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Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]

Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
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Casi nada… Y el gobierno, con el presidente a la cabeza, enzarzado en una guerra que enfrentaba a «hermano contra hermano» en todo el país para sacar adelante su «reforma de la sanidad». «Quizá no estuviera de más que se preocupasen también por reformar el sistema jurídico», pensó Harry.

Harry decidió recortar 20.000 dólares de su plan de pensiones, en lugar de recurrir a sus ahorros, y se entrevistó con el abogado Mel Wetstone en la sala de conferencias de medicina general, en la planta 7 del edificio Alexander del CMM.

Wetstone era un próspero cuarentón, moreno, con unos cinco kilogramos de más. Le clareaba el pelo, pese a que daba la impresión de llevar un implante. Su respiración producía un ligero siseo.

Demasiado abrumado por su situación para preocuparse de que los «pasos de contador» del abogado eran de 350 dólares por hora, Harry se extendió, con todo detalle, sobre lo ocurrido, sin olvidar su incidente en el Village con quien, por lo visto, quería erigirse en «vengador» de la muerte de su esposa.

El abogado era un hombre que sabía escuchar. Sólo interrumpió a Harry un par de veces para hacerle otras tantas preguntas.

– Bien -dijo Wetstone cuando Corbett hubo terminado-. Lo esencial es que usted no ha hecho nada reprobable, y los demás creen que sí. Es con lo que suelo encontrarme en mi profesión. Mi misión será evitar que resulte usted perjudicado. Y, dígame, ¿sobre qué cree que tratará la reunión que tiene a las diez?

– No estoy seguro -contestó Harry-. Últimamente, he adoptado posturas mal vistas por la gerencia. Y ahora, con toda esta publicidad, les doy un buen pretexto. No creo que me echen así por las buenas, pero podrían hacerlo. Lo más probable es que me aconsejen pedir una excedencia voluntaria hasta que las aguas vuelvan a su cauce.

– ¿Y estaría usted dispuesto?

– No, por supuesto que no.

– Pues por ahí empezaremos. Sobre Erdman ya me ha hablado usted, y a Sam Rennick lo conozco. ¿Quiénes son los demás?

– Bob Lord es el jefe de personal médico. Es cirujano ortopeda. Lo tengo en contra porque encabecé la oposición a que se prohibiera a los facultativos de medicina general enyesar fracturas sin dislocación sin acudir al especialista. Es de los que está muy pendiente de quiénes tienen poder y quiénes no. Me parece que es uña y carne con el cirujano con el que tenía relaciones mi esposa. Dudo de que se pusiera nunca de mi parte en nada. Con Josephson y Atwater ya es otro cantar. Son, probablemente, los mejores amigos que tengo aquí. Steve Josephson es jefe en funciones del departamento de medicina general, hasta que se reincorpore Grace Segal, que está de baja por maternidad. Atwater y yo somos muy aficionados al jazz. De vez en cuando asistimos a conciertos, y a veces va a un club en el que suelo tocar.

Harry esperaba las consabidas preguntas: ¿Ah sí? ¿Qué instrumento toca? ¿Es profesional? ¿Dónde actúa? Pero Wetstone se guardó el bloque de notas y se levantó.

– Voy a ver si puedo hablar con Sam Rennick antes de que empiece la reunión -dijo-. Le he dejado un mensaje para que me llame al «busca», pero no se ha puesto en contacto conmigo.

– Como me ha dicho que lo conoce… a lo mejor es que le tiene miedo.

Wetstone sonrió, pero sus ojillos, de un intenso castaño oscuro, lo miraron con el expeditivo talante del profesional.

– No sé, aunque tiene razones -dijo el abogado.

El edificio Alexander tenía quince plantas. El ascensor, que procedía de las plantas superiores, llegó casi lleno a la séptima, y cuando acabó su recorrido en el vestíbulo iba atestado. En el interior de la cabina del ascensor, un letrero recomendaba tener cuidado con los carteristas. Harry había tardado miles de «ascensiones» en cambiar sensatamente de bolsillo la cartera (que solía llevar en el bolsillo de atrás del pantalón). Pensaba en lo diferente que debía de ser trabajar en un pequeño hospital de provincias, sin tanta acumulación de gente ni letreros de «Cuidado con los carteristas». No obstante, si lo echaban del Centro Médico de Manhattan, difícilmente lo aceptarían en ningún otro hospital del país, por más remoto que fuese el lugar en el que se encontrase.

En la sala de conferencias, adyacente al despacho de Owen Erdman, había una larga y pulida mesa de madera de cerezo, ligeramente ovalada y con un grabado que representaba el edificio del CMM en el centro. Los doce sillones que había en derredor de la mesa tenían un grabado idéntico, en miniatura, en la parte superior del alto respaldo.

Harry estuvo en aquella dependencia en una ocasión, hacía años, pero juraría que la mesa y los sillones que había entonces eran muy distintos. No tenía ni idea de lo que podían costar aquellos muebles. «Evie habría acertado el precio casi al centavo», pensó.

Cuando Harry y Wetstone entraron en la sala de conferencias, ya estaban allí Steve Josephson, Doug Atwater y el ortopeda Bob Lord.

– ¿Qué tal? -lo saludó Steve.

Harry se limitó a encogerse de hombros. «¿Y a usted qué le parece?», venía a decirle.

– ¿Tiene idea de quién pudo hacer semejante cosa con Evie? -preguntó Doug.

– En absoluto -repuso Harry, que tuvo buen cuidado en no añadir más.

Wetstone lo había aleccionado para que no aventurase suposiciones, ni siquiera con sus más allegados.

«¿Recuerda cuando jugábamos al "teléfono" en los guateques, de jovencitos -le había preguntado Wetstone-. Pues oiga la voz de la experiencia: por mejor intencionada que sea la gente, en cuanto algo sale de su boca y pasa a sus oídos, la versión original empieza a deformarse.»

A pesar de la advertencia de Wetstone, Harry no hubiese vacilado en hablar de la doble vida de Evie con Josephson y con Atwater de no haber estado Bob Lord allí.

Se produjo un silencio que duró más de un minuto, hasta que Erdman y el jefe de los servicios jurídicos del hospital entraron en la sala. Los acompañaba una mujer muy elegante, con aspecto de ejecutiva, a quien presentaron como señora Hinkle, jefe de relaciones públicas del hospital. Harry tuvo la sensación de estrecharle la mano a un gorila al saludarla.

– Bueno, doctor Corbett, ¿qué le parece si empezásemos por su versión de los hechos, desde la noche de la muerte de su esposa? -dijo Sam Rennick.

– Un momento, Sam -lo atajó Wetstone-, creo que hemos dejado claro por qué normas nos íbamos a regir aquí…

Harry Corbett se sentía como ajeno a todo. Tendría que escuchar, sin intervenir, a dos abogados a quienes acababa de conocer.

A medida que entraron en materia, intervino alguno de los presentes, e incluso él, un par de veces. Pero todas las voces -incluida la suya propia- le sonaban distorsionadas y, en buena parte, las palabras le parecían carentes de significado.

Todo aquello se le antojaba tan irreal como una pesadilla.

En lugar de estar atento y concentrado, Harry dejaba vagar el pensamiento. Trataba de imaginar cuántas horas -igual eran centenares- estaba destinado a pasar absorbido por una u otra clase de procedimiento legal.

Como Alicia, se veía catapultado a través del espejo, y se adentraba en un mundo en el que todo era posible, por más ilógico y absurdo que pareciese.

Inexplicablemente, pese a estar en juego su futuro profesional, pensó en una de sus pacientes, una jovencita llamada Melinda Olivera, a quien le diagnosticó, hacía poco, una mononucleosis avanzada, y a la que le puso un tratamiento tan agresivo que al día siguiente pudo asistir a la fiesta de fin de curso en el instituto.

El ejercicio de la medicina siempre se le había antojado algo muy directo. Acudía un enfermo a la consulta y uno hacía lo que pudiese por curarlo. «Aquello», en cambio, era demasiado complicado: abogados, administradores, jefes de relaciones públicas.

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