Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
Tratamiento criminal [Silent Treatment - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]

Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 108
Перейти на страницу:

Harry se limitó a comprarle una pequeña caja de bombones. Si Maura reaccionaba como tantos otros alcohólicos al dejar de beber, era probable que se atracase de golosinas para sublimar su deseo de beber.

El aspecto de las viviendas mejoraba a ojos vista a medida que se acercaba al bloque de Maura. En todas las casas había portero, y algunos de los inmuebles -de obra vista en su mayoría- estaban bastante cuidados.

Aunque eran casi las siete y media, aún había bastante luz, el cielo estaba despejado y la temperatura era agradable. Harry pasó junto a un polideportivo en el que un grupo de niños, blancos y negros, jugaban a baloncesto en una pista semicubierta, algo desvencijada. Todos debían de rondar los trece o catorce años. No tenían ni idea del juego de conjunto, pero eran tan hábiles que daba gloria verlos. Era como respirar una bocanada de aire fresco.

Ver jugar a aquellos niños actuó como un lenitivo que lo relajó de la tensión de un día horrible. Que Doug Atwater hubiese conseguido que, por lo menos de momento, pudiera seguir con su trabajo en el hospital y las casi continuas llamadas y muestras de apoyo de sus pacientes habían sido lo único positivo de la infausta jornada.

Aunque ignoraba qué podía esperar de Maura Hughes, comprendió que deseaba vivamente su compañía. Salvo una vez que fue a tocar con el grupo del club C.C.'s, no había salido de su apartamento ninguna noche desde la muerte de Evie.

La casa en la que vivía Maura Hughes era de obra vista y tenía cuatro plantas. Seis escalones daban acceso a una puerta de caoba labrada. El sótano no tenía puerta, y las ventanas estaban protegidas por gruesos barrotes de hierro.

Harry supuso que el apartamento de Maura debía de estar en el sótano. Le sorprendió ver que, de los tres timbres que había en el panel del vano de la puerta, el superior era el de Maura. Se identificó a través del interfono y ella le abrió con el portero automático.

– Al final de la escalera -le dijo ella con voz clara y animada. Era un buen síntoma.

Harry subió las escaleras con cierto alivio, porque, por más necesitado de compañía que estuviese, hacer de «canguro» de una alcohólica no era lo que más lo seducía para sus ratos de ocio.

Vio que Maura lo aguardaba en la entrada de su apartamento. La imagen que tenía de ella, tras haberla visto en el hospital, era la de una mujer bajita. Pero era alta; medía, por lo menos, 1,75 m, y tenía un porte elegante y un cuerpo estilizado. Llevaba zapatos de lona, téjanos y una camiseta de algodón muy holgada. Se había puesto un turbante blanco y no lucía más joyas que unos grandes y originales pendientes (unos pequeños discos esmaltados de distintos colores y delicadamente unidos por un hilo metálico, de tal manera que, a cada movimiento de la cabeza, los pendientes cambiaban de color, como un caleidoscopio).

Maura estaba un poco demacrada y daba la impresión de sentirse algo violenta. Al saludarla, notó que su fina y suave mano estaba casi helada. Salvo por el turbante, no había nada en aquella mujer esbelta, de porte tan elegante como natural, que le recordase a la angustiada e irascible paciente que había conocido en el hospital.

Maura le agradeció los bombones y le dirigió una sonrisa que reflejaba más tristeza que alegría.

– Pase. Pase, por favor -lo invitó.

– Lleva unos pendientes preciosos.

– Gracias. Me los hice yo misma.

Harry la siguió hasta un amplio salón -una luminosa estancia rectangular- de casi diez metros de largo. El fino parqué de roble, semicubierto de varias alfombras orientales, brillaba como un espejo. El techo era alto y la luz indirecta que asomaba del reborde del artesonado había sido, sin duda, instalada por un especialista.

Maura no vivía precisamente en un inmueble sin ascensor, ni en un apartamento destartalado y deprimente, como había imaginado Harry.

– ¿Sorprendido? -dijo ella como si le adivinase el pensamiento.

Harry señaló hacia las paredes, cubiertas de maravillosas pinturas. Casi todos los cuadros eran óleos, o acrílicos, sobre lienzo. También tenía acuarelas y varios collages. Algunos de los cuadros -sobre todo los retratos- eran tristes y de un duro realismo. El resto, sin embargo, eran abstractos (dinámicos mundos de formas y colores, en los que coexistían la meticulosa organización y el caos más absoluto).

Corbett se consideraba un experto en arte, pero era muy sensible a la pintura. Aquellos cuadros le transmitían un gran vigor y una intensa y abrumadora rabia.

– Son formidables -dijo Harry mientras pasaba lentamente frente a los cuadros.

– Ya no pinto así, y no porque no quiera.

– ¿Es todo obra suya?

– Incluso los alcohólicos pueden hacer cosas -repuso ella con frialdad.

– Eh… No he querido decir eso en absoluto. Sólo que son, sencillamente, formidables.

– Gracias. ¿Quiere tomar algo? ¿Coca-cola? ¿Vino?

– Sí, estupendo. Una Coca-cola.

Harry estuvo a punto de decirle que no era prudente tener alcohol en casa, pero se contuvo. La siguió a la cocina, que, aunque pequeña, estaba diseñada por alguien a quien le gustaba cocinar.

A la izquierda de ésta estaba el espacioso estudio de Maura Hughes. Había varios caballetes, lienzos amontonados y un gran lucernario. La pared del fondo estaba cubierta de arriba abajo de estanterías llenas de libros, y con el cabezal casi adosado a la parte baja de la librería estaba la cama de Maura, flanqueada de helechos y palmeras enanas.

– Le ruego que me disculpe si doy la impresión de estar tensa o nerviosa -dijo ella mientras llenaba los vasos-. Sí, doy la impresión de estar nerviosa porque lo estoy. Quizá tenía que haberlo llamado y quedar para otro día.

Maura le pasó un vaso, lo condujo de nuevo al salón y lo invitó a que se instalase en el sofá, frente al sillón en el que ella se sentó. Encima de una mesita de superficie de cristal tenía el Times, abierto por la página en la que aparecía el artículo sobre Evie. Harry se fijó en seguida en el periódico.

– Supongo que tomar una Coca-cola en casa con un sospechoso de asesinato debe de poner nervioso a cualquiera. Yo lo estaría -dijo Harry.

– Ya sabe usted que no es por eso. Los dos somos conscientes que usted no le administró nada a su esposa.

– ¿Y entonces?

– ¿Para qué ha venido a verme, doctor Corbett?

– Bueno… Para empezar, me llamo Harry. En cuanto salgo de la consulta dejo de ser el doctor Corbett.

– ¿La ha dejado?

– ¿Si he dejado qué?

– La consulta. Verá, doctor Corbett… es decir, Harry, mi hermano me comentó que usted dijo ser un experto en alcoholismo, que conoce personas que pueden ayudarme, que podría acudir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos, y todo eso. Si está aquí para curarme, creo que podré ahorrarnos a los dos una larga e incómoda velada. No estoy para curarme. Mejor en adobo, o en conserva.

– No sé lo que le habrá dicho su hermano, pero no soy experto en nada, salvo, en todo caso, en atender a mis pacientes.

– ¿No está entonces aquí por eso? ¿No ha venido para cerciorarse de que no bebo?

– Tampoco he dicho eso. Dígame una cosa: si creía que quería verla para… curarla, como ha dicho usted, ¿por qué ha aceptado?

– Porque la verdad es que ayer no me apetecía beber, pero hoy sí.

Harry pensó que, o se había metido él sólito entre la espada y la pared, o era ella que se las arreglaba para ponerlo en tan delicada situación. Porque si le mentía acerca de sus motivos, ella lo notaría, y si le decía la verdad, o trataba de darle lecciones, lo más probable era que estuviese en el polideportivo viendo jugar a baloncesto a los críos antes de que se le calentase la Coca-cola.

1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 108
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)