Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #5
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6678-0
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:
—Oh, Luet, tengo pesadillas cada vez que hablas así.
—Aquí hay uno —dijo Luet, sosteniendo un gusano.
—Qué encantador —dijo Edhadeya. Luet aplastó el gusano entre los dedos, estrujó los restos y los arrojó al suelo.
—Una ensalada que no se moverá —sentenció.
—Luet —dijo Edhadeya, y en ese momento cambió el tono de la conversación. Ya no eran niñas juguetonas. Eran mujeres, y la cuestión era seria—. ¿Qué pretende tu hermano últimamente? ¿Qué ocurre entre él y mi hermano?
—Siempre está aquí con Mon —respondió Luet—. Creo que están estudiando con Bego, o algo parecido.
—¿Y no habla contigo? Con ellos habla.
—¿Ellos?
—No sólo con Mon. Habla con Aronha, Ominer y Khimin.
—Bien, es agradable que tenga en cuenta a Khimin. No creo que el chico sea tan insoportable como…
—Oh, es insoportable, ya lo creo, aunque potencialmente rescatable. Y si pensara que se trata de eso, de salvarlo, me alegraría —dijo Edhadeya—. Pero no es así.
—¿No?
—Ayer alguien mencionó los sueños verdaderos y me miró. No era nada, sólo un comentario de pasada. Ni siquiera recuerdo… Un consejero iba a reunirse con Padre, y me miró. Pero en ese momento yo miré hacia otra parte y vi que Ominer hacía una mueca de burla. Así que lo seguí, y cuando estuvimos solos en el patio lo arrojé contra la pared y le pregunté por qué se burlaba de mí.
—Siempre tan dulce —murmuró Luet.
—Ominer no te escucha si no le haces daño —dijo Edhadeya—. Y todavía soy más fuerte que él.
—Bien, ¿qué dijo?
—Negó que se burlara de mí. Entonces le pregunté de quién se burlaba. De él, me respondió.
—¿De quién? —preguntó Luet.
—Del consejero que me miraba. Y le dije: No puedes culpar a la gente por pensar en mi sueño de los zenifi cuando me ve. No todos tienen sueños verdaderos. Y entonces él dijo… escúchame bien… me dijo que nadie tiene sueños verdaderos.
—¿Nadie? —Luet se echó a reír, pero notó que a Edhadeya no le hacía gracia—. Dedaya, yo he tenido sueños verdaderos, y también tú. Madre es descifradora. Mon tiene su sentido de la verdad. Padre tiene sueños y… esto es absurdo.
—Ya lo sé. Así que le pregunté por qué lo decía, y se negó a contármelo. Lo pellizqué, le hice cosquillas… Luet, Ominer no puede ocultarme un secreto. Siempre he podido sonsacárselos con torturas en cinco minutos. Pero esta vez fingió que no sabía de qué le hablaba.
—¿Y crees que es algo que tiene relación con Akma y Mon?
—Sé que es así. Luet, Ominer sólo podría ocultarme un secreto si temiera más a otra persona. Y las únicas dos personas a las que teme más que a mí son…
—¿Tu padre?
—No seas boba. Padre es pura ternura cuando le presta atención a Ominer, aunque no sea con frecuencia. No, Mon y Aronha. Creo que son ambos. Esta mañana he estado atenta: mis cuatro hermanos se han reunido con tu hermano, y se traen algo entre manos…
—Algo relacionado con la idea de que no hay sueños verdaderos.
Edhadeya asintió.
—No puedo decirle esto a Padre, pues lo negarían.
—¿Mentirle a tu padre?
—Algo ha cambiado. Me tiene preocupada; sospecho que están tramando algo.
—No digas eso. Estás hablando de nuestras familias.
—Ya no son niños. Como todavía estudiamos, a veces nos olvidamos de que ya no estamos en la escuela, salvo Khimin. Somos hombres y mujeres. Si Akma no fuera el hijo de tu padre, se estaría ganando el sustento. Aronha juega al soldado, pero disfruta de mucho tiempo libre, y lo mismo ocurre con mis otros hermanos… Los sacerdotes deben trabajar, pero no los hijos del rey.
Luet asintió.
—Padre intentó que Akma se ganara el sustento desde los quince años. La edad en que lo hacen todos los hijos de los jornaleros…
—Ya sé a qué edad empiezan —dijo Edhadeya.
—Akma dijo simplemente: «¿Piensas castigarme con un látigo si no lo hago?» Fue realmente malvado.
—Tu padre no era su capataz en esos días espantosos —dijo Edhadeya.
—Pero Padre perdonó a los capataces. Los pabulogi. Akma no los ha perdonado, y todavía les guarda rencor.
—¡Durante trece años! —exclamó Edhadeya.
—Akma se alimenta del rencor como el embrión se alimenta de la clara del huevo. Aunque esté pensando en otra cosa, aunque no se dé cuenta, hierve por dentro. Fue mi maestro. Nos hicimos muy íntimos. Durante un tiempo lo amé más que a nadie. Pero si yo me acercaba demasiado, si tocaba su afecto de manera indebida, él reaccionaba con violencia. A veces me dejaba tan atónita como se deben de haber sentido Elemak y Mebbekew cuando Nafai los abatía con los relámpagos de sus dedos.
—Melancolía. Pensaba que simplemente era un malhumorado —dijo Edhadeya.
—No cabe duda de que lo es —dijo Luet—. Pero es mi padre el objeto de su rabia.
—Y los pabulogi.
—Ellos no vienen a menudo. Cuando los sacerdotes vienen a reunirse con Padre, Akma procura estar en otra parte. Creo que no ha visto a ninguno durante años.
—Pero tú los has visto. Luet sonrió vagamente.
—Lo menos posible.
—Aun desde su lecho de muerte, como ella lo llama, Madre se entera de todos los chismes, y dice que Didul te mira como…
—Como si fuera mi peor pesadilla.
—No lo dirás en serio, amiga mía.
—No es nada personal. ¿Pero qué sucedería si él me amara? ¿O si yo lo amara? Sería más rápido y benévolo degollar a Akma mientras duerme.
—¿Quieres decir que esta pueril melancolía de Akma te alejaría del hombre que amas?
—No amo a Didul. Sólo hablaba de una situación hipotética.
—Lutya, ¿no es complicada la vida en casa del rey?
—Tal vez sea igualmente complicada para los campesinos más pobres. Es probable que en sus agujeros los más desvalidos ex esclavos tengan exactamente los mismos problemas. Rencor, amor, cólera, temor, odio…
—Pero cuando riñen en sus túneles, no tiembla todo el reino —dijo Edhadeya.
—Bien, hablas de tu familia, no de la mía. Edhadeya cogió otro gusano de otra hoja.
—Hay gente abriendo agujeros en el reino, Lutya. ¿Qué pasará si nuestros hermanos se encuentran entre los gusanos?
—Eso temes, ¿verdad? Si niegas al Guardián, no tenemos por qué asociarnos con cavadores y ángeles…
—Mon ama a los ángeles. Sería muy desdichado lejos de ellos.
—¿Pero ama a la gente del cielo más de lo que Akma odia a la gente del suelo?
—Llegado el caso, Mon no renunciará a su amor por los ángeles.
—Aun así, sería terrible que comenzaran a…
—Ni siquiera lo pienses —dijo Edhadeya—. Nuestros hermanos no cometerían traición.
—Entonces no tienes miedo —dijo Luet. Edhadeya se sentó en un banco y suspiró.
—Sí, tengo miedo.
Una nueva voz se oyó a sus espaldas.
—¿De qué?
Miraron y era Chebeya, la madre de Luet.
—¿Ya has terminado? —preguntó Luet.
—La pobre Dudagu está exhausta —dijo Chebeya. Edhadeya resopló.
—No hagas ese ruido en la selva —dijo Chebeya—, porque un jaguar te encontrará.
—No veo por qué consideras tan antinatural que desprecie a mi madrastra —dijo Edhadeya.
—Tu padre la ama —dijo Chebeya.
—Lo que indica su infinita capacidad de amar —comentó Edhadeya.
—¿De qué hablabais cuando he llegado? —preguntó Chebeya—. Y no neguéis que era importante, pues pude ver vuestro estrecho vínculo.
Luet y Edhadeya se miraron.
—¿Tratáis de decidir cuánto debéis contarme? Os facilitaré la tarea. Empezad por contármelo todo. Así que se lo contaron.