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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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– ¿Ha averiguado algo más? -indagó Evan-. ¿Vendedores ambulantes, cocheros? ¡Alguien tuvo que verlos!

Shotts se mordió el labio.

– Nadie quiere haberlos visto -dijo con franqueza.

– ¿Y las mujeres? -continuó Evan-. Si estaban aquí en busca de mujeres, ¡alguna tendrá que reconocerlos!

– No esté tan seguro -repuso Shotts-. Un encuentro rápido en un callejón o en un portal. ¿Quién se fija en las caras?

Evan se estremeció. Hacía un frío glacial, y notó que se le metía en los huesos al tiempo que le entumecía el rostro, las manos y los pies. Empezaba a llover otra vez y los aleros rotos chorreaban por doquier. Las alcantarillas se desbordaban.

– Hubiese dicho que las mujeres que hacen la calle eran más prudentes, tal como están las cosas hoy en día. Me he enterado de que en los últimos tiempos ha habido unas cuantas violaciones de muchachas y prostitutas ocasionales -comentó.

– Sí -dijo Shotts frunciendo el ceño-, yo también me he enterado, pero eso es por Seven Dials, no por aquí.

– ¿Quién se lo ha contado? -preguntó Evan.

Se hizo un momento de silencio.

– ¿Qué?

– ¿Quién se lo ha contado? -repitió Evan.

– Oh… un charlatán -dijo Shotts, con toda tranquilidad-. Una de sus historias. Ya sé que la mitad de esos cuentos son tonterías inventadas, pero me dio la impresión de que en este caso había una pizca de verdad.

– Sí… -convino Evan-. Por desgracia así es. ¿Eso es todo lo que ha descubierto?

– Sí, al menos en cuanto al padre. Tengo un puñado de posibles visitas del hijo, mujeres que creen haber estado con él. Aunque ninguna está segura. No se fijan mucho en las caras, ni siquiera cuando las ven. ¿Se imagina cuántos muchachos hay que sean altos, más bien flacos y con el pelo moreno?

– No serán tantos los que vengan desde Ebury Street en busca de placeres a St Giles -contestó Evan con sequedad.

Shotts se abstuvo de agregar nada más. Juntos fueron yendo de una desdichada casa de mala reputación a la siguiente, enseñando los retratos, haciendo preguntas, presionando, sonsacando, incluso amenazando. La habilidad de Shotts le valió el respeto de Evan. Al parecer sabía de manera instintiva cómo tratar a cada persona para obtener el máximo de colaboración. Para sorpresa del sargento Evan, conocía a muchas de ellas, y a algunas las trataba con lo que cabía tomar por auténtica camaradería. Intercambiaba chistes. Preguntaba acerca de sus hijos por el nombre y le contestaban como si creyeran en el interés que les demostraba.

– No sabía que conociera este barrio tan bien -comentó Evan, cuando se detuvieron a comprar empanadas en un puesto callejero junto a la esquina de una calle principal. Estaban calientes y olían mucho a cebolla. Bastaba con no dedicarse a pensar cuáles eran los demás ingredientes para que resultaran de lo más sabrosas. Les proporcionaron un poquito de calor interior, muy necesario contra el enfriamiento que les había causado la lluvia convertida en aguanieve.

– Es mi trabajo -contestó Shotts, mordiendo la empanada sin molestarse en mirar a Evan-. No podría hacerlo bien si no conociera las calles y a la gente.

Se mostraba reacio a hablar de ello, posiblemente no estaba acostumbrado a las alabanzas y su modestia hacía que la situación le resultara embarazosa. Evan no insistió.

Prosiguieron su infructuosa búsqueda. Todo era negativo o incierto. Nadie reconoció a Leighton Duff, en ese sentido se mostraban categóricos, pero una media docena de personas creían poder haber visto a Rhys, para luego admitir que no estaban seguras. Nadie mencionó los actos violentos de Seven Dials. Podría haberse tratado de otro mundo.

También probaron suerte con los vendedores ambulantes habituales, los mendigos y algún que otro prestamista y dueño de posada. Dos mendigos habían visto a alguien que respondía a la descripción de Rhys una media docena de veces, creían… posiblemente.

Aunque fue el charlatán, un hombre delgado y enclenque con el pelo negro desgreñado y grandes ojos azules, quien les dio la respuesta que más sorprendió e inquietó a Evan. Cuando le enseñaron los retratos, se mostró bastante seguro de haber visto a Leighton Duff una vez, en las mismísimas afueras de St Giles, solo y a todas luces buscando a alguien, aunque no había hablado con él. Lo vio hablar con una mujer que le constaba que era prostituta. Al parecer le preguntó algo, ella contestó negativamente y él se marchó sin hacerle más caso. El charlatán estaba seguro. Contestó sin titubear un instante y no esperó una recompensa. También estaba seguro de haber visto a Rhys en varias ocasiones.

– ¿Cómo sabe que era este hombre? -inquirió Evan sin convicción, tratando de no transmitirle una sensación de triunfo. No es que fuese una gran victoria. Era sólo un indicio, no una prueba y, para postre, fundamentado en el parecer de un don nadie-. Debe de haber muchos jóvenes merodeando entre las sombras en un barrio como este.

– Lo vi debajo de una farola -respondió el charlatán-. Las caras son mi negocio, al menos en parte. Recuerdo sus ojos, en particular. No eran unos ojos corrientes. Grandes, casi negros. Parecía perdido.

– ¿Perdido?

– Sí, como si no supiera lo que quería ni hacia dónde tirar. Parecía abatido.

– Eso no debe ser tan raro por aquí.

– Él no era del barrio. Conozco a casi todo el mundo. ¿No es cierto, señor Shotts?

Shotts se mostró asustado.

– Sí… sí, supongo que sí.

– Pero usted también va por Seven Dials. -Evan recordó que Shotts le había dicho que el charlatán le había contado el caso de Monk-. ¿Lo ha visto por allí también? -Era una posibilidad remota, pero no debía pasarla por alto.

– ¿Yo? -el charlatán se sorprendió, y miró con intensidad a Evan con sus ojos azules-. Yo no voy por Seven Dials. Mi terreno es éste.

– Pero estará al corriente de lo que pasa allí… -No debía rendirse con demasiada facilidad, y la incertidumbre anidaba en su interior.

– Lo siento, no tengo ni idea. Tendrá que preguntárselo a alguien que trabaje allí. Pruebe con Jimmy Morrison. Él conoce Seven Dials.

– ¿No se ha enterado de los actos violentos de Seven Dials contra mujeres?

El charlatán soltó una carcajada desdeñosa.

– Qué quiere decir, ¿algo distinto de lo de siempre?

– ¡Sí!

– No sé. ¿De qué va?

– Violaciones y palizas a mujeres que trabajan en la fábrica.

El rostro del charlatán se torció con una mueca de disgusto. Para Evan quedó claro que la noticia le venía de nuevo. ¿Por qué le había mentido Shotts? No tenía importancia, era una nimiedad, pero ¿con qué objeto lo había hecho? Mentir no encajaba con cuanto sabía de su carácter, y eso le inquietó.

– Me ha dicho que el charlatán lo sabía -dijo Evan, en cuanto se alejaron una docena de metros.

Shotts no le miró.

– Sería algún otro -repuso, quitándole importancia.

– ¿No toma nota de quién le cuenta qué? -presionó Evan-. Es muy importante. ¿Ya había hablado con él acerca de nuestro caso?

Shotts se volvió hacia el viento y su respuesta casi no se oyó.

– Claro que lo hice. Es lo que le he dicho, ¿no?

Evan dejó correr el asunto, aunque sabía que le habían mentido y eso le inquietaba. Por instinto se sentía inclinado a apreciar a Shotts y respetar sus facultades. Ahora bien, había algo que él no sabía. La cuestión era: ¿se trataba de algo importante?

* * *

Se vio con Monk al anochecer. Este le había dejado una nota en la comisaría y le apetecía pasar una o dos horas regalándose con una buena cena y un poco de conversación en una taberna.

Monk estaba de un humor de perros. Su caso iba muy mal, pero le unía una considerable afinidad con Evan.

– ¿Piensas que pudo ser obra de la viuda? -preguntó, mirándolo con curiosidad. La leve sonrisa de sus labios evidenciaba que comprendía el rechazo de Evan ante semejante idea. Conocía muy bien a Evan, pero el afecto que le inspiraba no evitaba que le divirtiera e incluso desdeñara su optimismo acerca de la naturaleza humana.

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