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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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Los días que siguieron trajeron una febril actividad. Moses, Roberto y el Cojo salían a menudo por los bazares de alrededor para encontrar botas de agua, un frontal, guantes de goma y cuerda. Se habían vuelto muy duchos en el arte de esquivar y manejar a los espectros, y ponían un cuidado especial en no excitarlos demasiado.

Un día, de buena mañana, el Cojo se adentró por fin en las alcantarillas. Era aun peor de lo que recordaba. Avanzó con dificultad, y como Teseo en el laberinto del minotauro, usaba un cordel como guía para recordar el camino de vuelta. El túnel era angosto y de techo bajo, y tenía que doblar las rodillas y andar encorvado para avanzar. El hedor era lo peor, tuvo que taparse la nariz con su camiseta y aun así resultaba tan sofocante como embriagador y no faltaron las arcadas en su periplo subterráneo. Sin embargo, no encontró ni una sola rata. Constató, en cambio, que sí era posible avanzar mucho más lejos de lo que había pensado, y aunque era difícil decirlo, calculó que prácticamente había llegado hasta el río, que separaba la zona centro del edificio del Corte Inglés.

A su vuelta, la noticia fue celebrada con gran alegría por el resto del grupo.

– Y una cosa. Necesitamos máscaras, o filtros de aire, o lo que sea, porque, joder, ahí abajo apesta como no podéis ni imaginar.

– De acuerdo -dijo Roberto, visiblemente contento-. Podemos ir mañana a por más equipo, más frontales, botas… ¿no creéis? -mirando a Moses, como buscando su aprobación-. ¿Cuánto podemos tardar? Creo que podríamos irnos en dos o tres días.

– Bueno, tendríamos que cargar todas las provisiones que podamos en mochilas, tío -dijo el Cojo-. Al fin y al cabo, no sabemos lo que vamos a encontrarnos.

– Eso es justo lo que estaba pensando -dijo Moses.

Todos guardaron silencio. Mientras hablaba, Isabel lo estudiaba. Ya para entonces, de forma completamente subliminal, se había creado un consenso no vocalizado según el cual Moses se había erigido como una especie de líder del grupo. Cuando Moses hablaba, le dejaban hacer. Su opinión se buscaba. Sus ideas casi nunca se discutían, sencillamente porque eran buenas, y siempre tenían sentido.

– Sabemos que podemos llegar hasta el río, pero después de eso tendremos que salir a la superficie y cruzar hasta el otro lado. ¿Y después? Carranque aún queda lejos. Hay una calle larga que nos llevaría hasta allí, y si no recuerdo mal, había una entrada sur pero… pero… Vale, imaginaos que llegamos hasta allí, probablemente exhaustos y llenos de mierda hasta las rodillas: ¿qué hacemos?, ¿llamamos a la puerta? ¿Cuántos de esos espectros creéis que encontraremos? Y si hay una comunidad entera allí dentro…, ¿cuántos estarán… frenéticos? Ya sabéis, de ésos que son realmente peligrosos. Se excitan con la presencia humana, con la actividad…

– Podemos cruzar el río y volver a las alcantarillas.

– Voto por eso, amigo -dijo Roberto, imitando la voz de Samuel L. Jackson.

– De acuerdo, salimos de las alcantarillas, cruzamos el río por el puente y llegamos al otro lado; allí buscamos otra alcantarilla y recorremos la distancia que nos separa hasta Carranque. Y una vez allí… bueno, ya veremos qué pasa.

– Eso suena como un buen plan -dijo el Cojo con una risa socarrona.

– No podemos ponderar lo imponderable. Quién sabe lo que encontraremos allí. Así que movamos nuestros culos y que Dios nos proteja.

Isabel no lo dijo, pero al oír la referencia al Padre que está en los cielos, sintió un fuerte escalofrío.

XXIV

El viento había cambiado y traía ahora un penetrante olor a mar. El padre Isidro levantó su rostro hacia la brisa que le llegaba del sur, saboreando el intenso aroma salino y sintiendo que su cabeza se despejaba. No recordaba haber sido capaz de percibir esas cosas antes del Día del Juicio, nunca desde tan lejos del puerto o la playa. Antes era imposible con la polución y el humo de los coches, el calor contaminante de chimeneas, salidas de humos, gases, y… ahora lo veía claro… la mórbida excrecencia de las miserias humanas, sus sudores, calores corporales y humores. Sonrió, conmovido por la inabarcable sabiduría de Dios todopoderoso, que había erradicado de la faz de la Tierra todo lo que no era puro, todo lo que había corrompido la natural bondad de lo que Él había creado.

Desde su privilegiada posición, estudió la ciudad que se extendía ante sí. Había subido hasta el punto más alto en el que pudo pensar, el Monte de Gibralfaro: un pequeño pulmón natural ubicado en pleno centro de Málaga y desde el que se podía ver, en ocasiones, algunos montes de la cordillera del Atlas en África, y el Estrecho de Gibraltar. Las vistas eran magníficas: una impresionante panorámica de todo el centro, desde el puerto hasta las últimas edificaciones del extremo más septentrional. Observando los bloques de edificios arracimados sin aparente orden ni concierto, experimentó un nuevo ramalazo de júbilo. Qué silenciosa y tranquila era su nueva necrópolis; se la veía tan hermosa. Utilizando unos prismáticos que había tomado de un pequeño comercio, pudo ver perfectamente las calles y todos los Ejércitos del Señor que las recorrían incansablemente.

Sonrió, complacido. Muy pronto anochecería, y entonces vería… vería las pequeñas luces de la ignominia por excelencia, de los que se ocultaban, de los impíos, de los pecadores intentando sobrevivir en sus pequeños escondrijos, sus sucias madrigueras de pecado, intentando escapar del Juicio Supremo. Cuando anocheciera, los vería a todos, oh Señor, a todos ellos. Encenderían sus pequeñas luces, sus lámparas de queroseno, sus velas, sus generadores de emergencia, y él los descubriría. Iría a ellos portando la Luz del Señor, los arrancaría de sus cubiles y los arrojaría a los Ejércitos para ser juzgados.

El padre Isidro dejó escapar una lágrima, conmovido por el desmedido amor que experimentaba. Recorría su cuerpo como calambres eléctricos. Dios lo amaba, lo había elegido a él, entre todos los hombres y mujeres, para acometer esa gran tarea, y tenía intención de acometerla hasta agotar el último ápice de sus energías.

Permaneció allí sentado hasta que el sol se retiró, mohíno. A su alrededor, varias figuras espectrales deambulaban arrastrando los pies, indolentes al fervor religioso padecido por el sacerdote. Recurría a sus prismáticos cada pocos segundos y barría las calles, los altos edificios, cada ventana. En un momento dado, se retiró junto a unos arbustos y defecó una suerte de puré de un color desusado, mortecino, recubierto de una baba espesa y blancuzca; pero no le prestó atención. Había perdido tanto peso que los tendones del cuello se marcaban como cables de hierro, y las oquedades entre ellos eran profundas e insoportables. Sus labios eran finos y secos, apenas dos pellejos blancuzcos que repasaba continuamente con su lengua pequeña y puntiaguda.

Por fin, apareció una luz en medio de la oscuridad. Apenas un pequeño punto, pero tan discernible en la oscuridad que imperaba en la ciudad costera, que le saltó a la vista inmediatamente. Era un ático en la zona de Ciudad Jardín; ya conocía el edificio, edificio humilde lleno de personas humildes. Sonrió, bien pagado de sí mismo, de su ocurrencia de trepar al punto más alto de la ciudad para someterlos a todos, y de que estuviera dando resultado. Pero no se apresuró, continuó revisando todas las ventanas, los balcones, las lejanas calles plagadas de erráticas figuras muertas, asomado a sus prismáticos negros que aún olían a nuevo. No tardó en aparecer una segunda luz, algo más lejos, cerca de la zona del Muelle Heredia. Esta vez se trataba de un balcón espacioso donde diversos enseres se amontonaban sin sentido. Por encima de ellos, una hilera de luces prendidas en un cable, como un adorno de navidad, se mecían al viento. En el interior de la casa titilaban varias luces más; probablemente, se dijo, velas de pequeño tamaño. Y unos instantes más tarde, más luces, todas trémulas, mortecinas, en distintos puntos remotos unos de otros.

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