Pero ahora sí. Sin embargo, tengo la cabeza como un queso de Emmental, llena de agujeros. Ciertas conversaciones, algunas cosas, las recuerdo con nitidez, pero en cambio otras…

– Sólo por curiosidad, ¿recuerda, por cierto, a Lonnie, el amigo de su hermano? Estaba también en la habitación aquella noche. Lo apodan el Genio.

– ¿Es negro, verdad?

– ¡Exacto! -exclamó Harry con un brillo de entusiasmo en los ojos-. ¿Recuerda cómo iba vestido? ¿Qué hizo aquella noche?

– Llevaba sombrero. No. No era un sombrero; era una gorra.

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