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Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]

Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva entrega de «La Saga del Retorno», Shedemei y el Alma Suprema supervisan, ya en la Tierra, la evolución de los humanos descendientes de Nafai y Elemak y su interacción con las nuevas especies que habían evolucionado en el planeta. Surgen de nuevo los problemas de siempre: racismo, explotación, enfrentamientos tribales, etc. El recurso de la hibernación permite mantener la presencia de Shedemei y su poderoso manto de capitana en un papel que deviene mítico y, en cierta forma, bíblico. Pero el misterio sigue siendo al paradero del Guardián de la Tierra cuya presencia, pese a todo, Shedemei y el Alma Suprema creen percibir, de vez en cuando, de forma siempre sutil e imprecisa.
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—Hablas como los que desean destruir este reino —dijo Bego—. En tal caso, Akma, no serás de utilidad para quienes procuran proteger el trono.

Akma guardó silencio, tironeando de la hierba. Un terrón se desprendió, salpicándole la cara. Se limpió con enfado.

—Pero si los que procuran proteger el trono pudieran persuadir al pueblo de ser paciente, asegurándole que los hijos de Motiak no creen en este disparate de que los miembros de todas las especies son hijos del Guardián por igual, de que los hijos de Akma no tienen la intención de seguir las alocadas medidas de su padre… asegurándole que, en el momento oportuno, todo volverá a ser como antes.

—Yo no soy el heredero —dijo Mon.

—Entonces debes tratar de persuadir a Aronha —recomendó Bego.

—Aunque lo hiciera, Padre le entregaría el reino a Ominer, pasando por encima de ambos.

—Entonces debes tratar de persuadir a Ominer y también a Khimin. —Bego se echó a reír ante la mueca de disgusto de Mon—. Es bastante brillante. Será hijo de su madre, pero también es hijo de tu padre. ¿Qué podrá hacer tu padre si todos sus hijos rechazan estas medidas?

—A mi padre no le importaría —dijo Akma—. El escogería a uno de sus favoritos para que le sucediera como sumo sacerdote. No creo que ni siquiera me tenga en cuenta para ese puesto.

—¡Didul!—exclamó Mon despectivo. Akma enrojeció de furia al oír ese nombre.

—No importa quién sea el sucesor de tu padre —dijo Bego—. Si su propio hijo se opone públicamente a sus medidas, perderá credibilidad. No hay consenso y existe recelo aun entre sus sacerdotes y maestros. Algunos de ellos te escucharán, otros no. Pero los Guardados se debilitarán.

—Vaya, Akma, ya te imagino predicando —comentó Mon con desdén.

—Creo que lo haría bien —dijo Akma—. Sólo que es muy probable que me arresten por traición. Bego asintió.

—Ahí está el problema, ¿verdad? Por eso es preciso que esperéis el momento oportuno. Trabaja con tus hermanos, Mon. Ayúdale, Akma. No seas insistente, limítate a hacer sugerencias, a plantear preguntas. Con el tiempo los conquistarás.

—¿Tal como tú hiciste con nosotros? —preguntó Akma. Bego lo miró con indiferencia.

—Nunca os sugerí la traición, ni lo hago ahora. Quiero que descubras la verdad por ti mismo. No puedo atragantarte con ella, como hacen otros.

—¿Pero qué garantía tenemos de que algo cambiará?

—Creo que al librarse de los sacerdotes designados por el rey, Akmaro y Motiak escogieron un rumbo que no admite marcha atrás —dijo Bego—. Con el tiempo, la religión quedará separada del gobierno. Y cuando llegue ese día, mis jóvenes amigos, la ley ya no se interpondrá entre vosotros y vuestras prédicas.

Mon lanzó un hurra.

—Si todavía creyera en mi don, diría que Bego tiene toda la razón. Eso ocurrirá muy pronto. Tiene que ocurrir.

—Y ahora que habéis planeado cómo salvar el reino de las ideas excesivamente tolerantes de Akmaro, ¿puedo volver bajo techo y encontrar un sitio de donde colgarme para estirar mis doloridos músculos?

—Podemos llevarte, si quieres —se ofreció Mon malicioso.

—Me ahorrarías problemas cortándome la cabeza y llevándola adentro. El resto de mi cuerpo no me sirve de mucho últimamente, de todos modos.

Se rieron y se levantaron. Caminaron más despacio de regreso a la casa del rey, pero había una cadencia, un contoneo en el andar de los jóvenes. Y cuando pasaron junto a Khimin, que intentaba memorizar un largo poema con gran dificultad, lo sorprendieron por completo al invitarlo a acompañarlos.

—¿Por qué? —preguntó Khimin con suspicacia.

—Porque aunque tu madre es una idiota rematada —le respondió Mon—, sigues siendo mi hermano y te he tratado de forma vergonzosa durante muchos años. Dame la oportunidad de enmendar mis errores.

Mientras Khimin se les acercaba con cautela, Akma le susurró a Mon:

—Ahora ya te has comprometido, ¿sabes?

—Quién sabe —dijo Mon—. Tal vez sea buena compañía a pesar de todo. Edhadeya siempre dice que es buena persona, que sólo necesita una oportunidad.

—Entonces Edhadeya se alegrará mucho —dijo Akma. Mon le guiñó el ojo.

—Si quieres, le diré que incluir al vástago de Dudagu Dermo fue idea tuya.

Akma puso los ojos en blanco.

—No miro a tu hermana con ojos lascivos, Mon. Es tres años mayor que yo.

—Aunque mi don no provenga del Guardián —dijo Mon—, todavía sé distinguir una mentira.

Khimin se les había acercado y cambiaron de conversación para incluirlo. Cuando llegaron a la casa del rey, Akma y Mon habían prodigado sus encantos de tal modo que el pobre joven de dieciocho años estaba embelesado con ellos, y les habría creído aunque le hubiesen dicho que tenía tocones por pies y por nariz un nabo.

Bego se marchó en cuanto entraron, y mientras recorría los pasillos usó un poco las alas, patinando por el suelo y cantando alegremente. Niños listos, se dijo. Lo lograrán, si les damos la oportunidad. Lo lograrán.

Luet lo pasaba bien cuando Madre visitaba a Dudagu en la casa del rey, porque al cabo de unos instantes de cortesía con la reina, que no envejecía bien y se pasaba los días quejándose de sus achaques, siempre la excusaban y le permitían ir a encontrarse con Edhadeya. La costumbre se había iniciado cuando ella tenía cinco años y Edhadeya era una altiva niña de diez; ahora se asombraba de que la hija del rey hubiera sido tan amable con una chiquilla que, no hacía mucho, era esclava de los cavadores. Aunque quizás ése fuese el motivo de su amabilidad. Edhadeya se había apiadado de ella al oír la historia de sus sufrimientos. Bien, de un modo u otro, su amistad florecía ahora que Edhadeya tenía veintitrés años y Luet dieciocho.

Encontró a su amiga trabajando con los músicos, enseñándoles una nueva composición. Los tambores no atinaban a captar el ritmo.

—No es difícil —les decía Edhadeya—. Tratad de ver cómo armoniza con la melodía…

Edhadeya se puso a cantar con su voz dulce y aguda, y los tambores comenzaron a percibir que el ritmo que ella les indicaba armonizaba con la melodía que entonaba. Sin pensarlo siquiera, Luet se puso a girar, a alzar los brazos y a brincar en una danza improvisada.

—¡Te burlas de mi pobre melodía! —exclamó Edhadeya.

—¡No te detengas, era hermosa!

Pero Edhadeya se detuvo al instante, dejando que los músicos trabajaran en la canción mientras ella caminaba con Luet hasta el huerto.

—Hay gusanos por todas partes. En los viejos tiempos, teníamos esclavos cuya única tarea era arrancarlos de las hojas. Ahora no podemos pagarle a nadie lo suficiente para que lo haga, así que nuestras plantas tienen agujeros y en ocasiones la ensalada se mueve sola. Todos fingimos que es un milagro y seguimos comiendo.

—Debo contarte que Akma sufre una de sus crisis de mal humor últimamente —dijo Luet.

—No me importa —dijo Edhadeya—. Es demasiado joven para mí. Siempre lo ha sido. Fue una locura pensar que estaba enamorada de él.

Luet miró el cielo.

—¿Qué? ¿Con todas esas nubes? Pensaba que amabas a mi hermano cada vez que llovía.

—De momento no llueve —dijo Edhadeya—. ¿Y hoy es uno de esos días en los que estás enamorada de Mon?

—No lo estoy de nadie —dijo Luet—. Creo que no sería una buena esposa.

—¿Por qué no?

—No quiero quedarme en casa y ordenar el trabajo todo el día. Quiero salir como Padre, enseñar y hablar y…

—Él trabaja.

—En los campos, lo sé. ¡Pero yo lo haría! Lo único que no quiero es quedarme en casa. Tal vez se deba a mi infancia de trabajo en los campos. Tal vez siento la necesidad de trabajar porque me parece que si no lo hago un cavador dos veces mayor que yo vendrá a…

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